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Portada del relato Las sirenas de la casa Ocho
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Fragmento:


La primera vez que Clara sintió el eco fue en mitad de una tarde silente, justo cuando la sombra del sauce tocaba por fin el umbral de la cocina. El eco venía de uno de los tarros de miel, pero no era ni zumbido ni canto; era apenas una respiración tenue, como si una criatura diminuta hubiese hallado refugio bajo la tapa de cerámica con la inscripción azul. Clara, acostumbrada a los enigmas de una casa vieja y llena de recuerdos flotantes, no pensó en fantasmas ni musarañas, sino en la posibilidad de que aquel eco fuera un hilo suelto del universo.

Duración: 04:47

Las sirenas de la casa Ocho
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La primera vez que Clara sintió el eco fue en mitad de una tarde silente, justo cuando la sombra del sauce tocaba por fin el umbral de la cocina. El eco venía de uno de los tarros de miel, pero no era ni zumbido ni canto; era apenas una respiración tenue, como si una criatura diminuta hubiese hallado refugio bajo la tapa de cerámica con la inscripción azul. Clara, acostumbrada a los enigmas de una casa vieja y llena de recuerdos flotantes, no pensó en fantasmas ni musarañas, sino en la posibilidad de que aquel eco fuera un hilo suelto del universo.

Esa tarde, los relojes avanzaron con la docilidad de la manteca en días calurosos. Fue por eso que pudo sentarse largo rato a escuchar el eco, hasta que su hija Lucía regresó del colegio. Lucía traía siempre vientos nuevos, palabras con vértigo que colmaban las habitaciones hasta expulsar cualquier otro sonido, y sin embargo, al pasar junto a Clara esa tarde, detuvo el paso. "¿Lo oís también, mamá?", preguntó, y entonces ambas se quedaron calladas, asegurándose mutuamente que no era una ilusión solitaria.

El eco, dijeron después, tenía aroma de ciruelas fermentadas y el color del dorso de un mirlo cuando canta a la tarde moribunda. Por eso Clara y Lucía supieron que era alegría lo que habitaba en el tarro, y no pena. Cumplieron el rito de abrir la tapa solo una grieta, suficientes para que aquel destello se colara, y vieron—o creyeron ver—una hebra de luz girando sobre sí misma, como si bailara una danza para nadie. El rumor desapareció en seguida, dejando en el aire promesa de otro encuentro.

En esa casa, las cosas nunca se despedían. Había caracoles que aparecían en el cajón de los cubiertos y luego volvían, años más tarde, convertidos en botones de abrigos ajenos; telarañas que amanecían pulcramente tejidas en el centro de un libro muy leído, y una sucesión de llaves para cerraduras inexistentes. Inés, la abuela, decía que eso ocurría porque la casa era de las que sueñan y nunca terminan de despertar. Cuando una cosa desaparecía era porque otra necesitaba materializarse—ni una más, ni una menos.

Durante un invierno especialmente largo, Clara descubrió que si cantaba muy bajito mientras pelaba naranjas, la cáscara se enrollaba sola como un pergamino y, al llegar la noche, la casa se cubría con una leve escarcha de azahares invisibles. Lucía, por su parte, notaba con una mezcla de asombro y resignación que en sus cuadernos los dibujos a veces se movían solos de página, anhelando reunirse en escenas distintas, disputándose el protagonismo, o simplemente intentando cambiar el final.

Una noche, Lucía soñó con la vecina ausente. La señora Rosalía se había mudado hacía dos años, pero seguía enviando cartas —en blanco— insertadas entre las mandarinas que traía el cartero. En el sueño, Rosalía le enseñaba a leer el reverso de las cartas, donde, en la pelusa blanca de la fruta, estaban escritos diminutos versos para gatos, promesas para que la tristeza se duermiera cinco minutos antes que el cansancio. Al despertar, Lucía encontró una mandarina pelada perfectamente, con la palabra "gracias" inscrita en el jugo.

Cuando las primeras lluvias quebraron el verano, la casa se llenó de visitantes. Los caracoles regresaron a los cubiertos; las llaves mudas tintineaban sobre la mesa de noche. Por entonces, el eco del tarro de miel se trasladó despacio hasta la habitación de los recuerdos, ese cuartito pequeño donde se guardaban fotos de bodas ajenas, cartas de amor sin remitente y juguetes olvidados. A veces —solo a veces— podía oírse una sinfonía muy baja, nacida quizá de los cubos de hielo derretidos en vasos antiguos, donde se mezclaban voces que la casa no olvidaba.

Clara aprendió a dejar una cuña de pan junto a la ventana, como hacía su madre. Lucía, todavía niña pero ya con la certidumbre de quien ha visto la hebra de luz danzando entre la miel, sabía que había que mirar por la ventana en las noches de niebla. En la penumbra, las ventanas de la casa Ocho jamás dormían con los ojos cerrados. Parpadeaban, titilaban, esperaban. Y, mientras tanto, en la sala, una nevada tomaba forma en el techo cuando todos creían que solo transcurría un capítulo más de una noche común.

Nadie quiso nunca precisar cuándo comenzó todo aquello. ¿Fue cuando el padre marchó dejando solo el olor a leña? ¿La tarde en que encontraron el retrato de la tía Martina que nunca existió en realidad? Poco importa. Habían entendido que la vida en la casa era una cuerda tendida entre el milagro y el desacuerdo, y que, cada tanto, algún objeto, rumor o criatura pequeña les recordaría que, en la realidad más minuciosa, contenida en la quietud de los objetos y las marcas en la madera, la magia decidía quedarse a vivir para siempre.

El eco regresó meses después a la cocina la mañana en que Lucía aprendió a preparar café. Traía consigo el sollozo humilde del agua cuando toca el pan y las historias de todas las generaciones que nunca dejaron esa casa. Y ambas supieron, sin decirse nada, que no necesitaban buscarle explicación. Lo importante, como anotó una vez una mano desconocida en la pared junto al reloj que nunca funcionaba, era saber escuchar cuando la vida hablaba bajito, y miraba, de vez en cuando, a través de los ojos entreabiertos de una ventana que no aprendió del todo a cerrarse.

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