Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Novela romántica Antes del amor
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
Pack Harry Potter - La serie completa
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato La puerta que nunca cierra
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La puerta de la cocina, que no cerraba bien desde hacía décadas, se estremeció. Nadie la tocó. Nadie había tirado del picaporte aquel verano, pero las cortinas rozaron el lomo de la puerta, despacio, y se posaron sobre la hornalla apagada. En ese instante, oímos ambos –mi madre y yo– el silbido de la abuela, muerta desde hacía trece años. Ya nadie silba “Paloma Negra” en la casa salvo el viento de las tres, pero allí estaba la melodía deteniéndose en la madera, en el aire tibio, en la olla de hierro. Cerré los ojos para no asustarme; pero al abrirlos, había canarios azules en la rama de la bugambilia, una presencia densa como una segunda piel, y una voz dulce y fría rozando el rabillo de mi oído derecho.

Duración: 05:39

La puerta que nunca cierra
-a / +A

En la penumbra dorada de un mediodía de julio, cuando el calor se derrama por las baldosas del pasillo y el silencio sólo es roto por los chillidos impacientes de las golondrinas, mi madre se detuvo ante la puerta de la cocina. La miró, incrédula, como si de pronto la madera se hubiese vuelto transparente y detrás de ella estuvieran todos sus pasados, acechando con paciencia, como si quisieran entrar a la casa. Todavía puedo verla, envuelta en su delantal amarillo, con las manos manchadas de frijoles y la voz contenida entre los dientes: “Hoy huele a infancia”, susurró, y yo, que no creí entender la frase, supe sin embargo que acababa de establecerse un pacto irrevocable entre ella y la materia invisible que empapa las casas viejas.

La puerta de la cocina, que no cerraba bien desde hacía décadas, se estremeció. Nadie la tocó. Nadie había tirado del picaporte aquel verano, pero las cortinas rozaron el lomo de la puerta, despacio, y se posaron sobre la hornalla apagada. En ese instante, oímos ambos –mi madre y yo– el silbido de la abuela, muerta desde hacía trece años. Ya nadie silba “Paloma Negra” en la casa salvo el viento de las tres, pero allí estaba la melodía deteniéndose en la madera, en el aire tibio, en la olla de hierro. Cerré los ojos para no asustarme; pero al abrirlos, había canarios azules en la rama de la bugambilia, una presencia densa como una segunda piel, y una voz dulce y fría rozando el rabillo de mi oído derecho.

Mi madre no se extrañó. Caminó hasta la mesa y empezó a limpiar habas, como si tal cosa: dejó cada vaina verde encima del mantel, las abría con un gesto solemne, y las semillas caían como si fueran cuentas de un rosario secular. Yo me acercaba despacio, todavía esperando que la melodía de la abuela se callara, cuando mi madre empezó a hablarle al aire. “¿Trajiste lentejas?” preguntó de pronto, y hubo un silencio, tan denso que los pájaros callaron también. Sentí una sombra deslizándose por debajo de la mesa, pegajosa y ligera. “Las dejé en el estante de arriba, pero mira que hay que ponerlas a remojar”, respondió mi madre, y entonces ocurrió: la tapa del frasco de vidrio, sobre el estante imposible de alcanzar, giró, y las lentejas comenzaron a balancearse, despacito, hasta caer justas –ni una más, ni una menos– en la cazuela negra.

Después, todo fue distinto, aunque no lo noté en ese momento. Durante semanas ese verano, la casa se llenó de voces apagadas que venían de la despensa; cuchillos que se movían solitos sobre la tabla de picar, la sombra querida de la abuela que a veces aparecía sentada en el banco de la entrada, tejiendo un capullo de lana invisible. No sentía miedo, sino una extraña euforia líquida, como cuando uno nada bajo el agua y el sonido lo rodea y lo despoja de toda gravedad. Mi madre ya no hablaba tanto conmigo, sino con esas presencias que ocupaban las sillas, modulando frases en voz baja, como para no asustar a nadie (ni siquiera a mí). Cuando pasaba la mano cerca de los pomos de las puertas, sentía un frío suave, una advertencia de que había otro mundo enhebrado al nuestro por las costuras rotas de la casa.

Una tarde, cuando el cielo se puso violeta y las campanas de la iglesia repiquetearon sin razón, vi algo más. Mi padre, que había muerto diez años atrás, estaba fumando en el corredor. No fumaba en vida, pero ahí estaba, con las piernas estiradas y una sonrisa en la cara que nunca le vi cuando vivía. Se le acercó la abuela y le ofreció una taza de caldo. Yo quería gritar, pero mi madre se acercó, me puso una mano sobre el hombro y susurró: “No te asustes, es mejor darles la bienvenida. Están de paso, como todos.”

Así aprendí. Hay que aprender, sí, a moverse entre los muertos que vuelven, entre las sombras que calientan la sopa y tararean en las madrugadas. Hay que dejar que la puerta de la cocina no cierre jamás, que los azulejos filtren voces, que la abuela y el padre pisen descalzos la despensa y el patio cada tanto. A veces, por ejemplo, el olor insistente de la albahaca llenaba de pronto el baño, o la trenza de ajo se volvía tan brillante que parecía haber sido trenzada esa misma mañana. La vida seguía, pero amoldada a ese ir y venir de espectros familiares. Entonces supe que todos los recuerdos, los verdaderos, los que queman en el estómago, permanecen coleando detrás de las puertas que nunca cierran del todo.

Una noche, a finales de agosto, mi madre desapareció. No hubo gritos, ni portazos, ni cartas. La casa amaneció intacta, sin rastro de abandono, las plantas regadas, la mesa puesta. Sólo noté una cosa diferente: todas las puertas, por primera vez en años, estaban cerradas. Demasiado tarde quizá entendí que hay momentos en que una mujer cruza el umbral con la naturalidad de quien cruza la calle para comprar pan y no vuelve nunca más. Me senté frente a la puerta de la cocina, toqué el picaporte. La madera estaba tibia y pulsante, como si aún respirara los adioses. Afuera, el mundo había cambiado de color y yo debía recordarlo todo, incluso lo que no se nombra, para no perderla del todo.

Ahora, cuando el verano regresa y el polvo danza en los haces de luz, juro que la escucho: la abuela tarareando, el padre riendo bajito, mi madre preguntando si ya puse las lentejas en remojo. Y camino entre las habitaciones sabiendo que lo invisible es tan pesado y delicioso como un pan recién hecho. Procurando, cada tarde, dejar una puerta entornada. Porque todavía, entre los pliegues de la casa y del corazón, la magia y la memoria siguen pariendo realidades, tan vivas, tan cómplices, tan inverosímiles como este relato.

Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Novela romántica Antes del amor
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
Pack Harry Potter - La serie completa
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.