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Portada del relato La Sombra Del Café Azul
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Fragmento:


—Dios —dijo él, riéndose de sí mismo, mientras intentaba disculparse—, te he arruinado el día.

Duración: 04:42

La Sombra Del Café Azul
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Llovía como si el cielo hubiera olvidado cerrar el grifo aquel lunes. Alyssa nunca caminaba de casa al trabajo, pero ese día su coche decidió descansar en silencio, sin más explicación que una batería muerta y la llamada incierta de una grúa que prometió llegar “en algún momento de la tarde”. Manhattan se desdibujaba entre los charcos, y ella apretó su abrigo negro mientras cruzaba la Séptima Avenida con paso decidido.

Nunca le gustaron los tropiezos, ni en la acera ni en la vida; pero en la esquina entre la 32 y la 7, algo –o alguien– le tropezó el destino. Él salía apresurado de una cafetería minúscula, vaso en mano, gafas empañadas, sonrisa honesta y desarmada. El impacto fue mínimo, pero suficiente para que el café caliente se vertiera en ambas manos.

—Dios —dijo él, riéndose de sí mismo, mientras intentaba disculparse—, te he arruinado el día.

A pesar del ardor y la pequeña nube de vapor, Alyssa se rió. Él le ofreció servilletas y luego, sin dar tregua a la timidez, le regaló su nombre: David. Su voz era tibia, como el olor del café recién hecho, y eso, sin saberlo, sería el comienzo de todo.

David insistió en invitarla a entrar de nuevo al Café Azul y reemplazarle el café por uno doble, con leche y canela. El local estaba lleno de gente que huía de la tormenta, y Alyssa se encontró aceptando el calor interior, el zumbido de conversaciones ajenas y la cercanía de él. Hablaban de trivialidades: el tráfico, la lluvia, el último libro que ambos fingieron haber leído. Pero hubo algo en los silencios; la comodidad, la curiosidad transparente, la felicidad pueril de dos personas adultos actuando como si fuera domingo por la mañana.

Cuando la lluvia amainó, Alyssa miró su reloj y se dio cuenta de que llegaría tarde, posiblemente mucho, al trabajo. David notó su prisa, pero tampoco dejó que se despidiera solo con una excusa.

—¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? —preguntó, y la simpleza de la invitación lo hacía más temerario.

Alyssa dudó. No era de confiar rápido, ni mucho menos en un desconocido con café en la camisa; pero dijo que sí. Se dio cuenta con sorpresa de que quería más de ese impulso.

La noche, tras un breve intercambio de mensajes, la encontró en un pequeño restaurante italiano, en una mesa junto al ventanal. David ya estaba allí, sonriendo. Fue una cita extraña, a ratos torpe. Hablaron de las ausencias: el padre de ella, que se mudó a otro continente tras divorciarse de su madre; la carrera de él, que quería cambiar de rumbo pero no encontraba el valor. Comieron pasta, brindaron por los sueños no dichos. Y cuando el camarero trajo el postre, David rozó su mano con un gesto íntimo, tan delicado que Alyssa sintió que el mundo podía caber en esa caricia.

En las semanas siguientes el invierno se despidió y Manhattan comenzó a florecer. Se vieron en museos, en paseos mojados por el Central Park, en matinés improvisadas y cenas compartidas. El deseo creció como la marea, y una tarde Alyssa lo invitó a su apartamento. La inquietud del primer roce, el ansia contenida; los besos fueron tímidos, profundos, hambrientos. Hicieron el amor en la penumbra de enero, bajo sábanas enredadas, entre susurros y risas bajas. Descubrieron lo mucho que el cuerpo puede decir sin palabras, que el deseo es una forma auténtica de sinceridad.

Hubo días de duda, claro. Historias viejas amenazaban con entrometerse. David, atrapado por una exnovia que regresó a su ciudad con promesas de volver a intentarlo, y Alyssa, asustada por sentirse demasiado vulnerable, demasiado pronto. Peleas pequeñas, la herida del miedo al futuro, y sin embargo, una certeza que se construía con cada reencuentro: que estaban mejor juntos que separados.

La madre de Alyssa insistía en que el amor verdadero no existía sino después de los treinta, y que antes de eso era sólo ensayo. Alyssa, mientras veía a David bailar descoordinado en su salón con una copa de vino y una camiseta vieja, no estaba segura de creerlo. No importaba. Sabía sólo que el mundo podía ser blando a veces, y que con él, incluso la ciudad implacable se sentía acogedora.

Un sábado, entre olor a café y pan recién hecho, David tomó la mano de Alyssa mientras ambos miraban por el ventanal. La lluvia caía serena, casi benigna ahora.

—Nada salió como planeamos —dijo él—. Pero juro que nunca me sentí más en casa que contigo.

Ella, apoyada en su hombro, sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió a salvo en el presente.

Allí, entre la certeza del tacto y el rumor del futuro, supieron que el amor —ese delicado desastre— era suficiente.

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