Fragmento:
Un silencio se extendió en la sala. Las cartas, sí, esa promesa, aunque rara vez tuviera peso real. Siempre mensajes para otros: el alcalde, los dueños de tierra, algún indiano que se cree aún recordado. Para el resto, migajas.
Duración: 04:57
Aquella tarde la luz del crepúsculo, teñida de un matiz rojizo, se filtraba por las contraventanas polvorientas de la posada de doña Remedios, en la villa de Marvalde. Calles irregulares yermos de promesas y vidas, y en la taberna, un murmullo constante que sólo se interrumpía al arrastrar un banco o cuando la puerta, en su vano, dejaba relucir el perfil de algún conocido. Esta es la vida: hilos de rutina que entrelazan unas existencias pegajosas, sostenidas por la costumbre y la conveniencia, nunca por la esperanza.
Antonio Gancedo, cuarenta años mal vividos, sostenía su vaso con la dignidad de los vencidos. El aguardiente le lamía la garganta como un llamamiento al valor o a la resignación. Viudo hacía ocho inviernos, padre de un hijo tuerto por la viruela, y jornalero cuando había suerte, Antonio había aprendido que nada queda al fin más que el remordimiento, y una sed que no sacian ni las lluvias de marzo. Nadie en la villa guardaba sueños; a lo sumo, remiendos: en el alma y en el jubón.
El más anciano del lugar, don Primitivo, maestro jubilado, cabalgaba en las tardes lentas entre la grisura de su biblioteca y las sillas astilladas de la taberna, procurando aún un sentido a los días. Era su flor de lis, decían; el único entre todos capaz de recordar sin odio, de contemplar sin deseo lo irremediablemente perdido. Pero incluso él, en el fondo de su mirada, escondía un cansancio antiguo.
Esa tarde la llegada de Jacinta, la hija de la hospedera, encendió un breve rayo de inquietud en todos. Joven, cuerpo aún robusto de trabajo y privaciones, rostro hermosamente macilento y esa mirada resignada que sólo da el saber de antemano el precio de cada gracia y cada pecado. Traía en las manos el cesto del pan y en los ojos, el reflejo de todas las derrotas calladas de su linaje.
—Hoy han llegado cartas del casino —murmuró Jacinta al pasar frente a las mesas.
Un silencio se extendió en la sala. Las cartas, sí, esa promesa, aunque rara vez tuviera peso real. Siempre mensajes para otros: el alcalde, los dueños de tierra, algún indiano que se cree aún recordado. Para el resto, migajas.
En la esquina, el sacristán jugaba a las cartas con dos labriegos: promesas de suerte, de una felicidad que sólo conoce al iluso. Algún improperio flotaba bajo la música de las copas chocando. Antonio, en el centro, contemplaba el humo del aceite de la lámpara; pensaba en si debía volver a casa o esperar a que el niño se durmiera. Intuía el espesor de la noche que le aguardaba como un manto siniestro, hecho de resuellos y tosidos de pulmón podrido, de hambre a migas y miedo al frío.
La vieja doña Remedios se le acercó. De cara cruzada por surcos de mil inviernos y ojos agudos como aldabas de hierro.
—Antonio, ¿no cenarás hoy? —le preguntó, sabiendo la respuesta.
—Lo dejo para mejor ocasión, señora —respondió, encogiéndose de hombros.
La vida en Marvalde no ofrecía más. Las campanas del convento lejano sonaban a las ocho, recordando a todos la muerte y la vuelta al tajo. Jacinta, desde la puerta, vio pasar al doctor Varela, de gabán gastado pero dignidad intacta, mirar ausente, paso sereno. Venía del cementerio.
—Murió la Pascuala —anunció, sin drama; sólo constatando el hecho de otro sorbo de miseria.
Nadie se inmutó mucho, sólo un brevísimo minuto de silencio. No eran tiempos de duelo lujoso, ni de lágrimas por costumbre. Pronto volvería el tema al campo: la sequía, los precios del trigo, la bota raída.
Don Primitivo alzó la voz, como quien imparte un juicio más justo que la ley:
—En estos pueblos no muere nadie: nos van deshilando de a pocos.
Los asiduos asintieron. Afuera, el viento arrastraba polvo y una bravura antigua. Dentro, todo era igual. Horas después, cuando la oscuridad era densa, Jacinta recogía los platos, oyendo risas cansadas, confesiones a media voz, hondas, como augurios. Antonio salía al fin, encorvado, sintiéndose a la vez irremediable y diminuto.
Camino a casa cruzó a Marcelino, el alguacil, que volvía medio ebrio del lupanar clandestino. Apenas un saludo. Nadie pregunta nada: en la pobreza, cada secreto es moneda de cambio y todos están igualados por la penuria.
En el aire, la rutina pesa como una lápida. Y así cada día, cada noche, en Marvalde. Las cartas llegarían, sí, pero no serían para quienes aguardaban algo distinto. Nada saldría del casino que salvara a nadie de las mismas cuatro paredes ni del frío de la tapia húmeda.
La vida, al abrigo de la taberna, solo traía resignación y la modesta alegría de encontrarse, al menos, acompañados en la tristeza. La villa, a la luz mortecina de la luna, parecía dormir, pero sólo soñaba con seguir igual, resistiendo a la alegría como una afrenta mayor que las penas.
Y en la quietud de la aldea, bajo el eco lento de las campanas, el pueblo se recogía con la esperanza callada de que mañana, al menos, la miseria sería la de siempre.
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