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Fragmento:


Aquel martes, la ciudad amaneció envuelta en una fina llovizna. Clara corría apurada, su gabardina color mostaza columpiándose a cada paso, hasta alcanzar la esquina de la cafetería donde todo parecía diferente desde hacía semanas. El barista, un hombre de barba desordenada y sonrisa fácil, la saludaba cada día a las 7:45 en punto, casi como si compartieran un ritual tácito. Pero ese día, la espera tenía el sabor imprevisible de los presentimientos.

Duración: 03:57

La última carta al mar
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Hay noches extensas donde el silencio parece decir más que cualquier palabra. En una de esas, Clara volvió a encontrarse con su reflejo en el ventanal del apartamento diminuto que alquilaba en el centro de la ciudad. Desde que Mateo se había ido, los ecos de la risa y los pasos compartidos quedaban suspendidos en la atmósfera, como si el aire hubiera aprendido a retener el perfume de su vida juntos. Pero ahora, solo la cafetera pitando distraía los recuerdos.

Aquel martes, la ciudad amaneció envuelta en una fina llovizna. Clara corría apurada, su gabardina color mostaza columpiándose a cada paso, hasta alcanzar la esquina de la cafetería donde todo parecía diferente desde hacía semanas. El barista, un hombre de barba desordenada y sonrisa fácil, la saludaba cada día a las 7:45 en punto, casi como si compartieran un ritual tácito. Pero ese día, la espera tenía el sabor imprevisible de los presentimientos.

Se sentó junto a la ventana, como siempre, y desplegó su portátil. Fingió leer correos, aunque sus ojos seguían el ritmo tímido con que el barista, Lucas, limpiaba el mostrador. De vez en cuando, sus miradas se cruzaban y ella creía leer algo distinto, explicado sólo por la nostalgia. Mateo. La herida seguía ahí: el amor perdido, el adiós impronunciado.

Lucas se acercó, depositando un vaso de café humeante en la mesa. Nadie más en la cafetería pedía leche de avena como ella.

“¿Te puedo pedir algo?,” murmuró él, atajando el silencio con dedos temblorosos, “¿te gustaría venir al concierto mañana? Tocamos jazz, nada sofisticado.”

Clara dudó. La última vez que aceptó una invitación desbordada de ternura terminó despidiéndose en un andén, con la maleta de Mateo entre las manos. El miedo la paralizó. Pero el brillo en los ojos de Lucas, tan sincero y libre de antiguos reproches, le recordó que había otra vida latiendo más allá de lo perdido.

Así llegaron las nueve de la noche siguiente. El local era cálido, salpicado de luces doradas y notas de saxofón flotando en las sombras. Lucas en el escenario sonreía buscando entre el público sólo a Clara, que se mordía el labio para no sonreír de vuelta. Cuando el último acorde vibró, él bajó y la encontró en la esquina con el corazón expuesto.

“Te ves hermosa bajo estas luces,” susurró Lucas, tan cerca que el ruido de la ciudad quedó fuera, ahogado por la ternura improvisada.

Ella no dijo nada, sólo estrechó su mano, como quien agarra una esperanza antes de que escuche la voz de la razón. Caminando juntos bajo la llovizna, Lucas habló de sus sueños y de cómo la música lo había salvado de una soledad parecida a la de ella. Hablaron hasta que la noche se cansó de esperar.

Esa madrugada, mientras Clara se desvestía a solas en su apartamento, supo que había cruzado una frontera invisible. No era traición a su pasado, ni tampoco resignación. Sólo el impulso de vida, la certeza de merecer una nueva historia.

Durante semanas, Lucas la fue acercando a la alegría. Entre cafés y discos viejos, entre libros subrayados a medias y promesas no pronunciadas, Clara volvió a reír. A veces, aún sentía la punzada de lo perdido; pero cada domingo, el café de las siete treinta y cinco iba convirtiéndose también en un encuentro de miradas que tejían futuro.

Cuando la primavera logró finalmente despojar al invierno de sus últimas excusas, Lucas la invitó a caminar hasta el muelle. Allí, con las farolas reflejándose en un mar calmo, le tomó la mano.

“No sé si puedo prometerte no herirte, Clara, pero sí que cada día querré hacerte feliz.”

Ella lo miró, y por un momento sintió el dulce vértigo de entregarse otra vez, justo donde la memoria empezaba a olvidar lo que era perder. No contestó, solo se apoyó en su hombro, mirando al horizonte. El mar, mudo y cómplice, recogía la última carta que su corazón decidió escribir: la que abre, al fin, un capítulo nuevo.

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