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Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Portada del relato Donde dormían las cuchillas
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Fragmento:


La primera vez que Dorotea vio a su marido caminar por el techo, pensó que era sueño. De esos que llegan justo antes del amanecer, cuando el cuerpo está caliente bajo las mantas y la conciencia resbala fácil. Pero era mediodía, y ella estaba pelando una zanahoria. El cuchillo le tembló en la mano, y levantó los ojos por encima del marco de la puerta: ahí estaba Rodolfo, con los brazos extendidos, balanceando el peso como una cuerda floja invisible. La camisa le colgaba como una cortina y el pantalón, lo mismo que usó para dormir, bailaba alrededor de las pantorrillas.

Duración: 04:44

Donde dormían las cuchillas
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La primera vez que Dorotea vio a su marido caminar por el techo, pensó que era sueño. De esos que llegan justo antes del amanecer, cuando el cuerpo está caliente bajo las mantas y la conciencia resbala fácil. Pero era mediodía, y ella estaba pelando una zanahoria. El cuchillo le tembló en la mano, y levantó los ojos por encima del marco de la puerta: ahí estaba Rodolfo, con los brazos extendidos, balanceando el peso como una cuerda floja invisible. La camisa le colgaba como una cortina y el pantalón, lo mismo que usó para dormir, bailaba alrededor de las pantorrillas.

No sabía cuánto debía durar esa visión ni siquiera si debía gritarle, pero de pronto Rodolfo bajó de un salto al suelo y miró la mesa, en busca del pan. “¿Qué haces?”, fue lo único que atinó a preguntar ella. Él se encogió de hombros, y se sentó.

A partir de esa tarde, los pasos sobre el techo comenzaron a oírse casi a diario. Eran pasos de verdad, de carne, con el rechinar de la madera y, a veces, con la desazón de los clavos sueltos. No era posible que nadie más estuviera en la casa: sólo ellos dos y, en ciertas tardes, la madre de Dorotea, tan vieja que ni se levantaba de la silla. Rodolfo algunas noches se sentaba a la mesa, callado, con olor a polvo en la ropa y el cabello revuelto de yeso.

Dorotea dejó de preguntarle. Aprendió, simplemente, a captar el momento en que él desaparecía y luego regresaba, empapado de un silencio extraño. Se decía a sí misma: “Todos tenemos un lugar para ir” y entonces apretaba el cuchillo otra vez sobre las zanahorias; las cortaba en rodajas, como si pelando las cosas pudiera recordar cómo era no tener preguntas.

La madre empeoró. Pedían que la visitara el médico del pueblo, que era joven y siempre llevaba la corbata torcida. El médico escuchaba los pulmones de la madre entre comentarios del clima y cosas sobre el río, pero nunca preguntaba por los sonidos en el techo. Los vecinos sí: “Tienen ratones grandes”, murmuraban a veces, “eso pasa si uno no pone veneno de vez en cuando”.

Una noche Dorotea se atrevió a preguntar. Rodolfo fregaba un plato bajo el grifo. Ella le puso la mano suavemente sobre el hombro. “¿Es muy alto allá arriba?”, susurró. Él se volteó despacio, como si comprendiera que había llegado el momento. “Depende”, dijo. “A veces no tiene fondo y a veces sí. Sólo camino, no sé hacia dónde”. No dijo más y volvió al fregadero.

La madre murió una mañana. Hacía frío, mucho más del habitual, y la escarcha punzaba las esquinas de la ventana. Nadie en el pueblo se sorprendió; la vida fluía con los rígidos ritos del campo. Todo era igual, pero en Dorotea algo cambió, como si el espacio de la madre ahora pesara sobre la mesa, sobre las alfombras, en las cucharas.

Desde entonces, Rodolfo comenzó a flotar. Al principio, sólo eran las huellas en el polvillo de la antesala; luego la ausencia física, los zapatos que no encontraba, el vaso de agua que amanecía lleno junto a la cama. Una madrugada, al volverse, Dorotea se despertó a tiempo para verlo elevarse unos dedos sobre la almohada. Fue tan suave que ni el colchón crujió.

Recordó las historias de su abuela: mujeres convertidas en pájaros, gatos que lloran como niños, espejos que reflejan otros mundos. Pensó si todo eso sería una especie de maldición.

Alguien del pueblo le aconsejó: “Es mejor no mirar arriba. Deja los misterios en su sitio, como las baldosas sueltas o la sombra de las higueras”. Pero Dorotea encontró que no podía. Renunció a intentar retener lo inexplicable, a atar las cosas con preguntas.

Su cama comenzó a crujir de manera distinta. Las noches, antes muertas, palpitaban. Un martes cualquiera, Rodolfo no bajó. Ella subió por la escalera, con la linterna encendida, pero sólo encontró huellas de pies desnudos y, en la esquina, una cuchara torcida. Como si el techo se lo hubiera tragado. Durante el resto de la semana, se mantuvo pegada al suelo.

De vez en cuando, los cuchillos desaparecían de la cocina y volvían al día siguiente, con el filo más brillante. El pan amanecía cortado perfectamente, de una manera que ella sospechaba no le era posible lograr, ni aún en sus mejores días. Dorotea entonces salía al patio, miraba hacia el techo y pensaba en voz baja: “No hay techo suficiente para los que buscan otra manera de caminar el mundo”.

Pasaron los años. Nadie se atrevió a descubrir si el techo era hueco. Nadie osó subirse más allá del altillo. Dorotea envejeció, pero nunca caminó inclinado, como si temiera que la tierra la absorbiera de vuelta. Siempre erguida, siempre vigilante, tendía la mesa para dos y guardaba una cuchara torcida en el cajón.

Cada tanto, especialmente en las tardes de lluvia, escuchaba sobre su cabeza el sonido inconfundible de las cuchillas deslizándose y el leve suspiro de unos pasos que cruzaban como el viento por el mundo que no es de este. Entonces, sonreía apenas y esperaba la noche.

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