Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Fragmento:


Entré en el vagón casi de último, y elegí quedarme de pie cerca de una de las ventanas abiertas. Nadie parecía hablar de otra cosa que no fuera el tiempo; pensé en hacer algún comentario sobre el Marquês de Pombal y la costumbre de medir los días por las corrientes del Tajo, pero permanecí callado. Sentía ese habitual pudor, ese miedo al ridículo, que solo se disipaba cuando Irene estaba a mi lado, traductora de mis silencios más eficaces.

Duración: 03:43

El funicular de Lisboa
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Desperté esa mañana con el ruido lejano del tráfico y una vaga punzada en la rodilla derecha, la que me oprime cuando la humedad se instala a traición en los adoquines de la ciudad. La fonda en la que me alojaba era modesta: cortinas de gasa, olor a café de recuelo impregnando los muros y una estrecha ventana desde la que contemplar los tejados encabalgados, abanicando el horizonte; más allá, el Tajo, dominado por una bruma, demasiado blanca para ser anunciada por la radio del recepcionista, que siempre parecía saber de las tormentas antes que nadie. Lisboa era para mí un viaje forzado; tras la muerte de Irene, y agotadas las conversaciones inútiles con abogados y médicos, acepté el trabajo de inventariar una biblioteca privada, propiedad de un coleccionista anónimo que vivía retirado en Lapa. Lo vi como un exilio discreto: nadie me llamaría, nadie me seguiría.

Bajé al vestíbulo, saludé al dueño, que reía en voz baja con la cocinera, y consulté el reloj. A las nueve debía encontrarme con el hombre que me abriría el portón, pero sentí la tentación de desviarme a pie, sin rumbo. Caminé por el empedrado, dejando que la ciudad, más que conducirme, me pesara en los hombros: las ventanas decimonónicas, los azulejos fracturados, las voces ascendiendo por los rellanos corroídos de escaleras demasiado viejas para servir de refugio a ninguna huida. Atravesé la plaza de los calados y me aproximé a la Rua da Bica: allí, como un insecto enorme y amarillo, estaba el funicular, imperturbable en sus raíles. Una mujer mayor subía con parsimonia y un niño forcejeaba porque no quería esperar.

Entré en el vagón casi de último, y elegí quedarme de pie cerca de una de las ventanas abiertas. Nadie parecía hablar de otra cosa que no fuera el tiempo; pensé en hacer algún comentario sobre el Marquês de Pombal y la costumbre de medir los días por las corrientes del Tajo, pero permanecí callado. Sentía ese habitual pudor, ese miedo al ridículo, que solo se disipaba cuando Irene estaba a mi lado, traductora de mis silencios más eficaces.

El funicular arrancó; los muros parecían rozarse. Por la ventana, la vida lánguida de la ciudad se deslizaba como el decorado de un teatro mecánico: ropa extendida, un hombre lustrando zapatos, el olor súbito a pan y moho. Recordé, sin poder evitarlo, los trayectos en el antiguo tranvía de Turín, y cómo Irene me señalaba rostros, creyendo descubrir en todos ellos un secreto brevísimo. Aquí, las caras me parecían ajenas, impermeables; la lengua portuguesa era una música sin traducción, apenas salpicada por la tos ocasional de un pasajero.

Cuando llegamos al final del trayecto, un hombre torvo bloqueó la salida para permitir que bajara primero una mujer ciega. Todos esperaron con paciencia. Observé cómo el mundo entero, al menos en ese breve instante, se acoplaba a la marcha lenta del funicular, y sentí --no sin sorpresa-- una nostalgia casi infantil, por las cosas pequeñas que, con Irene, nunca quedaban fuera de atención.

Fuera, la luz de Lisboa reverberaba, y tuve la certeza de que no escribiría aquella carta que llevaba días posponiendo. Subí la colina caminando; encontré la biblioteca casi sin querer. El portón de hierro estaba abierto, y al fondo del patio, tumbada en una silla, una anciana leía en voz alta a un hombre dormido, que jadeaba como si la literatura pudiera devolverle la respiración perdida.

Dejé mi maletín en la baldosa, saludé sin palabras, y esperé, rodeado de libros no catalogados, mientras desde alguna parte llegaba el rumor grave y metálico del funicular, descendiendo una colina que insistía en no acabar nunca, como los recuerdos que uno se esfuerza, en vano, por guardar en silencio.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Hay algo malo en casa
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Black Bird Academy: Amor a la muerte
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