La inspectora gitana
Edición limitada de la novela Anatema.
Black Bird Academy: Amor a la muerte
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato Fragmentos de un Sueño Roto
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Fragmento:


Se dejó caer en la desvencijada silla junto al ventanal, contemplando el reflejo de las luces de la ciudad parpadeando sobre la acera mojada y recordó otra noche, otro cuerpo, otra lluvia. Era Florencia, 1478. La sangre manaba de la herida en su costado mientras el hombre que amaba —y había traicionado— le susurraba palabras que ya no podía comprender. La traición es un sabor que no desaparece, pensó Kurian, sólo cambia de lengua. Ese recuerdo tembló, se entrelazó con otro: una joven de cabellos oscuros, la voz suave como terciopelo en 1922, París. Las palabras grabadas en la lengua de la pasión y el dolor.

Duración: 04:45

Fragmentos de un Sueño Roto
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La lluvia caía furiosa sobre los viejos adoquines de Saint-Denis. Kurian siempre pensaba que las noches lluviosas eran perfectas para morir. El sonido constante del agua le permitía esconder las lágrimas que aún no sabía si pertenecían a sus actuales ojos o a los de aquel hombre que corría, cientos de años atrás, bajo un mismo cielo. Había aprendido a temer la nebulosa frontera entre un recuerdo y una visión: el filo exquisito donde los pasados se mezclaban y las promesas se engarzaban unas a otras como anillos de humo.

Kurian encendió un cigarrillo, aspirando profundamente, como si el tabaco pudiera llenar el hueco vasto que demasiadas vidas habían dejado en su pecho. Había sido muchos hombres —y, sí, también algunas mujeres— a lo largo de los siglos. Pero el mismo anhelo ardía en el fondo: romper el ciclo inexorable, elegir por fin a quién amar y, sobre todo, a quién olvidar.

Se dejó caer en la desvencijada silla junto al ventanal, contemplando el reflejo de las luces de la ciudad parpadeando sobre la acera mojada y recordó otra noche, otro cuerpo, otra lluvia. Era Florencia, 1478. La sangre manaba de la herida en su costado mientras el hombre que amaba —y había traicionado— le susurraba palabras que ya no podía comprender. La traición es un sabor que no desaparece, pensó Kurian, sólo cambia de lengua. Ese recuerdo tembló, se entrelazó con otro: una joven de cabellos oscuros, la voz suave como terciopelo en 1922, París. Las palabras grabadas en la lengua de la pasión y el dolor.

Había quienes creían que la muerte era el fin. Kurian sabía, por amarga experiencia, que sólo era el comienzo de otro bucle. Sus cuerpos cambiaban. Su deseo —ese fuego que devoraba la carne, arrasaba los juramentos y reconstruía el corazón en nuevas formas— permanecía. Y de todos los placeres y castigos de la vida, el mayor era recordar; aunque, a veces, era imposible decir si aquella mujer que ahora cruzaba la calle, empapada y hermosa, era un eco de su primer amor o el fantasma de la última persona que había traicionado y por la que moriría de nuevo.

El timbre de la puerta sonó con un zumbido bajo, devolviéndolo a la actualidad. Kurian se levantó, dejando que el cigarrillo se consumiera solo sobre el cenicero, y abrió. Ella estaba allí. Su cabello oscuro pegado al rostro, los ojos —verdes esta vez, diferentes pero inconfundibles— mirándolo con el mismo miedo mezclado de deseo. Ninguno de los dos habló. No hacía falta. Entre ambos se desplegaba un diálogo antiguo, hecho de silencios, roces fugaces y la promesa dolorosa de volver a encontrarse y perderse una vez más.

—Lys—murmuró Kurian al fin.

Ella asintió, apretando los labios con un temblor que no era sólo de frío. Su cuerpo temblaba de anticipación, recordando, quizás, las mil maneras en que se habían destruido y amado en existencias anteriores. Dejó caer la gabardina mojada y avanzó con pasos inseguros hacia él. Kurian abrió los brazos, y durante un segundo fue el soldado en el desierto, la cortesana en Venecia, el traidor condenado en el Londres victoriano. Todos a la vez, ninguno. Simplemente Ansia.

La noche se desplegó sobre ellos. Sus cuerpos se buscaron, reconociendo mapas secretos bajo la piel, cicatrices antiguas y nuevas, melodías de placer y dolor, susurros de rendición. Hicieron el amor como sólo lo hacen quienes han perdido y encontrado el uno en el otro a través de siglos de abandono, como si buscaran redimirse de todo lo que no pudieron hacer en noches pasadas. La eternidad parecía vacilar fuera del tiempo, contenida en el roce de sus labios, la presión de sus dedos, la lágrima compartida desplomándose sobre los hombros desnudos de ambos.

Al amanecer, Kurian la miró dormir a su lado. El cabello de Lys se derramaba sobre la almohada como tinta derramada sobre papel viejo. La ciudad había enmudecido bajo el sol tímido de junio. Kurian acarició su mejilla, temiendo la llegada del olvido. Así era siempre: una noche de relámpagos, un cuerpo familiar, y después el abismo del tiempo. Sin embargo, esta vez, había algo diferente. Una decisión que aún no tomaba, una palabra que se negaba a pronunciar.

Porque esta vez, pensó Kurian con una claridad que le arrancó un sollozo del pecho, no deseaba otra reencarnación si ella no iba a estar allí. No quería un nuevo comienzo ni un final limpio. Sólo el bucle, sólo la repetición… el regreso incesante al único amor que siempre lo había destruido y redimido, a la única condena que elegía libremente.

Se tumbó junto a ella, cerró los ojos y, por primera vez en siglos, deseó que el amanecer nunca llegara.

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