Fragmento:
Cuando el hombre apareció esa mañana, dejó tras de sí un rastro diminuto de motas de polvo violeta, imperceptible para casi todos. La señora Morán, sin embargo, las veía bien claras, suspendidas en el aire como la caligrafía de una lengua vestida de domingo. Siguió su andar con la mirada hasta que desapareció tras la esquina donde el muro se hinchaba bajo el peso de la buganvilla. Algunas vecinas decían que él venía de un lugar donde la memoria se guardaba en botellas y que un día simplemente se quedaría en la plaza esperando que alguien recordara su verdadero nombre.
Duración: 04:03
La señora Morán había vivido toda su vida en el mismo pueblo, una línea de casas encaramadas en la falda de un cerro donde las piedras, decían los viejos, susurraban por la noche. Nadie sabía bien el idioma de las piedras y aún así, si uno se quedaba callado, podían oírse nombres, promesas y hasta risas diminutas, como si el suelo guardara una memoria ajena, propia. La señora Morán había aprendido joven que el tiempo a veces se queda atascado en los huecos, y que la luz cambia de color cuando piensa uno en las cartas no enviadas.
Una mañana de abril, la lluvia se empecinó en tocar a la puerta del pueblo y trajo consigo un aire de nostalgia recién lavada. El toldo de la tienda de Don Aníbal goteaba, igual que cada año, y los niños hacían barquitos con hojas secas. La señora Morán salió al corredor con su taza de café y, con la paciencia de quien lleva muchas lluvias a la espalda, acomodó el silencio a su alrededor. Era jueves, y eso significaba que el hombre sin sombrero cruzaría la plaza exactamente a las nueve y trece, como lo hacía desde que ella era niña. Nadie recordaba su nombre real, pero todos sabían que su sombra olía a hierbas y que las golondrinas bajaban a su paso.
Cuando el hombre apareció esa mañana, dejó tras de sí un rastro diminuto de motas de polvo violeta, imperceptible para casi todos. La señora Morán, sin embargo, las veía bien claras, suspendidas en el aire como la caligrafía de una lengua vestida de domingo. Siguió su andar con la mirada hasta que desapareció tras la esquina donde el muro se hinchaba bajo el peso de la buganvilla. Algunas vecinas decían que él venía de un lugar donde la memoria se guardaba en botellas y que un día simplemente se quedaría en la plaza esperando que alguien recordara su verdadero nombre.
Esa mañana el rocío tardó en evaporarse y el pueblo olía a eucalipto y a libros húmedos; donde estaba la hiedra, las voces de la infancia de la señora Morán se mezclaban con la voz de su madre, recordándole que recogiera las sábanas antes de que empezara la llovizna. El corazón de la señora Morán era un cajón de madera donde guardaba piedras pequeñas con fechas dibujadas en lápiz y un mechón de pelo del gato que había desaparecido hacía veinte años, sin dejar huella, como si un hueco en el tiempo lo hubiera absorbido para siempre.
A media mañana, la señora Morán salió al jardín. Las hortensias brillaban como si alguien las hubiera pulido en secreto y un petirrojo saltaba de rama en rama, curioso. Fue entonces cuando, al acercarse a la fuente, notó algo extraño: una charca de luz líquida colgaba en el aire, temblando dulcemente a la altura de su cintura. Metió la mano y sintió frío, pero no un frío común, sino una caricia helada que le rozaba los huesos con delicadeza. Recordó la historia que la tía Clara le contaba cuando niña, sobre las puertas invisibles que podían aparecer en primavera y el cuidado que había que tener de no entrar más de lo necesario.
Al sacar la mano, las yemas de sus dedos estaban ligeramente azules y olían a anís. El aire se llenó repentinamente de un murmullo semejante al canto de grillos y la señora Morán supo, sin poder explicarlo, que algo había cambiado, algo casi imperceptible en la curvatura de las hojas, en la manera en que el sol temblaba sobre la grava.
El resto del día sucedió como todas las tardes grises: el cartero repartió cartas que nadie abriría, la vecina regó el helecho y los niños siguieron perdiendo botones en la tierra blanda. Pero para la señora Morán, el tiempo llevaba un tinte distinto, como si sus pasos se hundieran apenas un poco más en el suelo y el aire pesara apenas un gramo más sobre su nuca.
Al anochecer, antes de cerrar la ventana, notó que las piedras del patio brillaban con un resplandor casi íntimo y que, al tocarlas, le susurraban palabras dulces que no eran exactamente palabras, sino la sensación de voces amadas cantando para ella desde algún lugar profundo. Se fue a dormir con la certeza de que, a partir de entonces, la vida la rozaría con un leve temblor azul, ese pequeño sobresalto de quien ha rozado apenas la superficie de otro mundo y sabe que nunca volverá a mirar el suyo de la misma manera.
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