Fragmento:
Don Vicente, hombre meticuloso, había tomado la costumbre de observar la calle en esas horas morosas, como si aguardara, sin saberlo, el espectáculo de una vida que le fuera ajena. Nada ocurría, salvo a veces la aparición fugitiva de la moza de la carnicería, la cara encendida en la bufanda. Era la única mancha viva en el cuadro monocromo de cada crepúsculo. Al verla pasar, don Vicente sentía, sin querer admitirlo, un ligero temblor en los dedos, contrapesado al instante por una severidad amarga: “A mi edad, ¡menudas fantasías!”. Volvía al periódico, que reía de él con noticias viejas, y leía sin entender.
Duración: 04:56
La tarde lamía los cristales con la lengua gris de la llovizna pertinaz, esa que hace calar en los huesos un desasosiego semejante al de las cartas sin responder. En la casa del número 17, calle de Corredera Alta, don Vicente Fernández, funcionario jubilado de aduanas, tomaba asiento con parsimonia sobre la silla de rejilla junto al ventanuco, mientras doña Pura, su esposa, a la que los veinte años de infelicidad matrimonial habían reducido a una sombra silenciosa de sí misma, remendaba al abrigo del brasero una camisa, incurablemente desteñida, de su marido. La luz, escasa y amarilla, se deshilachaba en los velos de polvo que flotaban entre los muebles enmohecidos.
Don Vicente, hombre meticuloso, había tomado la costumbre de observar la calle en esas horas morosas, como si aguardara, sin saberlo, el espectáculo de una vida que le fuera ajena. Nada ocurría, salvo a veces la aparición fugitiva de la moza de la carnicería, la cara encendida en la bufanda. Era la única mancha viva en el cuadro monocromo de cada crepúsculo. Al verla pasar, don Vicente sentía, sin querer admitirlo, un ligero temblor en los dedos, contrapesado al instante por una severidad amarga: “A mi edad, ¡menudas fantasías!”. Volvía al periódico, que reía de él con noticias viejas, y leía sin entender.
Doña Pura no solía hablar siquiera de la lluvia. Deslizaba la aguja bajo la lámpara, sus ojos hundidos, pero atentos, percibiendo el tiempo como una corriente lenta y turbia, sorda y resignada. Desde joven, el deber le había enseñado a callar sentimientos: primero el miedo a un padre que siempre esperaba más, después el asombro ante aquel prometido, presentable y seco, al que la vida—o mejor dicho, la conveniencia—la había dejado pegada. El único hijo, Agustín, se había marchado al sur por un trabajo de viajante; llamadas escasas y ruidosas, visitas fugaces cada Navidad, alguna postal; pero ni rastro del cariño y la presencia que ella había anhelado encontrar en su vejez.
Aquella tarde gris era una más, hasta el momento en que se oyeron voces más fuertes de lo acostumbrado en el patio interior. Don Vicente entrecerró los ojos y fue hasta detrás de la cortina, mientras doña Pura suspendía también su labor. Se escuchaban retazos de una discusión—la señora Luisa de la planta baja gritaba a su marido por el gasto inútil del vino; él respondía con una tosca resignación. Ese intercambio, prolongado semana tras semana, les resultaba a los dos tristemente familiar, y, sin embargo, insuflaba una brizna de vida ajena en su letargo doméstico.
—Otra vez igual —dijo don Vicente en voz baja, pero la frase flotó muerta en el aire, sin que doña Pura se molestase en contestar.
—Igual —pensó ella—, siempre igual. No recordaba cuándo habían dejado de hablarse de verdad, si alguna vez lo habían hecho. Ninguna infidelidad, ninguna violencia; apenas la erosión silenciosa del hartazgo y la costumbre. El pan, el periódico, la ropa, la sopa tibia. Aquel matrimonio era ya únicamente paisaje.
Cuando volvió a sentarse, don Vicente sintió la indiferencia de su mujer como un escalofrío. “¿Por qué demonios está siempre apartada?”, se preguntó, con una hostilidad tan vieja que ya no le era del todo ajena. En sus años mozos, habría protestado o buscado charla, pero la vida, roedora implacable, le había domado el ánimo. Encendió la pipa, pero la ceniza cayó sobre el pantalón.
Pura levantó la vista apenas un segundo. —Se te apaga —murmuró.
—Nada se apaga, mujer; sólo es ceniza, ya no vale —respondió él, más brusco de lo necesario.
El silencio subsiguiente era más denso que la lluvia sobre los cristales.
Al anochecer, recogieron juntos la mesa, como si la sincronía de los gestos —el roce de los cubiertos, la tibia presión de los platos apilados— los uniese todavía en algo fundacional, previo a las palabras. En la habitación pequeña, Pura contempló el retrato en sepia de Agustín, torcido por la humedad, y sintió una punzada de envidia hacia las otras madres que podían abrazar a sus hijos. Vicente, desde el corredor, adivinó ese dolor sin darle nombre y pensó en la necedad de su propio orgullo, en la futilidad de reprocharle a Pura su abismo, cuando el suyo era aún más hondo.
Ya en la cama, con el cuerpo rígido junto al de ella, escucharon el rumor de la vida del edificio: el grifo que goteaba en la cocina, los pasos sobre el parqué del vecino, el lógico zumbido de la tristeza cotidiana. Ninguno dijo palabra. No era necesario. Ambos sabían—sin sinceridad, sin ternura, sin esperanza—cuánto se parecían a ese mundo: muebles que se pudren bajo la lluvia, cenizas que ya no valen, cartas que nunca esperan respuesta. La noche cayó, pesada y sin sueños, cómplice única del silencio interminable de los días.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.