Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Portada del relato El eco de la vajilla
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Fragmento:


Madame Durel tenía cuarenta y cuatro años. Ni joven ni vieja. Eso pensaban todos los que la miraban en la misa de las once, bajo la toca recatada pero no sombría, con ese modo preciso de inclinarse ante el altar mayor. Sonreía poco, mas nunca estaba triste. Su vida estaba hecha de gestos menudos: atizar el fuego, zurcir las medias de su esposo, doblar las sábanas, contar el dinero lentamente el lunes por la mañana, pálida liturgia doméstica que para ella revestía una importancia secreta.

Duración: 05:46

El eco de la vajilla
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El sol declinaba lentamente sobre la calle estrecha y anodina, donde los días parecían deslizarse unos sobre otros con una pesadez de siglos. El pavimento, endurecido por las huellas de los habitantes, devolvía la luz de una tarde de junio con la indiferencia de un servidor prolongando la rutina. A través de los postigos entreabiertos, Madame Durel contemplaba el exterior, como si su mirada, por su mera insistencia, pudiera hacer florecer el mundo. Atrás quedaban las risas de la infancia y la promesa del matrimonio. Ahora, en la penumbra de una sala donde reinaba el olor a vela consumida y agua vieja de florero, solo restaba el rumor amortiguado de los pasos en la escalera vecina y el crujido ocasional de la madera humedecida.

Madame Durel tenía cuarenta y cuatro años. Ni joven ni vieja. Eso pensaban todos los que la miraban en la misa de las once, bajo la toca recatada pero no sombría, con ese modo preciso de inclinarse ante el altar mayor. Sonreía poco, mas nunca estaba triste. Su vida estaba hecha de gestos menudos: atizar el fuego, zurcir las medias de su esposo, doblar las sábanas, contar el dinero lentamente el lunes por la mañana, pálida liturgia doméstica que para ella revestía una importancia secreta.

Detrás de la apariencia tranquila, arrullada por la regularidad de las campanadas del reloj, palpitaba un malestar sutil. No era la pobreza, aunque los Durel vivían con una sobriedad rozando la avaricia; ni el hastío, porque renunciar a lo inalcanzable era una costumbre aprendida con la edad. El malestar nacía de las noches y del silencio, de la consciencia de los minutos y las horas, de la sumisión a una vida ya definida antes de entenderla. De niña, su padre le había hablado del deber y de la resignación, de la conveniencia y de la virtud. Ahora, la virtud era una cortina descorrida cada día sin esperanza de una ventana diferente.

Su marido, Monsieur Durel, pertenecía a esa especie de hombres formados por la constancia. Era escribiente en la oficina de Correos y llevaba registrado en su espíritu el exacto conteo de los días. Amaba a su esposa con la fe anónima del que ama el hábito. No era cruel, tampoco era tierno. Le traía, los sábados, una docena de violetas, siempre a la misma hora, igual peso de pétalos y tallos, igual moneda salida del mismo bolsillo. Al depositarlas sobre la mesa, el ademán era mecánico, privado de ternura o de interés. Madame Durel respondía con una sonrisa tenue, y juntas, sonrisa y flores, eran tragadas por la grisura de la estancia.

Había, sin embargo, un joven vecino. Se llamaba François Morel y daba clases de latín en la escuela de Rue du Pont. Al final de la tarde pasaba bajo las ventanas de los Durel, y más de una vez había levantado la vista, sorprendido tal vez por la silueta inamovible, semivelada por las cortinas. En sus ojos asomaba el brillo vago de la curiosidad, nunca la insolencia. Una vez, al cruzarse en el mercado, François saludó con un movimiento de cabeza: Madame Durel se sonrojó. No fue un rubor de deseo, sino de súbita consciencia. Un vértigo. Al regresar a casa, tuvo que sentarse un instante antes de subir los escalones.

Mientras tanto, la ciudad seguía respirando sus ritos minúsculos. El carnicero cerraba la puerta ruidosamente a las siete y media. Las lavanderas bajaban al Sena con sus cestos, entre risas de agua. Madame Durel veía la vida como un teatro detrás de los cristales. Sentía el anhelo de una palabra distinta, de una conversación no atada al precio de la mantequilla o la rebaja en el carbón. Pero el instinto de la costumbre era más fuerte: siempre terminaba tendiendo la colcha y alisando con los dedos las arrugas del tapiz.

A veces, por la noche, evocaba sin querer los días del convento, ‘cuando el porvenir era aún una pregunta’. Recordaba la tos lejana de las internas, la voz de la madre superiora, la promesa velada de una felicidad sin rostro. Luego había llegado el matrimonio, la instalación discreta en la casita de Rue Saint-André, la repetición de los años. El tiempo no cambiaba nada; solo erosionaba lo superfluo y expandía la blancura de las paredes.

Una tarde lluviosa, François Morel se presentó en la puerta con un libro olvidado, pretexto frágil y transparente. Madame Durel le recibió en el zaguán. Él, nervioso, agitaba el sombrero. Ella notó sus labios temblorosos y sintió en el pecho una ola tibia, que la alarmó y halagó a la vez. Hablaron largamente. De libros, de la ciudad, del año que pasaba. La conversación fue fresca, inofensiva, hecha de frases cortas y miradas furtivas. Al despedirse, un relámpago desgarró las nubes, y Madame Durel pensó que la luz era nueva. Como si la lámpara interior se hubiese encendido después de muchos años de abandono.

La vida retomó su curso, pero desde entonces el aire le parecía distinto, más ligero. Extrañaba la próxima conversación, sin esperanza ni proyecto: solo el deseo de verse reflejada en otros ojos. En la soledad de su alcoba, oyendo las gotas contra el cristal, Madame Durel no pensaba en traicionar a nadie, ni en dejar nada atrás. Solo quería sentir un instante, uno solo, que la vida era suya, como lo fue para la niña que corría por el jardín de su padre.

Pero la rutina es una bestia poderosa. Los días siguieron tejiendo su tela, entre escamas de tedio y pequeños sobresaltos. Madame Durel envejecía despacio, entre el mantel blanco y los ecos del reloj de pared. Desde fuera, nadie hubiera dicho que en ella latía el tumulto callado de una vida contenida; pero tras los vidrios, la soledad de Rouen era menos absoluta, y el corazón encontraba, a veces, un pretexto para recordar que, aún en la sombra, hay ocasiones en que la realidad titubea.

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