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Portada del relato El eco de otros días
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Fragmento:


Había aprendido a no contárselo a nadie, no después de que Lucía –la única mujer a la que había contado la historia del sueño del incendio– la hubiera mirado con terror antes de alejarse, como si ella escondiera algo infeccioso bajo la piel. Así que, a los treinta y seis, había aprendido a vivir compartida: una parte era Cecilia la profesora, la mujer que corregía exámenes en la cafetería, la que usaba las mismas botas año tras año. La otra... era la suma de todos aquellos fragmentos vertidos en sus noches más oscuras, imágenes brillantes y nombres de lenguas ya muertas. Un hombre que lloraba en una capilla romana, una niña que recolectaba hierbas bajo una luna enorme, un soldado en una zanja agotado de esperanza.

Duración: 04:54

El eco de otros días
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El aroma siempre la precedía: jazmines, un matiz de cuero viejo, cristales limpios días de tormenta. Cecilia se detenía cada mañana ante el espejo del recibidor, preguntándose quién sería hoy. Los lunes era más fácil: el cansancio, el terror de otra semana, la rutina como ancla. Pero algunas mañanas, como esta, despertaba con recuerdos que no podían ser suyos. Un puerto antiguo bajo el sol, el calor de manos desconocidas, el sabor de frutas extinguidas.

Había aprendido a no contárselo a nadie, no después de que Lucía –la única mujer a la que había contado la historia del sueño del incendio– la hubiera mirado con terror antes de alejarse, como si ella escondiera algo infeccioso bajo la piel. Así que, a los treinta y seis, había aprendido a vivir compartida: una parte era Cecilia la profesora, la mujer que corregía exámenes en la cafetería, la que usaba las mismas botas año tras año. La otra... era la suma de todos aquellos fragmentos vertidos en sus noches más oscuras, imágenes brillantes y nombres de lenguas ya muertas. Un hombre que lloraba en una capilla romana, una niña que recolectaba hierbas bajo una luna enorme, un soldado en una zanja agotado de esperanza.

La mayor parte de los días, podía ignorar estos retazos. Pero esa mañana, algo era distinto: no sólo la memoria, sino el eco físico que le punzaba la pierna derecha al poner los pies en el suelo, como si llevase años arrastrando una antigua herida. El temblor la asustó, y buscó distraerse. El café, el periódico, la rutina compulsiva de la vida moderna. No funcionó.

Caminó por la calle hasta la tienda de antigüedades de la plaza. Allí, entre objetos desvencijados y aromas de otros séculos, el mundo solía calmarse. Pero al rozar una copa de cristal tallado, lo sintió: un golpe brutal, la sangre bajando lenta por la frente de alguien, un sonido de despedida. Se apartó con brusquedad. La dependienta le preguntó si estaba bien, y Cecilia asintió, pero se tambaleó hasta la puerta y respiró, sujetándose el pecho con ambas manos.

Cerca del parque, el empedrado activó otro recuerdo –una vida de dolor– y por primera vez no lo rechazó. Se dejó ir. Afuera, el cielo se cargaba de nubes y un trueno chocó como una advertencia. Y allí, a la mitad de la plaza, entendió lo que buscaba con desesperación inconsciente: la reconexión, el sentido que nadie le había dado. No estaba loca. Era un archivo vivo, una biblioteca de almas.

Recordó las palabras de un verso antiguo, aprendido en la penumbra de una sala que olía a incienso y miedo. Pronunció las palabras en voz baja y sintió la vibración entre los huesos de su pecho. Entonces, en una esquina, lo vio: un hombre, sencillo, ajeno, la miraba fijamente. Un rostro común, pero bajo esa máscara, la certeza de algo compartido.

Se acercó. El desconocido no pareció sorprendido, como si también esperara la cita. La conversación comenzó con trivialidades ("¿La lluvia le incomoda?", "No, me calma"). Las palabras bailaban entre ellos, hilando algo invisible. Al cabo de minutos, una confesión: él también soñaba. No las imágenes, no los detalles, pero sí la sensación de provenir de muchos lugares, de morir muchas veces antes de esta vida. Había sentido, en la vejez de su niñez, la ternura de madres lejanas y la ira de amantes abandonados.

Hablaron hasta que anocheció. Los recuerdos eran dudas, puentes, cicatrices; compartieron vidas y, en el intento de poner orden en el caos, se acercaron tanto como dos piezas rotas buscando ensamblaje. Por primera vez Cecilia no sintió vergüenza. No era la única. No era una aberración, sino una suma de infinitas voces que, a través del tiempo, buscaban redención.

La noche acabó en un hotel de muros viejos y sábanas crispadas. En el silencio, mientras sus cuerpos se encontraban por primera vez –o tal vez por milésima–, supieron sin decirlo que cada caricia era la reiteración de gestos aprendidos, de labios que se habían llegado a conocer con otros nombres, otras lenguas. El deseo era feroz y antiguo, no por la novedad sino por la repetición intemporal, la certeza de que la piel de ahora contenía los ecos de todas las pieles anteriores.

Al amanecer, la vida parecía sencilla y brutal: dos extraños, saliendo del hotel para retomar rutinas, y sin embargo sus cuerpos llenos de significado, firmados con cicatrices que venían de otro tiempo. Cecilia comprendió, al mirar al hombre marcharse bajo la lluvia temblorosa, que los encuentros son tan antiguos como la vida. Y que la memoria, finalmente, no busca consuelo, sino sólo un testigo que le recuerde que no somos uno solo, sino la suma de muchas huidas hacia delante.

Nada se dijo sobre el futuro. Pero esa mañana, el aroma a jazmín fue, por primera vez, un olor propio.

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