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Portada del relato Lágrimas en el Horizonte de Marea
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Fragmento:


Recuerdo todas mis vidas. Cada muerte, una frontera cruzada. Eso, dicen, es el verdadero castigo de Delta VII: cuando la conciencia se reanuda tras la ejecución, tu memoria llega contigo. Imposible olvidar lo que hiciste, ni lo que otros hicieron en ti. Los Guardias llaman a eso justicia. Nosotros, los caídos, lo llamamos condena.

Duración: 04:58

Lágrimas en el Horizonte de Marea
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Siempre despierto antes del amanecer. El frío es el mismo, esa mordida pulida de metales oxidados, arrastrándome a la vigilia. Por un instante, es como si estuviera de nuevo en la Carlinga Dorada, camino de Caspia Prime, revisando los sistemas de navegación. Luego, la realidad pesa y se impone: un cuerpo nuevo, fibras nerviosas tensas, la humedad permanente de la Isla Fractura, y la vigilancia omnipresente del Ojo.

Recuerdo todas mis vidas. Cada muerte, una frontera cruzada. Eso, dicen, es el verdadero castigo de Delta VII: cuando la conciencia se reanuda tras la ejecución, tu memoria llega contigo. Imposible olvidar lo que hiciste, ni lo que otros hicieron en ti. Los Guardias llaman a eso justicia. Nosotros, los caídos, lo llamamos condena.

Mi celda, como todas aquí, está excavada en roca azulajosa. La humedad rezuma por las paredes, dibujando constelaciones marchitas que sólo tienen sentido para quienes aún desean leer presagios en el limo. Mi compañera de celda, Anja, murió ayer. Se alzó y corrió cuando las sirenas gritaban, como si hubiera esperanza en la fuga. Veo su cuerpo pálido entre las olas desde la ventana: primero un manto flotando, después sólo espuma.

Hoy deben asignarme un nuevo cuerpo. Es mi decimoséptima reencarnación aquí. Los protocolos lo dicen: no más de veinticuatro horas sin ocupante en cada celda; la soledad es privilegio de libres, no de criminales. Cerrando los ojos, me concentro en recordar mi primer aterrizaje, el horror de sentirme aún yo, pero no el yo original. La primera vez fue la peor: el cuerpo disonante, los sentidos distorsionados, la garganta anhelando un idioma que ya no tenía lengua para pronunciar.

El Ojo nunca pestañea. Flota sobre nosotros, enhebrando nuestra vida y muerte, lo que hacemos y queremos hacer. Se dice que sus algoritmos deciden cuándo dejarte en paz y cuándo arrojarte a una nueva muerte, sólo para devolver tu conciencia y tu carga a otro recipiente. A veces sueñas con un cuerpo que no es el tuyo pero sientes el temblor de tus huesos: hambre, deseo, culpa.

Aún así, algo cambia con cada reencarnación. Los recuerdos, redoblados y, a veces, confundidos, se entrelazan hasta que no sabes si la mujer que robó comida para su hermana pequeña eras tú o tu vecino de celda. Yo, Melina, fui piloto, asesina, traidora, sanadora y víctima del sistema. He sido hombre y mujer, anciano y niño. Todos los rostros duelen si lo piensas demasiado.

Hay un pequeño consuelo en el horizonte nocturno. Durante la pleamar, se escucha un jadeo grave y húmedo: es el viento que pasa por las rejas, pero los antiguos dicen que son las almas que aún no han encontrado cuerpo, penando por otra oportunidad, aunque sea en este infierno de piedra y memoria. Yo les creo. Lo siento cuando muero y despierto en esta cáscara distinta, rodeada de los mismos gritos y la misma desesperación.

Hoy me asignan un cuerpo de hombre, piel oscura y manos calosas. Las sirenas aúllan y mis pensamientos empiezan a pegarse a la nueva corteza cerebral, como telarañas algodonosas. El guardia que me ayuda a salir de la sala de Transición me habla sólo lo justo. Nadie quiere rozar demasiado la humanidad ajena, por miedo a reconocer que un día puede ser la suya propia. Camino por los corredores que ya no sé si pisé como hombre, mujer, mártir o carcelero.

Me encuentro con Tarek, reencarnado tres veces esta semana. Sus ojos lucen vacíos, como plomo mojado. “¿Tú también recuerdas todos?” pregunta. Asiento. La memoria es el verdadero presidio, más allá del dolor, más allá de la brutalidad. Aquí, los barrotes están forjados de remordimiento.

A veces surgen rumores de rebelión: de organizar una fuga, de sabotear al Ojo, de hallar la grieta en el sistema que nos devuelva al olvido o, mejor todavía, a la libertad. Pero lo cierto es que somos las jaulas de otros y el alimento de nuestro castigo. No hay muro que saltar: la prisión viaja contigo, fusionándose a tu piel, a tu conciencia, a la certeza de que seguirás caminando, recordando, siendo. ¿Quién quiere escapar de una isla cuando los límites están dentro de ti?

La noche cae mientras contemplo el horizonte. Un brillo anaranjado destella a lo lejos: la galaxia sigue girando, inconsciente y ajena. Me digo que aún me queda una ilusión: que en algún punto, tras suficientes vidas, tras la repetición infinita del despertador y la rutina, tras innumerables muertes, pueda lograrlo. Comprender algo, expiar alguna culpa, aliviar una herida. Tal vez el verdadero objetivo sea aprender a cargar con los pecados, no purgarlos.

La brisa trae olor a sal y humedad, y con ella, un eco de las voces que fui, que fui yo y que fui otros. Sé que aquí seguiré, en cada nuevo amanecer, encontrando, en la condena de recordar, un resquicio tenaz de esperanza.

Esa, la única libertad que nos está permitida.

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