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Portada del relato A media luz de Brooklyn
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Fragmento:


Valentina era todo lo que Nueva York prometía pero nunca entregaba en realidad: calidez envuelta en misterio transparente, amable sin ademanes, intensamente silenciosa. La conocí en la escalera del edificio, la cartera al hombro y el pelo enredado por una tormenta inesperada. Fue casi cómico ofrecerle mi paraguas cuando ya estaba empapada, pero aceptó, y desde aquel día, pareció encontrar excusas para cruzar mi vida, ya fuera en el ascensor o en la cola de la lavandería.

Duración: 03:39

A media luz de Brooklyn
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Nunca pensé que el sonido del despertador compartiría protagonismo con el de su risa, filtrándose desde la cocina, donde el timbre de una tetera le hacía de coro a las palmas leves de sus manos. Fuera llovía; gotas anchas y serenas azotaban el ventanal de mi pequeño apartamento en la esquina de Henry Street. Algo en mí comprendía, sin lógica ni prudencia, que el plan del día se desmoronaba ante la promesa de quedarme observándole, mientras preparaba café como si estuviese en casa.

Valentina era todo lo que Nueva York prometía pero nunca entregaba en realidad: calidez envuelta en misterio transparente, amable sin ademanes, intensamente silenciosa. La conocí en la escalera del edificio, la cartera al hombro y el pelo enredado por una tormenta inesperada. Fue casi cómico ofrecerle mi paraguas cuando ya estaba empapada, pero aceptó, y desde aquel día, pareció encontrar excusas para cruzar mi vida, ya fuera en el ascensor o en la cola de la lavandería.

El primer beso fue más un acuerdo tácito que una chispa arrebatada. Lo dimos abriendo sendas tazas de café instantáneo, apartados en la fiesta de bienvenida de Nate, nuestro vecino escritor, incapaces de soportar la conversación anodina del resto. En silencio, compartimos la risa por dentro; en silencio, también, nos elegimos.

Hoy, su figura recorta la penumbra de la sala como una certeza. El apartamento, que solía ser ordenado hasta la obsesión, ya tolera calcetines desparejados, una bufanda suya sobre la lámpara, y un incomprensible par de libros en checo (su idioma materno, que se desliza en mi oído como un hechizo al final de cada noche). Hace meses había pactado con el desapego y la independencia: hasta que la vida, o más bien Valentina con su manera de habitar el espacio, me enseñó que no todo despojo libera.

El timbre del teléfono rompe la quietud. Es el hospital. Mi madre, otra vez. Dudo, como cada vez, entre respuestas, angustias, y la tentación de ignorar aquello que escuece y acecha. Ella me toma la mano, sus dedos finos y firmes, algo fríos esta mañana. "Ve," susurra, y creo que está hablando a algo más que la urgencia médica; me está diciendo que la vida sigue, y que tenemos derecho a encontrarnos solos incluso en el dolor.

Salgo bajo la lluvia con la promesa de volver, y de traerle pan fresco. En el hospital, la visita es breve. Los pasillos me parecen menos ásperos, menos ajenos; ¿puede el amor curar nuestro modo de habitar el mundo? De regreso, con los zapatos mojados y las manos llenas de panecillos, la ciudad parece menos hostil, como si la piel de Brooklyn fuese ahora capa protectora.

Ella está leyendo en el sofá, los pies recogidos, una taza humeante entre las manos. La miro y entiendo que los grandes cuentos no siempre los dictan epopeyas ni exilios. "¿Todo bien?" pregunta sin alzar la voz. Digo que sí y entonces susurra mi nombre, solo mi nombre, y en esa sílaba contiene todo lo que no necesitamos contar.

Cenamos juntos, frente a la ventana, viendo el agua precipitarse en los charcos iluminados por faroles viejos. "¿Te quedas esta noche?" pregunta, no con miedo, ni incertidumbre, sino como quien pide acompañamiento para soñar mejor. Asiento y en el gesto atravieso años de pudor, promesas y fronteras nunca dicho.

Cuando apagamos la luz, su silueta, tan próxima y sin embargo secreta, me recuerda que el amor no siempre exige promesas eternas ni certezas absolutas; a veces, es solo un acuerdo tácito de estar. Afuera, la lluvia sigue cayendo. Adentro, dos voces bajan el volumen del día, confiadas en la música leve de habitarse el uno al otro, una noche más.

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