Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Powerless (edición especial limitada)
La inspectora gitana
Portada del relato Las cartas que nunca abrí
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Fragmento:


El reloj de péndulo, que era casi el único sonido del silencio si no se contaba aquel murmullo sordo de la lluvia, marcó las cinco y media. Madame Fleury cerró los ojos un instante, percibiendo el aroma tenue de las gardenias que Lucienne, la criada, había renovado esa mañana en un jarrón de vidrio pulido. Un aroma que le traía memorias de otras épocas, cuando la casa se abría ruidosa con las carreras de dos hijos y la voz firme de monsieur Fleury ordenando el encendido del fuego o las lecturas de Proust al acabar la comida. Ahora no quedaba de esa alegría apenas sino el aire quieto de las habitaciones cerradas, y las cartas que recibía esporádicamente, tan breves y comedidas como su propia resignación.

Duración: 05:41

Las cartas que nunca abrí
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La tarde se había deslizado en la monotonía de la lluvia, que caía oblicua y persistente sobre los tejados de la pequeña ciudad. La casa entera parecía sumergida en una languidez tibia, mientras la luz, apenas contenida por los visillos color marfil, iluminaba de soslayo el salón donde madame Fleury continuaba su costumbre diaria: sentarse en el sillón bajo la ventana, un sillón heredado, tapizado de terciopelo deslucido en el que, desde hacía veinte años, ocupaba el mismo lugar, apenas doblando el ángulo de su cintura y ajustando las manos, pálidas y venosas, sobre la falda de luto. Nunca faltaba la tacita: una taza de porcelana azul, de boca fina y delicada, que, según decían en la familia, había pertenecido a una tía abuela venida a menos, y que ella prefería al resto de la vajilla modernizada.

El reloj de péndulo, que era casi el único sonido del silencio si no se contaba aquel murmullo sordo de la lluvia, marcó las cinco y media. Madame Fleury cerró los ojos un instante, percibiendo el aroma tenue de las gardenias que Lucienne, la criada, había renovado esa mañana en un jarrón de vidrio pulido. Un aroma que le traía memorias de otras épocas, cuando la casa se abría ruidosa con las carreras de dos hijos y la voz firme de monsieur Fleury ordenando el encendido del fuego o las lecturas de Proust al acabar la comida. Ahora no quedaba de esa alegría apenas sino el aire quieto de las habitaciones cerradas, y las cartas que recibía esporádicamente, tan breves y comedidas como su propia resignación.

A veces, cuando el viento hacía temblar la ventana, madame Fleury se preguntaba si no habría sido posible escoger distinto, si su vida no habría podido ensancharse por otros caminos. A decir verdad, su juventud había sido prometedora: hablaba inglés, tocaba con respeto el piano y conservaba, hasta los treinta años, una belleza discreta pero firme, de pómulos marcados y perfil elegante. Sin embargo, la prudencia, esa virtud celebrada por su madre y temida por sus hermanas, la llevó por las sendas más seguras. Se casó con un hombre correcto, amable, pero de una aridez sentimental contra la que nada pudo durante años. Esas caricias mecánicas, el tedio de las pequeñas conversaciones sobre la compra del día o la temperatura del invierno, habían sido la moneda de su vida marital.

Nunca le faltó el pan ni el abrigo, pero a veces le sobró, inmensamente, la soledad. Incluso en los momentos en que sus hijos crecían y el bullicio llenaba la casa, sentía una distancia oculta, un vacío que ni la lectura ni los buenos modales lograban colmar. La pasión, intuía, no era un lujo permitido para las mujeres sensatas: debía ser disimulada, reprimida, canalizada en tareas útiles. Guardaba, sin que nadie lo supiera, la carta de un antiguo pretendiente -un papel ya amarillento, escondido en una gaveta del secretaire-, en la que, con torpe pero auténtica ternura, le había propuesto huir a Italia, comenzar juntos una vida nueva. Nunca respondió.

La realidad ganaba terreno, como la humedad en la base de las paredes: cada día traía el mismo ritual de hábitos cuidadosamente ordenados, la misma inercia doméstica. Al ver las noticias en el periódico local, madame Fleury leía los progresos del ferrocarril, las nuevas leyes impulsadas por Paris, la apertura próxima de un cinematógrafo. Todo aquello parecía suceder en un mundo distante, hecho para las mujeres jóvenes que aún ignoraban el peso de la rutina. Ni siquiera la visita los domingos de su hija menor, con sus niños siempre mal peinados y la voz impaciente de quien imagina una vida mejor, lograba arrancarla de esa ensoñación leve, como si estuviera viendo su propia existencia a través de un velo.

Esa tarde, la lluvia arreciaba. Lucienne encendió las lámparas de aceite. El resplandor cálido dio un matiz dorado al pequeño retrato de monsieur Fleury, muerto hacía ya cinco años de una pulmonía tan discreta y ordenada como su carácter. Madame Fleury contempló el cuadro con distancia y se preguntó por qué no sentía ya ni tristeza ni alivio, solo un reconocimiento resignado de la certidumbre. Quizá la vida se reduce a esas compensaciones: se aprende a vivir en la sumisión suave, en ese ir apagando, uno a uno, los deseos y las esperanzas, hasta quedar, como una prenda bien doblada, ajustada al fondo del armario.

En la calle, todo era un charco, y algunos adoquines parecían flotar. Por la acera, arrastrando un carrito de ruedas desvencijadas, pasaba una anciana apostando las últimas monedas en lotería, bajo un paraguas perforado. Madame Fleury la miró con cierta compasión: a veces temía convertirse en una de esas mujeres invisibles, cuya vida se reduce a los ahorros de la pensión y a los intercambios de recetas mediocres. Luego pensó en la carta: podría, quizá, leerla de nuevo, releer la propuesta juvenil y dejarse llevar por la amargura, o tal vez inventar, por unos instantes, que la joven del papel era otra persona.

Pero el agua golpeaba la ventana cada vez con más fuerza. El vapor subía de la taza y empañaba suavemente el cristal. Lucienne anunció, desde la puerta, que la cena estaba servida. Madame Fleury se levantó con esfuerzo, acomodando la falda y colocando, sin mirar, la taza sobre el velador. Mientras cruzaba el salón, arrastrando sus pasos entre las alfombras raídas y los muebles que nadie movía, pensó que mañana sería igual, y el día siguiente, y así hasta quién sabe cuándo. Sin embargo, no sentía rabia ni angustia. Todo era lo que debía ser, y en ese acatamiento resignado, lento y sin heroísmo, se perpetuaba la vida, como la lluvia, que cae sin memoria, sin gloria, sobre los tejados, año tras año.

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