Fragmento:
Aún se discute en los simposios de la Hélade la noche en que los dioses juzgaron a los hombres, no en asambleas ruidosas ni en paroxismos de tragedias, sino bajo la cortina sutil de la ambición, el deseo y la traición. Pues no siempre los divinos ocupan sus tronos de nubes para hostigar y vigilar a sus juguetones hijos. Ocasionalmente, se disfrazan de amantes imaginarios, de musas susurrantes o de sombras en un umbral, y dejan caer sobre las ciudades una lluvia de oro o una maldición insaciable. Así ocurrió en Tirinto, donde la luna parecía más grande y sangrienta las noches de equinoccio.
Duración: 04:40
Aún se discute en los simposios de la Hélade la noche en que los dioses juzgaron a los hombres, no en asambleas ruidosas ni en paroxismos de tragedias, sino bajo la cortina sutil de la ambición, el deseo y la traición. Pues no siempre los divinos ocupan sus tronos de nubes para hostigar y vigilar a sus juguetones hijos. Ocasionalmente, se disfrazan de amantes imaginarios, de musas susurrantes o de sombras en un umbral, y dejan caer sobre las ciudades una lluvia de oro o una maldición insaciable. Así ocurrió en Tirinto, donde la luna parecía más grande y sangrienta las noches de equinoccio.
El joven Melanthios no sobresalía por fuerza ni por intrepidez, sino por su habilidad casi profana de endulzar el vino amargo del dolor con historias de dioses que caen, aman, lloran y se vengan. Aquel otoño, cuando el aceite escaseaba y la sal se pagaba con sangre, su huso giraba lejos del telar. Bajo la protección de Apolo, era un poeta sin patria ni fidelidad, hijo de una esclava de Lesbos y de una sombra de padre, uno de esos mortales a los que los dioses arrastran como a piezas de dados.
En un banquete para las cosechas, Melanthios fue convocado a la mesa del rey para amenizar la velada. Entró en la sala, decorada con tapices arcaicos y lámparas de resina, y miró los rostros tensos, las manos que jugaban con los cuchillos y los labios resecos por la espera de una chispa, una confesión o una humillación. Los presentes ya habían probado el descuido divino, en forma de inundaciones, mariposas que enfermaban el grano o hijos caprichosos. Y esta noche aguardaban algo más que versos.
Melanthios entrecerró los ojos y, tras beber tres tragos, prendió la mecha:
“¿Quién paga el precio de la belleza?”, preguntó, su voz flotando como incienso entre las columnas.
“Cuentan que antes de que el olivo germinara donde la ira de Atenea hendió la roca, una mujer, Clío, fue amada no por un dios, sino por la idea de él. Su esposo, Temeron, era rey, celoso como un jabalí y mezquino como un dios malhumorado. Una noche, desgarrado por sueños de injusticia, exigió a los dioses una señal: que su mujer floreciera por encima de todas. Ellos, sabios en su sadismo, le mandaron un don: la piel de Clío comenzó a emitir fragancia de miel y olivas. No había hombre, bestia o incluso estatua de piedra, que no ardiera en deseo o envidia al aspirarla”.
En la mesa se detuvieron las respiraciones. Fuera, el viento traía ecos de hojas doradas; dentro, los convidados morían por un favor, por un cuchillo, por una mirada. El poeta continuó, dejando que cada palabra afilara la atmósfera:
“Las mujeres de Tirinto se agruparon frente a la casa de Clío, primero con presentes y envidia, luego con cuchillos y hanteles. Los hombres, incapaces de resistirse, peleaban por un mechón de su cabello. Y Temeron, el rey, vio cómo su deseo cumplido lo apartaba de su esposa, pues ni con reclusión, ni con castigos, podía él solo gozar de aquel milagro retorcido”.
Melanthios se permitió una pausa, saboreando el efecto de su historia. Las risas rotas y los cuchicheos se encendieron como brasas bajo el mantel. El vino ya no era suficiente. Él sabía que esta era la noche que los dioses anhelan: cuando los hombres olvidan la frontera entre el mito y ellos mismos.
“Al alba, Clío suplicó al templo: 'Hazme invisible o devuélveme la carne insípida que poseía antes'. Atenea, con la frialdad de una diosa incomprendida por los hombres, le respondió: 'Nadie vuelve al barro después de ser cincelado. Has probado el don y no puedes renunciar al precio. Mas no olvides: ser codiciado es distinto a ser amado'”.
Esa madrugada, después de narrar el final –cómo Clío huyó, transformada por piedad en un olivo solitario cuyas ramas nadie osa arrancar en Tirinto–, Melanthios abandonó el banquete. Detrás de él, la sala bullía: los invitados, picados por la historia, buscaron en la piel del prójimo y de sí mismos algún aroma, alguna bendición o condena.
Así ocurrió siempre, en cada edad y ciudad: los dioses sembrando ambiciones que arrastran países y familias al desastre. Y los hombres, ebrios de retazos de divinidad, jugando a ser leyenda por una noche, mientras los olivos antiguos miran en silencio los huesos y las cenizas bajo la égida del recuerdo.
Pues cierto es que los dioses acaso escriben tragedias para los mortales, pero son los hombres los que añaden el azufre, el vino turbado, el puñal y la miel que escurren por los acantilados. Y nadie sabe, cuando el banquete termina, qué historia contarán en la siguiente luna roja.
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