Fragmento:
Esa mañana, mientras se sentaba junto a la ventana esperando que el té se hiciera, su abuela, muerta hacía quince años, la visitó. No entró por la puerta. Se materializó poco a poco en el reflejo del vidrio, aun sin palabras, con su vestido azul y los pies hundidos en una nube de polvo dorado. Clara no se sorprendió: en ese pueblo, las visitas de los muertos eran resignadas como el rocío. Traían recetas, advertencias, retazos de canciones inacabadas.
Duración: 04:27
En el pueblo donde la gente creía que los recuerdos podían ser domesticados, Clara vivía en una casa con ventanas de oro empañado. Por las mañanas, justo cuando el sol se levantaba, unos pájaros similares a cuervos pero iridiscentes se apostaban en el cableado y graznaban melodías que sólo los niños comprendían. Clara los observaba mientras llenaba de agua una tetera roja y observaba cómo una ligera niebla se colaba por la rendija inferior de la puerta principal, trayendo consigo aromas de otras casas, tal vez de otras vidas.
Nadie en el pueblo se atrevía a hablar en voz alta durante las primeras horas de la mañana, convencidos de que los sonidos descuidados atraían la desmemoria. Los secretos y los recuerdos volaban ligeros, mudándose de una cabeza a otra, como si el aire tibio de la aurora los recogiera. Clara lo sabía bien: algunas mañanas despertaba con historias que no recordaba haber vivido, con amores añejos en otros cuerpos, con cicatrices que sólo eran visibles al mirar sus manos bajo la luz gris del despunte.
Esa mañana, mientras se sentaba junto a la ventana esperando que el té se hiciera, su abuela, muerta hacía quince años, la visitó. No entró por la puerta. Se materializó poco a poco en el reflejo del vidrio, aun sin palabras, con su vestido azul y los pies hundidos en una nube de polvo dorado. Clara no se sorprendió: en ese pueblo, las visitas de los muertos eran resignadas como el rocío. Traían recetas, advertencias, retazos de canciones inacabadas.
“Hoy vendrá el hombre de los paraguas”, dijo la abuela, desenredando un ovillo de hilo luminoso entre los dedos. “Ten cuidado de no pedirle nada”.
Clara asintió. Sabía del hombre de los paraguas antes de que la advertencia la alcanzara. Era famoso por pasear por las calles con paraguas abiertos aunque el cielo estuviera despejado. Los paraguas, decían, podían repeler las penas, devolver las pérdidas, robar los suspiros. Bastaba con pedirle algo y uno pasaría a deberle un fragmento de infancia.
Cuando el reloj sin manecillas del vestíbulo sonó la hora indecisa, Clara lo sintió en el aire: un cambio, un pliegue en la realidad, como un papel que se dobla. Salió afuera. Las nubes viajaban a ras de suelo, y el hombre de los paraguas venía por la vereda central. Llevaba cinco paraguas abiertos, cada uno de un color irreal: púrpura que olía a membrillo, amarillo titilante, azul con destellos de olvido, un verde opalescente y un blanco que sangraba hacia el margen de las cosas.
El hombre de los paraguas no saludó. Solo la miró. Clara no dijo nada pero, igual, su deseo se escapó de sus labios, uno secreto y jamás pronunciado, como sudor en una noche de fiebre: “Quiero entender por fin lo que no debe decirse nunca”.
Él asintió y, sin decir palabra, le tendió el paraguas azul. Cuando lo tomó, el pueblo se llenó de una música tan antigua que los perros olvidaron ladrar y los relojes intentaron latir. La abuela ahora se había sentado a su lado, con los pies en el aire, y le sonrió con una nostalgia dulce.
Con cada paso bajo el paraguas, Clara veía escenas que nunca le habían sucedido—un hombre repitiendo su nombre bajo la lluvia en un andén, niños jugando en un granero entre ovejas de lana rosada, cartas que nunca escribió pero que reconocía como suyas. Las calles del pueblo resplandecían con reflejos de cosas que nunca ocurrieron y aun así eran imprescindibles. Atravesó el jardín al que nunca había entrado en la vida, cruzó al otro lado del puente donde, decían, las palabras morían antes de ser recordadas.
Cuando el efecto del paraguas terminó, el pueblo ya no era el mismo. Los niños hablaban de aventuras que no cabían en la memoria, las ancianas tejían bufandas con nombres de personas que nadie recordaba, y un gallo cantó por primera vez en mil años—o tal vez por última vez. Clara descubrió en el bolsillo derecho de su bata un mechón de cabellos negros, ajenos, y una carta que decía “No pidas volver. Esto era todo”.
Esa noche, bajo la lluvia luminosa que caía en los jardines traseros y a la que sólo podían acceder quienes hubieran olvidado el número exacto de veces que había llovido, Clara aceptó que el pasado es una criatura de polvo y sueños que sólo puede despertarse en los reflejos.
Dormida, la escuchó su abuela entonar una nana en la lengua de las tardes que no suceden, y los cuervos de colores se llevaron el recuerdo de la visita del hombre de los paraguas a otras ventanas, en otro tiempo, en otro pueblo, tal vez el mismo.
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