Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Tras la puerta
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
La inspectora gitana
Portada del relato El oro de la serpiente dormida
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Se decía que en la base del monte Parnaso, justo donde la ladera se humedece por el rocío de los dioses, yacía un lago más oscuro que los sueños de Hades. Allí, bajo las aguas, una serpiente monstruosa reposaba sobre un tesoro de riquezas incalculables. No era solo oro lo que brillaba en la quietud del abismo, sino relámpagos de historia: el colgante de Calipso, la primera lanza de Artemisa, anillos sellados por el mismísimo Hécate, y entre todo ese fulgor, una copa que aseguraba la vida eterna al bebedor que declarara su deseo sin vacilación ni mentira.

Duración: 04:36

El oro de la serpiente dormida
-a / +A

En la Grecia antigua, cuando los héroes aún caminaban entre los dioses y los susurros de los oráculos retumbaban por los valles, existía un mito apenas hablado salvo en noches colmadas de vino y secretos: el tesoro de Aegle, la hija de la aurora y guardiana del oro dormido.

Se decía que en la base del monte Parnaso, justo donde la ladera se humedece por el rocío de los dioses, yacía un lago más oscuro que los sueños de Hades. Allí, bajo las aguas, una serpiente monstruosa reposaba sobre un tesoro de riquezas incalculables. No era solo oro lo que brillaba en la quietud del abismo, sino relámpagos de historia: el colgante de Calipso, la primera lanza de Artemisa, anillos sellados por el mismísimo Hécate, y entre todo ese fulgor, una copa que aseguraba la vida eterna al bebedor que declarara su deseo sin vacilación ni mentira.

Muchos intentaron arrebatar aquel botín. Entre todos, los más célebres fueron tres cazadores, y su historia, aún entre los hombres más sabios, se cuenta con un estremecimiento. Eran ellos: Makar, el rey desterrado que ansiaba riquezas para recomprar su trono; Ismene, la sacerdotisa que buscaba el collar perdido de su linaje; y Drakon, el joven ladronzuelo bendecido –o maldito– por la astucia de Hermes.

El pacto fue sellado bajo la luna nueva: compartirían por igual las riquezas, siempre que todos salieran vivos. Así avanzaron, cruzando campos donde las flores abrían ojos para mirarlos y los arbustos sopesaban sus pasos. No hablaron mucho; la noche estaba demasiado atenta.

Cuando llegaron a la orilla del lago, Ismene desgranó viejas oraciones, la lengua temblorosa de quien teme despertar a antiguos vigilantes. Drakon, con un suspiro impaciente, arrojó una piedra al agua. La superficie devolvió un destello turbio, y entonces supieron que la serpiente había sentido su llegada.

Buscando la entrada al abismo, Makar propuso un sacrificio. “Nada se obtiene de los dioses sin paga”, gruñó, cortándose una hebra dorada de su barba y arrojándola al lago como tributo. El agua giró, y una brecha brillante se abrió entre las algas. Era el umbral.

Una tras otra, las sombras devoraron sus figuras mientras la luna ascendía, ilesa e impasible. Primero descendió Ismene, recitando versos indescifrables para mantener a raya la malevolencia dormida. Le siguió Makar, aferrado a su espada recién afilada, y finalmente Drakon, que se fue sin más protección que su sonrisa torcida.

El interior del lago era vasto y extraño. Bajo el agua no se mojaban ni sentían frío. Era un reino en sí mismo, donde los peces tenían rostros humanos y los árboles brotaban joyas por hojas. Avanzaban, pero el oro no les atraía: sabían que su objetivo era la gruta central, donde la serpiente reposaba.

No hacía falta luz. El oro iluminaba el camino, lanzando destellos rojos y verdes sobre sombras fugitivas. Al llegar a la caverna, la serpiente –más grande que veinte hombres y con ojos como carbones encendidos– se erguía sobre su lecho de tesoros.

Ismene avanzó primero, hablándole en el dialecto olvidado de los dioses serpentinos. La criatura asintió, y dejó que ella tomara el collar de su casa. Fue entonces cuando Makar, cegado por el deseo, se lanzó hacia el oro. El brillo lo devoró. Gritó, pero la luz se tragó sus palabras, y desapareció como un recuerdo viejo.

Drakon no se movió hacia la copa ni hacia ningún objeto brillante. Sabía que así había caído Makar. En cambio, apuntó sus palabras al corazón de la serpiente: “¿Qué quieres a cambio de dejarme salir con vida?”

La serpiente, sorprendida, respondió con un siseo bajo: “Quédatelo todo, porque el oro encantado solo da sombra al que ansía luz.”

Drakon rechazó las riquezas, pero pidió un regalo: recuerdos de cada cazador anterior que había fracasado. Así se convirtió, sin quererlo, en el guardián de todas las historias contadas y no contadas del oro dormido. Al ascender, Ismene llevaba su collar, pero Drakon llevaba las voces de los que vinieron antes. Sólo ellos emergieron del lago al amanecer; la historia de Makar, ya sólo un murmullo en los ecos húmedos.

Desde entonces, las gentes del Parnaso no temen la bestia bajo el lago, pero advierten a los viajeros: “Aquel que entra buscando tesoros, debe cuidar lo que su corazón realmente ansía. Pues el oro no es sólo metal, sino deseo, y el deseo es la más peligrosa de las serpientes”.

Así prosigue el mito, envuelto en cenizas y vino, una historia no de botines, sino de las sombras que cada cazador lleva consigo bajo la luz dorada de la ambición.

Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Tras la puerta
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
La inspectora gitana

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.