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Portada del relato Sombras en las salas de mármol
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Fragmento:


Entre todos, narraré la que Lidia, la de los cabellos recogidos en trenza de serpiente, susurraba a sus hijos más allá de la medianoche, mucho después de que el vino se hubiera tornado agrio.

Duración: 03:37

Sombras en las salas de mármol
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Las antorchas ardían en el patio del palacio, lamiendo la piedra con lenguas doradas pero frías, y apenas podían iluminar el bullicioso banquete donde los hombres reían, las mujeres miraban por encima de los vinos y los dioses, invisibles, acechaban en los rincones. Este era un mundo donde las historias se entretejían en la respiración de los mortales, y los dioses, lejos de habitar un Olimpo distante, caminaban entre mesas, alentando el deseo y el desastre.

Entre todos, narraré la que Lidia, la de los cabellos recogidos en trenza de serpiente, susurraba a sus hijos más allá de la medianoche, mucho después de que el vino se hubiera tornado agrio.

Cuentan que Demetrio, hijo de hombre y mujer olvidados por la Historia, vagaba cada noche por la orilla del Éufrates buscando un sentido a la punzada incesante en su pecho: ni amor, ni hambre, ni odio. Una inquietud que sólo los dioses conocen. Así, cuando Hermes descendió disfrazado en la espesura, sus pies sin huella y su risa como cuerda tensada, halló a Demetrio preguntando a la luna por qué ningún deseo terminaba de llenarlo.

Hermes, como era su costumbre, propuso un intercambio: "Te concedo una noche entre los dioses. Bebe de la misma copa, si te atreves."

Demetrio aceptó, no por ambición sino, como clamó después, por puro cansancio de la carne y el mundo. Hermes lo llevó —sin necesidad de alas, pues lo llevó al modo de los sueños: confundiéndole la vigilia hasta que el mármol templado bajo sus pies ya no era tierra sino el mismísimo umbral de un palacio envuelto de neblina.

Los dioses lo contemplaron. No como mortales miran a los suyos, sino como el cazador al ciervo cansado: con apetito, con juego. Hera lo invitó al estrado de las reinas, pidiéndole un relato de las cosas que los hombres temen decir a las esposas; Apolo, poliédrico y cruel, le ofreció su lira para arrancar un canto de dolor que fuera verdadero; Dioniso le paseó una copa de vino que olía a granada y olvido.

Demetrio se asombró: no por la belleza, ni el poder, sino por el desdén nacarado en sus gestos. Bebió. Cantó. Se sinceró frente a Hera: confesó deseos, pequeñas miserias, sueños rotos por la costumbre. Se entregó sin entender que cada palabra era un tributo, una moneda para los dioses, que de la nada hacen todo.

Al llegar la madrugada vio cómo Afrodita, recostada en su lecho de espuma, lloraba lágrimas de cobre, pues ningún amor suyo quedaba entero, y cómo Ares afilaba una lanza de oro no porque esperara la guerra, sino por no soportar el ocio. Demetrio intuyó entonces que los dioses, tan plenos, llevaban una herida imposible de cerrar: la eternidad los vaciaba.

En una sala desierta, Hermes lo aguardaba. “¿Qué has aprendido?”, le preguntó sin voz.

Y Demetrio comprendió: los hombres sufren porque la ausencia define sus días; los dioses, porque ninguna ausencia es suficiente.

Hermes le ofreció volver. Demetrio pidió recordar, y Hermes, sonriendo como un lobo, le concedió ese don fatal: la memoria de un goce imposible, el amor por un mundo al que ya era ajeno.

Regresó, y desde entonces, fue extranjero en su ciudad y en su cuerpo, vagando de antro en antro, siempre buscando un eco de aquel banquete entre mármoles y de aquel dolor divino: la sed insaciable que sólo los dioses comprenden.

Así concluye el susurro, breve y largo como una vida entera: no hay banquete que sacie, ni deseo que concluya. Sólo el misterio de mirar por un instante el rostro de la eternidad… y sobrevivir para contarlo.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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