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Portada del relato El luto de la diosa olvidada
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Fragmento:


Perséfone, tras mucho tiempo, ya no lloraba por las praderas que perdía cada otoño; había descubierto que el Inframundo –con sus valles oscuros y sus lagos sin reflejo– le ofrecía algo que la primavera jamás le había dado: poder absoluto sobre sí misma. En la superficie, muchos la recordaban como la hija de la cosecha; abajo, era la dueña de los secretos y de los sueños no soñados. Las almas errantes susurraban su nombre con reverencia, pues sabían que, finalmente, era ella quien decidía el color y la forma de su eternidad.

Duración: 04:37

El luto de la diosa olvidada
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En las profundas y frías entrañas de la noche helénica, mucho después de que los héroes hubieran sellado su destino en canciones y las labores de los mortales parecieran minúsculas en comparación con los trabajos de los dioses, se tejía una historia que pocos bardos se atrevieron a cantar. Es la historia de Perséfone —ya no la doncella raptada, sino la reina de un reino más vasto de lo que el sol llegaba a imaginar— y de Hades, el eterno custodio del adiós, cuyo corazón, fiel a la oscuridad, guardaba una llama tan intensa como la del propio Olimpo.

La unión de ambos había sido forjada en el crisol de la necesidad y la pasión interrumpida, sellada por la mordida de los granos de granada que Perséfone aceptó, temblando entre el temor y el deseo, en un banquete que se celebró bajo luces pálidas y columnas que el tiempo no se atrevía a derribar. Pero los dioses también crecen y se transforman, y en la quietud de los siglos descubrieron una profundidad el uno en el otro que ningún mortal, ni siquiera Orfeo, fue capaz de vislumbrar en sus cantos.

Perséfone, tras mucho tiempo, ya no lloraba por las praderas que perdía cada otoño; había descubierto que el Inframundo –con sus valles oscuros y sus lagos sin reflejo– le ofrecía algo que la primavera jamás le había dado: poder absoluto sobre sí misma. En la superficie, muchos la recordaban como la hija de la cosecha; abajo, era la dueña de los secretos y de los sueños no soñados. Las almas errantes susurraban su nombre con reverencia, pues sabían que, finalmente, era ella quien decidía el color y la forma de su eternidad.

Hades, por su parte, nunca dejó de amarla con la reserva propia de quien custodia la frontera entre los vivos y los muertos. Ni los fuegos del Tártaro ni los ríos del olvido calmaron nunca por completo su ardor. Era un amor que lloraba sin lágrimas, quemaba sin fuego. Su trono, de oro oscuro, estaba siempre dispuesto para ella. A diferencia de los otros olímpicos, Hades comprendió pronto que el asombro y la admiración merecían paciencia y distancia tanto como proximidad. Así, con cada regreso de Perséfone, la recibía sin cadenas ni súplicas, con la gravedad de quien sabe que la libertad del ser amado es la mayor muestra de afecto.

El tiempo, inmutable en el mundo de los muertos, veía a la reina recorrer los campos asfódelos, a veces danzando con las sombras de guerreros que en vida solo supieron de la furia, otras susurrando consuelos a las mujeres que el dolor había convertido en ceniza. Cada jornada de Perséfone parecía desafiar las propias leyes de la realidad. Llevaba consigo la memoria de la luz, sí, pero portaba también la sabiduría de la noche, más antigua que el propio Caos.

Durante una de sus largas estancias en el Inframundo, cuando la Tierra arriba se secaba esperando su regreso, Perséfone decidió convocar un banquete para los espíritus inquietos, aquellos que no lograban acostumbrarse a la nueva naturaleza de su existencia. Habló con Hécate, su amante amiga en las noches de transición, y con Minos, árbitro de los pecados de los mortales, y juntos diseñaron una velada repleta de relatos impíos, de confesiones, de vino negro y música nostálgica.

Aquel banquete se convirtió en el momento en que los dolores y los placeres de la vida mortal podían ser escuchados sin juicio. Hades presidía la mesa con su copa vacía—simulando participar igual que los vivos simulan que el tiempo no les pesa—, mientras Perséfone acogía a cada invitado con una sonrisa que sabía a primavera y a ceniza a la vez. Los invitados contaron historias contrariadas: héroes frustrados por una muerte sin gloria, amantes encontrados tarde, madres que aún buscaban a sus hijos bajo las losas de un mundo que había olvidado la justicia. Perséfone escuchaba cada palabra, y en cada pausa les recordaba que si lo oscuro puede estremecer, también puede abrazar y consolar.

El banquete se extendió durante un tiempo inimaginable, pues en el Inframundo los relojes desaparecen igual que las heridas. Cuando llegó el último susurro, la última confesión, Perséfone alzó su copa y al brindar, las llamas azules del submundo recogieron la memoria de aquellas historias, guardándolas en los pliegues de su vestido para cuando, en primavera, regresase a la luz y se sintiera tentada a olvidar quién era realmente.

En la soledad después de la fiesta, Hades se acercó a ella. No hubo palabras, solo un roce de manos. Ambos sabían que el pacto misterioso del deseo y la libertad era más fuerte que la muerte o los ciclos de la tierra. Habían aprendido que ningún robo puede imponerse sobre el amor cuando este, en su forma más pura, conoce y acepta la dualidad de la existencia: florecimiento y descenso, unión y soledad, deseo y libertad.

Así, mientras los mortales celebran la vuelta de las flores y compadecen, sin saberlo, a la diosa “prisionera”, un mito distinto se teje en los salones de sombras, uno en el que la pasión y el poder caminan juntos, y donde hasta los dioses descubren que lo verdaderamente inmortal no es el dolor, sino la metamorfosis. La última copa vacía en el banquete de los arrepentidos, el último eco entre los huesos de los héroes, aún repite el nombre de la reina: Perséfone, la que encontró su reino más allá de las fronteras de la luz.

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