De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Novela El calendario del amor
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La inspectora gitana
La chica del lago
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato Rutina en la mesa de formica
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Fragmento:


La vecina del tercero, Madame Lefèvre, grita cada tanto a sus hijos, y esos gritos se cuelan en mi cocina y en la soporífera modorra de la siesta. Pienso a menudo si en sus gritos hay una súplica o una derrota. Las paredes de los apartamentos parecen demasiado delgadas para el peso de las historias que nos sostienen. Veo la calle desde mi ventana: la acera desgastada, el coche siempre mal aparcado junto al contenedor, el niño de la bici roja que da vueltas, a veces solo, otras con su hermana menor pegada a la rueda trasera. El padre del chico, una figura que apenas saludo cuando coincidimos bajando la basura, fuma en la esquina cada tarde, los hombros hundidos hacia dentro como si custodiara algún secreto pequeño e importante.

Duración: 05:18

Rutina en la mesa de formica
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Debo hablar de los detalles, porque es ahí donde se encuentra la verdad. Por ejemplo, en la manera en que el sol, a eso de las tres de la tarde, cae con una excesiva nitidez sobre la mesa de formica blanca de la cocina, las motas de polvo flotando en el aire como si se tratara de un espectáculo deliberado, hermoso y vulgar al mismo tiempo. Mi taza, la azul desvaída, seguía justo en el lugar donde la dejé después de la comida. Antes, mi madre solía decir que podía adivinar en el vesteo del azúcar colmado en el fondo quién había sido el último en beber. Hoy en día, el azúcar se pega solo a mis labios, no hay nadie para leer las señales.

Vivo sola desde hace diecisiete años, por decisión propia. Aunque, si soy honesta, no sé si en la última discusión con quien entonces compartía las noches, decidí quedarme o si me fui, ni siquiera si fue una ruptura o una larga deserción. Los días aquí transcurren bajo la sutil disciplina de lo cotidiano: las compras en la tienda del barrio, el saludo superficial al panadero, la manera en que el cartón de leche se queda abierto bajo mi descuido, una y otra vez. La radio anuncia la hora cada quince minutos; yo la escucho como quien se aferra a una cuerda que bordea el abismo.

La vecina del tercero, Madame Lefèvre, grita cada tanto a sus hijos, y esos gritos se cuelan en mi cocina y en la soporífera modorra de la siesta. Pienso a menudo si en sus gritos hay una súplica o una derrota. Las paredes de los apartamentos parecen demasiado delgadas para el peso de las historias que nos sostienen. Veo la calle desde mi ventana: la acera desgastada, el coche siempre mal aparcado junto al contenedor, el niño de la bici roja que da vueltas, a veces solo, otras con su hermana menor pegada a la rueda trasera. El padre del chico, una figura que apenas saludo cuando coincidimos bajando la basura, fuma en la esquina cada tarde, los hombros hundidos hacia dentro como si custodiara algún secreto pequeño e importante.

En la tienda, los productos rotan con la temporada. Hay fresas en abril, que nunca compro porque me parecen un lujo, y manzanas todo el año. La cajera, una muchacha de cejas gruesas y una sonrisa siempre cansada, ya no me pregunta si encontré todo, sólo repite la cifra exacta, “seis con setenta y cinco”, como si fuera un conjuro para sostener la rutina. Guardando el cambio, pienso a veces que la vida no es una colección de grandes acontecimientos, sino el eco persistente de los nombres repetidos sin interés, las mismas calles recorridas en bucle, las mismas manos que arrugan los billetes.

Mi hermana llama puntualmente los miércoles. Su conversación está hecha de silencios, frases entrecortadas sobre su trabajo, los nietos que no tengo, las recetas que podría probar. Siento, mientras ella habla, que se extiende entre nosotras una red de hilos viejos, invisibles, que no se rompen aunque ya no nos sostienen como antes. Nos reímos un poco, pero siempre del pasado, de las cosas que ya no asustan ni duelen, como si el presente fuera un espacio neutral, una sala de espera interminable.

Por las noches, la televisión me acompaña con documentales o debates políticos: mujeres hablando de reformas necesarias, hombres acalorados por cifras que yo jamás podré comprender del todo. Hay algo irreal en la pasión de esos desconocidos, mientras aquí los minutos pesan, a veces como plomo, a veces como plumas que no cuentan realmente en el reloj. Hago una infusión; me gusta ver cómo la bolsa libera su color, lenta, inevitable, en el agua hirviendo. La observo casi hipnotizada, como si el universo entero pudiera resumirse en ese pequeño cambio de tonalidad, esa transformación modesta y callada.

Al acostarme, la lámpara queda encendida un buen rato. Leo novelas de mujeres, historias de vidas que se me asemejan o, en ocasiones, todo lo contrario. El libro, a veces, cae de mis manos y queda abierto sobre la colcha, una grieta de palabras marcando la noche. No sueño mucho, o si sueño, no lo recuerdo. Despierto con el leve rumor de la ciudad que arranca otra vez, como una maquinaria cansada pero constante. El ciclo se repite, idéntico y único a la vez.

A veces me pregunto si esta es la vida que realmente elegí, o si fue simplemente la que vino quedando, despoblada poco a poco de grandes gestos y palabras definitivas. Pienso que quizá todos los relatos verdaderos sean, finalmente, una sucesión de escenas sencillas: la cuchara golpeando contra la taza, el zumbido del frigorífico, la luz de la tarde dibujando geometrías en las paredes. El pasado se cuela a veces en recuerdos inesperados: la mano pequeña de mi hijo en mi muñeca, antes de irse para siempre. No pienso en ello demasiado, sólo cuando escucho, allá afuera, las risas de otros niños, y vuelvo a mirar por la ventana como si pudiera recuperar algo en ese reflejo. Pero el cristal solo me devuelve mi propia imagen, más vieja, más serena, tal vez más real.

Mañana, otra vez, a las tres de la tarde, el sol se posará sobre la mesa de formica, las motas de polvo bailarán indiferentes. Y yo, con mi taza azul, el azúcar aferrándose al fondo, sabré que la vida, sin adornos, sin excesos, ocurre justamente así: en la obstinación de los días iguales, en la humilde verdad de las cosas que permanecen donde las dejamos.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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