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Portada del relato A la sombra de la estación de tren
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Fragmento:


El viento de junio hacía deslizar las hojas por aquel largo andén donde Clara esperaba cada tarde. Lo que para otros era rutina –el silbido del tren, los pasos apresurados de viajeros ajenos, las ruedas que a veces chirriaban como un quejido viejo– para ella era la escenografía de una espera casi clandestina. Hacía semanas, desde aquel azaroso día, que algo había cambiado en la forma en la que el reloj de la estación marcaba sus minutos. Una inquietud que se le posaba en el estómago y la obligaba a sostener su bolso más fuerte, mientras sus ojos se entretenían con los carteles de publicidad, esperando no mirar demasiado pronto, no revelar demasiado su secreto.

Duración: 05:33

A la sombra de la estación de tren
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El viento de junio hacía deslizar las hojas por aquel largo andén donde Clara esperaba cada tarde. Lo que para otros era rutina –el silbido del tren, los pasos apresurados de viajeros ajenos, las ruedas que a veces chirriaban como un quejido viejo– para ella era la escenografía de una espera casi clandestina. Hacía semanas, desde aquel azaroso día, que algo había cambiado en la forma en la que el reloj de la estación marcaba sus minutos. Una inquietud que se le posaba en el estómago y la obligaba a sostener su bolso más fuerte, mientras sus ojos se entretenían con los carteles de publicidad, esperando no mirar demasiado pronto, no revelar demasiado su secreto.

Samuel apareció casi sin hacer ruido, deteniéndose muy cerca, tan cerca que podía oler ese café amargo al que él jamás agregaba azúcar. Alto y con el cabello caído sobre la frente, tenía una manera de mirar el mundo que obligaba a bajarle el volumen al resto de las cosas. Ella no lo conocía realmente. Apenas intercambiaban frases sencillas, inocentes como las del clima, cada vez que coincidían en el tren de las seis y veinte. Pero había una verdad innombrable allí, en el modo en que sus ojos descansaban un segundo más en los de ella, en el peso sutil de la confidencia no dicha.

Esa tarde, Samuel olvidó sacar el libro de su bolso. El volumen resbaló y golpeó el banco metálico, abriéndose justo a la mitad. Clara pudo leer fugazmente las palabras “atroz dulzura” antes de que él se inclinara, sonrojado, para recuperarlo. La sonrisa de Samuel fue de esos destellos frágiles, agradecidos, cuando murmuró: “He debido asustarte”. Pero ella negó con la cabeza y, por primera vez, sus dedos se rozaron al entregarle el libro caído. El temblor fue casi doloroso de tan inesperado.

Comenzaron a encontrarse fuera de la estación, al principio casualmente, luego con esa premeditación torpe que caracteriza los comienzos. Caminaban hasta la esquina y luego un poco más allá, buscando la excusa de un café o la complicidad de una lluvia que, en la ciudad, obliga a la gente a refugiarse bajo un techo compartido. Aquella vez él la invitó a acompañarlo en la búsqueda de una lámpara para su apartamento (“la luz es obstinada, siempre se esconde donde uno no la necesita”, dijo él, y a ella le pareció la declaración más poética jamás oída). Mientras recorrían pasillos lucidos de tiendas y ferias, Clara fue notando la manera en que Samuel evitaba, sutilmente, hablar de sí mismo. Se había acostumbrado tanto al anonimato, pensó ella, que abrirse le resultaba un territorio extraño.

Sin embargo, los límites fueron cediendo poco a poco. Clara supo del divorcio reciente, del miedo que lo atenazaba cuando sonaba su teléfono de madrugada, de la tristeza que le causaba la distancia con su hija, que vivía en otra ciudad. Samuel preguntó por la infancia de Clara, por los años en los que la lluvia era la excusa perfecta para regresar antes a casa y entibiarse los pies junto al horno, por los motivos por los que alguna gente insiste en quedarse incluso después de aprender a convivir con la tristeza.

Aquella noche, cuando la lluvia caía como si el cielo quisiera desbordarse sobre las calles del mundo, Clara decidió invitarlo a su apartamento. No hubo flores ni promesas pronunciadas; solo la fuerza irrefrenable de dos soledades que habían aprendido a reconocerse. La ciudad era un rumor lejano tras los cristales, y la lámpara nueva llenaba de penumbras doradas las paredes. Samuel besó a Clara despacio, como si temiera quebrar algo invaluable, y ella se dejó hacer, notando el pulso que aceleraba.

Los días siguientes supieron de risas furtivas en recovecos poco iluminados, de mensajes incesantes, de un desencanto que se iba disipando bajo el peso ineludible de la esperanza. Acudían juntos al mercado los sábados por la mañana, elegían frutas y panes distintos; Samuel dejó de tomar café solo y comenzó a endulzarlo cuando Clara insistía y le tendía la cucharilla. Se repartieron también las tristezas: los días en que Samuel no podía ver a su hija, las noticias tristes en la familia de Clara, los pequeños fracasos cotidianos. Aprendieron a leer en las miradas lo que no se atrevían a decir.

Pero el miedo, ese huésped persistente, nunca se aleja del todo. Lo supieron cuando, tras una discusión tonta sobre el modo de colgar una cortina, Samuel se marchó de improviso, dejando el libro sobre la mesa, abierto por la misma página: “La atroz dulzura de saber que podemos perderlo todo”. Clara, sola en su apartamento, pensó que acaso el amor no era como lo narran, ni tan sólido ni tan predecible, sino algo a lo que uno se aferra cuando se da cuenta de que el otro podría irse en cualquier momento.

La reconciliación llegó una mañana humedecida de niebla. Samuel, con el abrigo aún mojado, traía consigo una nota pequeña: “Quiero aprender a estar, aunque a veces no sepa cómo”. Ninguno de los dos pronunció la palabra “perdón”. Era suficiente la presencia, verse allí, sabiendo que los trenes pueden irse pero también regresan, y que bajo una lámpara amarilla, el mundo puede empezar de nuevo cada día, si se está dispuesto a quedarse a iluminarlo con el otro.

La estación, testigo de aquel ritual, siguió siendo el punto de partida y de retorno. Ahora, cuando el andén se llenaba de viajeros, Clara y Samuel se buscaban con la mirada; a veces no era necesario tocarse, bastaba la certeza silenciosa de que, tras las palabras no dichas, bajo la lluvia o tras la penumbra de los paraguas olvidados, hay un instante donde todo es posible. Y ese instante, tan breve e intenso, era el verdadero milagro.

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