Fragmento:
La ciudad, en esas horas, parecía una gran boca abierta, tragando los pasos y pensamientos de sus habitantes, confundiéndolos tras siluetas difusas, donde los trajes raídos de los pobres competían en dignidad perdida con la arrogancia vacía de los comerciantes adinerados. Julien apuró el paso, esquivando algún charco flamígero de reflejos, pero no por prisa, sino por huir de la sensación de estar observado, siempre observado, por cierto vigilante invisible cuyo juicio, pensaba él, se cernía sobre todo aquel que dudaba de su propia pertenencia a la urbe.
Duración: 04:34
Eran las seis y media cuando Julien dejó detrás el café, aquel enjambre de murmullos y cuchicheos recalentados por la atmósfera invernal y el humo de las pipas. Sentía la chaqueta empapada de olores; bastaba caminar unos pasos por el bulevar Saint-Germain para que la humedad de la tarde y el griterío desigual de los vendedores ambulantes reemplazaran la asfixia dulzona del local por una aspereza no menos incómoda. Pero él prefería este mundo exterior, tan pronto como abandonaba la penumbra dorada de los gasómetros berreando desde los rincones.
La ciudad, en esas horas, parecía una gran boca abierta, tragando los pasos y pensamientos de sus habitantes, confundiéndolos tras siluetas difusas, donde los trajes raídos de los pobres competían en dignidad perdida con la arrogancia vacía de los comerciantes adinerados. Julien apuró el paso, esquivando algún charco flamígero de reflejos, pero no por prisa, sino por huir de la sensación de estar observado, siempre observado, por cierto vigilante invisible cuyo juicio, pensaba él, se cernía sobre todo aquel que dudaba de su propia pertenencia a la urbe.
No tenía intención de volver inmediatamente a casa. Allí le esperaban los reproches envueltos en preguntas anodinas, la mirada de su esposa, tan agotada por la economía doméstica como por lo que ella consideraba la costumbre de él de evadirse en la vaguedad informe de los cafés. Se preguntaba si alguna vez había sentido pasión por ese matrimonio, o si fue más bien un fruto de las necesidades, los apremios del tiempo aquel en que, joven tipógrafo, no había dinero en la mesa ni ventanas a la esperanza.
Pero la costumbre era un abrigo cálido y pesado. Así también se había dejado envolver por sus jornadas en la imprenta —siempre iguales, siempre libres de epifanías— donde la vida de los otros, contenida en columnas, titulares y anuncios pequeños junto al margen, le pesaba más que la suya, casi invisible entre tanto papel. ¿No era también un personaje menor en la novela de la ciudad? Las palabras de los periódicos se le mezclaban en la cabeza durante horas: guerra en Crimea, subida del pan, rey enfermo, crimen en Montmartre… Nada de aquello lo rozaba, salvo la incómoda certidumbre de que, tras la noticia, se encontraba un hombre cualquiera, una mujer cualquiera, con su precoz hastío y la resignación cansina de todos los días.
Había encontrado pequeño alivio en Charlotte, la asistente del establecimiento. Ella le regaló una atención inquieta —un roce de dedos al entregar el cambio, una sonrisa demasiado vasta para el modesto chiste— y Julien sintió, en ese primer roce, el peso de todos sus años por venir. Le llenaba de una alegría peligrosa, casi mecánica, saberse deseado, creerse especial allí donde sólo buscaba compañía amarga y anodina. Sin embargo, no se engañaba: al cruzar esas puertas volvía a ser el mismo peón, trenzando rutinas en el telar de la ciudad.
De pronto, frente a las vitrinas de una librería, se detuvo. El reflejo opaco de su rostro en el vidrio le devolvía cierta tristeza impersonal. Era un hombre cuya vida podía describirse en tres líneas: trabajó, se casó, anduvo muchos atardeceres, dejó sin decir algo a alguien que importaba. La perspectiva del futuro —el mismo empleo, las mismas calles, el mismo cansancio— le pareció de una asfixia tan grande que sintió la urgencia de su propia irrealidad: ¿no sería posible cambiar la disposición de las cosas, deslizarse fuera de la trama escrita?
Pero la rutina se impuso. Una tos seca del librero lo devolvió a la acera. Julien ajustó el abrigo y reemprendió la marcha; los adoquines, cubiertos por un manto de boina y humo, fosforecían con las primeras lámparas. No pensaba en Charlotte, ni en su esposa, ni en el capataz al que mañana vería de nuevo. Pensaba solamente en esa sensación opaca de estar viviendo no su propia vida, sino la vida de la ciudad. Sintió entonces nacer en su vientre un cansancio tan físico, tan universal, que lo hizo sentarse en un banco, apartando la mirada de los que pasaban.
A su lado, una anciana recogía colillas con una parsimonia infinita, ajena a la indiferencia general. Julien sintió que podría haber sido él mismo, o su esposa, o Charlotte, o cualquiera. Entendió entonces, con una claridad dolorosa, que nadie era especial, que las pequeñas tragedias y las ínfimas felicidades compartidas eran gotas en el río inmenso, indiferente, de la existencia común. Apretó con fuerza el abrigo contra el pecho, procurando encontrar en el calor residual algún sentido que justificara levantarse y continuar.
Esa noche, al volver a casa, su esposa le recibió con la cena servida. Apenas se dijeron palabras. Al acostarse, se preguntaron al mismo tiempo, en silencio, si aquel día había sido distinto a los otros, si el corazón, en los trayectos anodinos que traza el deber, podría alguna vez, por mera casualidad, desviarse hacia otra ribera. El sueño llegó, pesado y denso como la niebla de París. Afuera, la ciudad seguía devorando sus propias sombras, insaciable, indiferente, esperando el paso siguiente de Julien y de todos los demás.
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