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Portada del relato Un eco en Váskar
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Fragmento:


Elise solía soñar con mares desconocidos y ciudades reconstruidas bajo soles distantes. Pero aquella noche, los sueños llegaron con el frío: visiones de una mujer de ojos dorados, atrapada bajo la corteza de un árbol gigantesco; de un soldado encapuchado que susurraba plegarias en un idioma muerto; de una lágrima azul sobre la arena ardiente. Cuando despertó, supo que ese día no era un día cualquiera, aunque no supo por qué.

Duración: 04:55

Un eco en Váskar
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El primer anochecer del otoño, Elise se detuvo frente a la ventana, contemplando la hilera de faroles fundidos y las sombras ondulantes que viajaban por la calle desierta. Sus manos, acostumbradas a la rutina tranquila de la vida, temblaban sobre la madera astillada del alféizar. En la esquina de la habitación yacía la última carta de Félix, su esposo ausente, cuyas palabras eran promesas y confesiones mezcladas, tinta seca presagiando finales.

Elise solía soñar con mares desconocidos y ciudades reconstruidas bajo soles distantes. Pero aquella noche, los sueños llegaron con el frío: visiones de una mujer de ojos dorados, atrapada bajo la corteza de un árbol gigantesco; de un soldado encapuchado que susurraba plegarias en un idioma muerto; de una lágrima azul sobre la arena ardiente. Cuando despertó, supo que ese día no era un día cualquiera, aunque no supo por qué.

En la ferretería de la plaza, los relojes detenidos y las voces apagadas sugerían una pausa en la vida normal, como si toda la ciudad esperara al mismo tiempo algo invisible. El vendedor, un anciano que siempre ocultaba un hilo de plata en el pelo oscuro, la miró con una intensidad peculiar. Cuando Elise se atrevió a devolverle la mirada, sintió el vértigo del reconocimiento: en aquel anciano vivía la sombra difusa de la mujer del sueño, una certeza que vibró en sus huesos.

—¿Sabía que los robles recuerdan los nombres de quienes los tocan? —murmuró él, mientras empaquetaba un martillo que Elise no recordaba haber pedido.

Ella forzó una sonrisa, pero las palabras del hombre resonaron sin esfuerzo en su memoria, activando imágenes enterradas—el susurro de hojas en lenguas lejanas, la presión cálida de unos dedos enterrando un anillo bajo la raíz. Salió de la tienda sintiéndose distinta, como si por debajo de la piel le crecieran historias viejas buscando una grieta por donde filtrarse.

Esa noche, mientras la ciudad se sumergía en el silencio, la ventana de Elise susurraba pequeños ruidos—el viento, los insectos y, por debajo, un murmullo rítmico, un timbre familiar que no era ni sonido ni pensamiento. Cerró los ojos y la oscuridad se tornó translúcida. Vio un campo sumido en niebla, y en el centro a la mujer de ojos dorados. Corría, herida, pero sus labios pronunciaban el nombre de Elise, aún sin haberlo tenido nunca.

La memoria del dolor ajeno la estremeció. Recordó —sin haberlo vivido— el aroma de la corteza húmeda, el roce helado de la muerte a medianoche, la huida y el renacer en un cuerpo prestado. Y entonces, un golpe de certeza: cada emoción desbordada, cada temor inexplicable, cada afinidad irracional por la noche o los árboles o los secretos, no eran suyos del todo. Eran relatos antiguos recurriendo, fractales de identidades entretejidas por los pliegues del tiempo.

En ese despertar dentro del sueño, la mujer de los ojos dorados extendió la mano. Al tomarla, Elise se vio a sí misma, siglos antes, huyendo de la lluvia bajo techos de piedra, bailando bajo lunas rojas, implorando por la vida de un amante —ese mismo soldado encapuchado. El dolor era círculo; el amor era círculo. El miedo, también.

Cuando Elise abrió los ojos en su cama, quedó claro que la frontera entre lo vivido y lo recordado era una línea de agua: móvil, cambiante, nunca la misma dos veces. Sintió entonces una paz extraña. Su duelo por Félix —y por el amor perdido en todas las vidas— no era tan sordo ni tan irreversible. Llevaba esa añoranza desde antes de nacer.

Al pasar los días, la ciudad se volvió mosaico de voces y miradas que le eran familiares, aunque nadie creía haberla visto antes. Cada gesto, cada palabra ajena, era un eco de voces conocidas, pequeñas piezas de un rompecabezas imposible. Aprendió a mirar a los otros, sabiendo que quizás encontraba en ellos antiguos pactos, promesas incumplidas, heridas y cicatrices que compartía, aun sin conocerlas.

A veces, en la ferretería, el anciano —que ya nunca parecía tan viejo, ni tan seguro de sí— preguntaba en voz baja si ya había recordado el nombre del árbol. Ella sonreía y contestaba que todavía no, aunque sentía la savia recorrer su pecho. No necesitaba la respuesta. Lo que importaba era el ciclo: el amor, la pérdida, el reencuentro, la aceptación, ese hueso invisible que nos une a todos. Y entonces comprendió, más allá de la lógica, que hay vidas tejidas para buscarnos, secretos que nunca terminan de contarse y un mundo interior tan antiguo como la noche.

La historia de Elise era la historia de todos: fragmentos de otros, cosidos a la carne por el hilo del tiempo, aguardando el momento propicio para alzarse y verme, conocerse en la mirada de un extraño. Porque el amor —siempre el amor— es el puente que nadie destruye, el eco sutil que regresa, una y otra vez, a buscar el calor imposible que promete la próxima vida.

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