Fragmento:
La sala siempre tiene la luz prendida. Un fluorescente tímido, con las esquinas del techo invadidas de telarañas y moscas gordas que sobreviven a base de restos y costumbre. Todo está azulejado, pero debajo del blanco asoman vetas más oscuras, marcas que nunca terminan de borrarse. El jefe, don Emilio, dice que es la humedad.
Duración: 03:59
Nunca me acostumbro al olor de la sangre. En el matadero, dicen que después de un tiempo los sentidos se apagan, que el olfato se retira como un bicho temeroso y los ojos se quedan secos, pero no es mi caso. Cada mañana, cuando el fresco de la madrugada huele todavía a tierra mojada y eucaliptos, el olor toma un aire dulce y espesamente metálico que me revuelve el estómago. Se filtra en la piel y se agarra al aire, lo sientes en la boca durante horas.
Mi trabajo consiste en aturdir a los animales antes de que entren a la sala grande. Dicen que así sienten menos, que no hay sufrimiento real. Quizá eso, también, es una especie de consuelo para nosotros, los que no podemos dejar de mirar. A veces pienso que esa parte, la de evitar el sufrimiento, es peor. Hay una mentira que pesa más que la verdad.
La sala siempre tiene la luz prendida. Un fluorescente tímido, con las esquinas del techo invadidas de telarañas y moscas gordas que sobreviven a base de restos y costumbre. Todo está azulejado, pero debajo del blanco asoman vetas más oscuras, marcas que nunca terminan de borrarse. El jefe, don Emilio, dice que es la humedad.
Me tocaba esa mañana, porque el viejo Benítez estaba enfermo y sólo quedaban tres para hacer el sacrificio. Era jueves. En casa, cuando era niño, se rezaba los jueves y los domingos. Ahora, los jueves son para la sangre y los domingos para el silencio. En algún momento me cambiaron la religión.
El animal de turno, un ternero de ojos grandes y patas temblorosas, se resistía a entrar a la sala. Carlos, el más joven del grupo, tuvo que empujarlo con fuerza. Había algo en la mirada del ternero que recordaba la de mi hijo cuando tenía miedo a los perros del barrio. Un miedo tan limpio, tan claro, que por un segundo me hizo sentir frío en los nudillos.
“Vamos, rápido”, dijo don Emilio, apurando. El cuchillo estaba afilado, más corto que mi antebrazo, frío como un trozo de vidrio. Me temblaba la mano. Los primeros días temblaba más, ahora sólo un poco. De todos modos, noto el pequeño temblor mientras acerco el filo a la piel tensa.
Juro que, cada vez, hay un segundo en el que el tiempo se estira. No hay sonido. Ni las moscas zumban. El cuchillo pesa más, y la respiración del animal se hace montaña. En ese segundo, pienso que podría largarlo todo y marcharme. Pero entonces don Emilio da un golpe seco con la uña en la mesa y regreso.
La sangre siempre se abre paso con violencia, manchando el suelo de rojo. El primer chorro es el más fuerte, y después viene un goteo como de canilla rota. Es un trabajo limpio, si uno tiene pericia. Y si no la tiene, aprende rápido. No hay otra forma de sobrevivir aquí.
Al terminar, fui al lavabo. El agua no quita el olor, sólo lo esconde debajo de un perfume falso a cloro. Me miré las manos y pensé en mi mujer, que dice que me huelen aún en la cama, que ni el jabón ni las promesas sirven de nada. A veces creo que huelo así por dentro.
Salí al pasillo. Carlos ya estaba limpiando la sala. Una vez, me preguntó si me acostumbraría. “Uno siempre se acostumbra”, le dije. Mentira otra vez, pero las mentiras pequeñas también sostienen las paredes.
En la noche, al llegar a casa, mi hijo me preguntó por qué los animales tienen miedo. Traté de explicarle algo sobre la cadena alimenticia, sobre el destino, cosas que le hicieran dormir en paz. Mientras hablaba, miraba mis manos bajo la lámpara de la cocina, buscando restos imposibles de lavar.
Finalmente, cuando mi hijo estuvo dormido, bajé al patio y probé encender un cigarrillo. La brasa me hizo compañía durante un rato. Pensé en dejar el trabajo, pero mañana es viernes, y el viernes siempre hay más animales, más cuchillos y más segundos de silencio antes de la sangre. Como esos rituales de los que nadie habla pero que siempre se repiten. No le temo a la sangre, sino a los segundos de silencio, a la parte exacta en que me pregunto si la mentira ya es costumbre, y si en algún momento aprenderé, de verdad, a no temblar.
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