Fragmento:
Sus recuerdos emergían como una tela mojada, apenas adivinados bajo la superficie de la consciencia. Despertaba en sueños en pasillos de piedra fría, con las manos doloridas, la boca reseca por el miedo. A veces, sin poder explicarlo, la nostalgia la envolvía en una ola densa cuando olía el perfume marchito de un libro antiguo o escuchaba el rumor de una tormenta lejana. Había algo en su interior, un temblor persistente, la certidumbre de haber amado antes y de haber perdido, de haber luchado, caído, y de estar obligada ahora a recordar para poder avanzar.
Duración: 05:34
No hay mayor desconcierto que el que siente un alma antigua al volver al mundo en un cuerpo nuevo, rodeada de las risas de otros, del cálido zumbido de la sangre que se redescubre tras largo sueño. Al menos, eso pensaba Elena la tarde en que recordaba la última vez que vio el cielo de un verano. No era realmente su nombre, o no lo había sido antes: nombres como fragmentos de piedra al paso del río, elegidos por labios diferentes, acariciados por otras lenguas. Pero “Elena” era la palabra con la que la llamaban ahora, y así era como debía responder, aunque en la penumbra de su mente resonaban aún otros nombres, ataduras, cadenas delicadas con la fuerza de la añoranza.
Sus recuerdos emergían como una tela mojada, apenas adivinados bajo la superficie de la consciencia. Despertaba en sueños en pasillos de piedra fría, con las manos doloridas, la boca reseca por el miedo. A veces, sin poder explicarlo, la nostalgia la envolvía en una ola densa cuando olía el perfume marchito de un libro antiguo o escuchaba el rumor de una tormenta lejana. Había algo en su interior, un temblor persistente, la certidumbre de haber amado antes y de haber perdido, de haber luchado, caído, y de estar obligada ahora a recordar para poder avanzar.
La primera vez que lo vio, supo lo que significaba la palabra “destino”. Se llamaba Adrián e irradiaba una tranquilidad que prometía descanso, pero también tenía una mirada profunda, antigua, como si ambos compartieran la memoria de un exilio imposible de precisar. Adrián entró en su vida una tarde lluviosa, con los bolsillos llenos de historias y la sonrisa de quien sabe que los relojes son, en el fondo, una broma cruel del universo. Él también lo sintió: ese estremecimiento bajo la piel, el reconocimiento silencioso que ninguno se atrevía a nombrar, por miedo a romper el hechizo.
Durante semanas bailaron en torno a la revelación, abordando temas banales, compartiendo libros, canciones, paseos por calles húmedas. Sin embargo, en sueños Elena se veía envuelta en tifones de imágenes fugaces: una copa de vidrio helado desmoronándose en su mano, un jardín encendido por la luz extraña de otro mundo, una promesa susurrada, apenas audible, antes de la noche final. El rostro de Adrián estaba allí también, más pálido, alterado por la distancia de los años, pero inconfundible.
Y fue quizá en la oscuridad de un cine, cuando el pasado finalmente cruzó los pocos centímetros que los separaban. Elena tomó la mano de Adrián y la sintió ancha, familiar, un ancla que la arrastraba a otro tiempo, otro lugar. Adrián se giró para mirarla y sus labios formaron palabras que ella escuchó con la certeza de que ya le habían sido dichas antes, en otro idioma, bajo otra piel: “Nos encontramos de nuevo”.
Elena no pudo evitar las lágrimas. Era alivio y terror al mismo tiempo, comprender que todo lo real se dobla y se desdobla en capas de existencia. Que tal vez nunca se habían separado realmente, sino que las formas y los cuerpos habían cambiado para permitir nuevas lecciones, nuevas heridas. “¿Te acuerdas de nosotros?”, preguntó él en voz baja, como se susurra al borde de un abismo.
No respondió. En cambio, apoyó la cabeza en su hombro y dejó que los latidos de ambos se sincronizaran, ese pulso conocido y desconocido. Sabía que vendrían las preguntas y los vértigos, la necesidad de descifrar el misterio, pero por ahora aceptó el consuelo de la presencia, la promesa de que la existencia no era una única línea, sino una red de vidas y encuentros tejidos más allá de la comprensión inmediata.
Con el paso de los días, Elena comprendió que cada gesto cotidiano era una reverberación de otras vidas, un eco: el café por la mañana, la manera en que Adrián fruncía el ceño al leer las noticias, el modo en que hacían el amor, lentamente, como si buscaran recordarse a través del cuerpo. Había un fervor en los silencios, cuando él tomaba su rostro entre las manos y la miraba con la intensidad del que busca reconocer un paisaje antiguo tras la niebla. A veces se decían palabras que no comprendían del todo, palabras que venían de algún rincón olvidado de ambos, y entonces reían nerviosos, temiendo el peso del misterio.
La mente de Elena se llenó de imágenes más vívidas: una boda bajo un árbol antiguo, una despedida en una estación de tren, el tacto de unas manos llenas de tierra y promesas. Era como si el tejido del mundo fuera más delgado en torno a Adrián, como si con él la distancia entre las vidas se hubiera reducido a un susurro, una caricia. No necesitaban hablar de ello abiertamente; ambos sentían que la verdad era demasiado frágil, que ponerla en palabras sería invocar a los dioses antiguos de la pérdida y la ruptura.
Una noche, después de hacer el amor, Adrián se apartó un mechón de cabello de la frente y murmuró, más para sí mismo que para Elena: “Dicen que volvemos una y otra vez para aprender el amor en diferentes formas. Quizá este sea nuestro turno para aprender a quedarnos”. Elena asintió, sintiendo que el peso de los siglos se derretía en el calor de su abrazo. Por un instante supo que el verdadero milagro no era haber vuelto, sino haber mantenido la esperanza de encontrarse de nuevo y de darse otra oportunidad.
Mientras el mundo giraba fuera de la ventana, Elena se permitió cerrar los ojos y someterse a la certeza de que el tiempo era un océano y que ellos no eran meros náufragos, sino viajeros antiguos, navegantes indomables, eternamente destinados a buscarse, a perderse y a reunirse, vida tras vida, hasta que el amor fuera perfecto, o el universo se detuviera en seco, agotado de esperar.
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