Fragmento:
Don Aurelio se detuvo bajo el balcón de la plaza. Observaba las luces y las sombras: la estatua del hombre ilustre, medio descascarillada, dividía la plaza en dos mitades desertadas. En la pensión de la esquina, se escuchaba el chirrido de una silla y la voz de una anciana regañando a su nieto invisible. Cruzó una muchacha desconocida, apretando los labios, con paso apresurado y rostro de fatiga; Aurelio pensó, no sin ironía amarga, que todos en aquel barrio cruzaban la vida así, apretando los labios y el paso, siempre con prisa para ir a ninguna parte.
Duración: 06:02
Era ya avanzada la tarde, cuando la plaza comenzaba a vaciarse, y sólo los faroles aguardaban levantando su débil penacho de luz, tembloroso sobre los adoquines pulidos y viejos. Don Aurelio salió del Café Universal con el sombrero ladeado y una leve arruga de fastidio entre el ceño. La brisa desordenaba, como jugando, los pliegues de su gabán gris. Caminaba despacio, sentía en los huesos el cansancio de otro día más, igual al anterior, idéntico al siguiente.
En la acera de enfrente, Doña Rosa vigilaba el devenir de la calle desde el estrecho hueco de su ventana. Tenía las manos nerviosas, manchadas de lunares y de años; apretaba un pañuelo encogido entre sus dedos, mientras miraba. Observaba cómo algún vecino se detenía a murmurar, a ajustar un capote o despedirse con un gesto breve y resignado. No era la vigilancia de la curiosidad, sino la de la costumbre feroz: conocía cada sombra, cada paso, cada escala de voz que la ciudad repetía mecánicamente, sin gracia ni misterio.
A lo lejos, en el zaguán de la botica, el joven Ortiz encendía la candileja y disponía las cajas de medicinas con orden obsesivo. Siempre igual, cada tarde y cada noche, alineando frascos y paquetes, espiando los reflejos de la lámpara en los mármoles ajados del mostrador. Desde que murió su padre, Ortiz no hacía otra cosa: levantar la tranca de hierro, limpiar los estantes, poner orden porque el desorden, sospechaba, llamaba a la tragedia. Le agobiaba aquel silencio de la botica, interrumpido sólo por las campanillas de alguna puerta y la tos de algún viejo. La monotonía, sin embargo, era también imborrable salvación.
En la calle, la vida se sucedía en rutinas menudas: la vieja Clotilde salía del portal con el cesto bajo el brazo, recogiendo los últimos bollos aún calientes de la tahona; dos chiquillos de la casa grande jugaban a lanzarse bolas de polvo bajo un carro detenido; por la esquina, el sereno se quitaba el sombrero ante don Gumersindo, que arrastraba un portafolios desbordado de papeles y secretas humillaciones. Un aroma tibio a pan, a lumbre y a cansancio impregnaba el aire.
Don Aurelio se detuvo bajo el balcón de la plaza. Observaba las luces y las sombras: la estatua del hombre ilustre, medio descascarillada, dividía la plaza en dos mitades desertadas. En la pensión de la esquina, se escuchaba el chirrido de una silla y la voz de una anciana regañando a su nieto invisible. Cruzó una muchacha desconocida, apretando los labios, con paso apresurado y rostro de fatiga; Aurelio pensó, no sin ironía amarga, que todos en aquel barrio cruzaban la vida así, apretando los labios y el paso, siempre con prisa para ir a ninguna parte.
De pronto reconoció a Doña Rosa, que una vez más asomó la cabeza, como temiendo perderse la llegada de algún raro suceso que, él lo sabía, nunca ocurría. Decidió acercarse despacio, como quien desafía la propia costumbre con un gesto casi revolucionario. Ella, al verle, entreabrió la ventana, con la sonrisa de quien confía en la repetición como único consuelo posible. Se saludaron con un ademán breve; el silencio entre ellos era un antiguo refugio de palabras que se conocieron demasiado y se volvieron inútiles.
“Hoy la tarde está lenta”, murmuró Doña Rosa, mirando hacia el suelo.
“Todas lo están, señora. Lentas y pesadas como este cielo bajo”, respondió Aurelio.
Callaron. Cada silencio de la plaza tenía su propio nombre, su propio tiempo. Desde arriba llegaba la risilla de los muchachos que se colaban por el tejado del convento; desde abajo, el martilleo metódico y tardo de una zapatería.
“El hijo de Pepa no volvió”, dijo Doña Rosa en voz baja, casi sin quererlo.
Aurelio asintió. En el barrio, abandonar la casa era peor que una tragedia: era una acción impensable, un acto de vergüenza pública. Nadie se lo perdonaba, ni siquiera quienes lo anhelaban en el fondo de sí mismos. “Dicen que se fue a la capital”, añadió ella, “pero todo el mundo sabe que esa ciudad traga y no devuelve nada”.
Otra vez el silencio. La plaza parecía cerrarse sobre sí misma, como si el tiempo fuera un animal domesticado que sólo les permitía posibles, nunca sorpresas.
Sobre el banco de hierro, junto a la fuente, la tía Ramira abría una bolsa de castañas y repartía puñados tibios a tres niños, que la miraban con los ojos ardientes, sabiendo que pronto serían mayores y replicarían aquellos mismos gestos, en un futuro igual al pasado.
Doña Rosa dejó caer la mirada sobre sus manos finas, encogidas. “Mañana vendrá el trapero”, musitó con resignación, “trae noticias frescas, aunque sean de andrajos y ausencias”.
Don Aurelio miró hacia el poniente, por donde la última claridad jugaba a desaparecer tras los tejados húmedos. El barrio era un tapiz de rostros gastados, de murmullos a media voz, de vidas diminutas e implacables que se repetían sin énfasis ni espectáculo. El realismo no era en aquellos lugares una estética, sino una condena y una costumbre.
Entonces, despidiéndose con un leve movimiento de sombrero, fue alejándose otra vez por la plaza vacía. Ya no había diferencia entre las sombras y la luz, como no la había entre la esperanza y la costumbre. Bajó los escalones, oyendo aún, en la memoria, el sonido fenomenalmente pequeño de la vida: una carrera infantil, un bostezo, una promesa incumplida.
En la ventana, Doña Rosa cerró la cortina. Apagó la lámpara, pensando que mañana la tarde sería idéntica, y que el máximo de esperanza cabía en el gesto metódico de encender la luz o vigilar la calle. Las horas cansadas avanzaban con la certeza de un péndulo inclemente, y nadie pedía a la vida, en aquel rincón, ni menos ni más de lo que la rutina podía conceder. Y así pasó ese día, igual que los otros, como un eco que se apaga despacio en medio de rostros serios, sueños pequeños y una plaza antigua donde la vida, quieta y tenaz, se empeñaba en latir a pesar de todo.
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