Fragmento:
En aquel pueblo recostado sobre las márgenes de un río que dormía tres días por semana y el resto se deslizaba soñando hacia el mar, nació, una tarde de septiembre, una mujer con la mitad del cuerpo hecho de sombras. Nadie supo bien si la madre quedó embarazada de un eco o si la tierra, cansada de que siempre depositaran sus muertos bajo el mismo ceibo, quiso regalar una criatura que no podía volverse polvo. Le pusieron nombre de pájaro, pero en la lengua de los viejos, sonar ese nombre era invocar la lluvia, por lo que sólo se referían a ella con gestos: un giro de la mano en la frente o un leve temblor bajo la lengua.
Duración: 03:57
En aquel pueblo recostado sobre las márgenes de un río que dormía tres días por semana y el resto se deslizaba soñando hacia el mar, nació, una tarde de septiembre, una mujer con la mitad del cuerpo hecho de sombras. Nadie supo bien si la madre quedó embarazada de un eco o si la tierra, cansada de que siempre depositaran sus muertos bajo el mismo ceibo, quiso regalar una criatura que no podía volverse polvo. Le pusieron nombre de pájaro, pero en la lengua de los viejos, sonar ese nombre era invocar la lluvia, por lo que sólo se referían a ella con gestos: un giro de la mano en la frente o un leve temblor bajo la lengua.
A los cinco años, la niña descubrió que podía borrar las palabras con el pensamiento. Si alguno de los hombres del pueblo lanzaba una amenaza, ella lo miraba fijo y la frase se disolvía, como si nunca hubiera sido dicha. Los trastos en la cocina se descolgaban de las paredes, las semillas que enterraban brotaban al revés, y las gallinas caminaban de lado, en un silencio de neblina. Los domingos, mientras las señoras lavaban sus sábanas en el río quieto, la sombra de la niña se hundía en el agua y salían peces con escamas de luna. Dicen que ninguna de esas criaturas podía ser cocinada sin antes platicar con el viento, que se sentía celoso y venía a revolver todas las hojas de los árboles, escribiendo poemas torcidos sobre la tierra mojada.
La escuela nunca fue para ella un sitio de encierro. Se sentaba en las ramas del gran guayabo azul —el árbol de frutas imposibles— y contemplaba cómo los techos del pueblo respiraban en la hora de la siesta. Aprendió a distinguir los suspiros de las tejas cansadas, y una noche, mientras el pueblo entero velaba a un abuelo que había muerto dos veces el mismo año, vio que la luna no era de queso ni de piedra: era un ojo enorme que miraba desde el fondo de los pozos, esperando que alguien se atreviera a bajar por su reflejo.
Su padre decidió que era tiempo de buscar remedio. Llevó a la niña hasta la última bruja que habitaba los márgenes, una mujer con la piel llena de palabras que brotaban como raíces de sus cejas. Apenas la vio, la bruja suspiró y le regaló una caja de madera donde dormía una luciérnaga que nunca aprendió a apagarse. En las noches oscuras, cuando los adultos cerraban sus puertas con pesadas piedras para evitar la visita de los recuerdos, la niña sacaba la caja, la abría despacio, y la luciérnaga se escapaba para iluminar las habitaciones tristes. Así fue como comenzó a transformar las ausencias: en cada cuarto vacío, la luz revoloteaba hasta sembrar sueños en las almohadas.
El tiempo en ese pueblo pasaba de manera extraña, unas veces con la velocidad de una cosecha estéril, otras veces diluyéndose entre los dedos como harina húmeda. La niña creció y de sus sombras nacieron palabras nunca pronunciadas antes. Los hombres y las mujeres del lugar aprendieron a hablar en silencios y a rezar sin dioses fijos. Un día, una caravana de paraguas rotos atravesó la plaza: iban solos, arrastrados por el viento, y donde caían, nacía la risa de los que ya no estaban o el llanto de los que nunca podrían irse. El niño más flaco del pueblo se enamoró de uno de esos paraguas y lo escondió bajo la mesa, convencido de que podía escuchar los secretos de la lluvia.
La mujer de sombra mitad, ya adulta, comprendió que los límites del cuerpo no dependían de la luz del sol. Aprendió a sembrar raíces en el aire, a escarbar sueños en la corteza de los árboles, a volverse bruma para cruzar el río en sus días de sueño. Cada vez que alguien en el pueblo intentaba recordar el pasado, la sombra tejía sobre las casas una red de silencios, y las malas memorias se caían, blandas, sobre los tejados.
Cuentan los que han dormido más de una vida en ese pueblo —los que han muerto y regresado con el pelo gris—, que la mujer sigue allí. Ya no le temen, porque descubrieron que el pueblo, al final, estaba hecho de las sombras de todos y que cada árbol, cada paraguas roto y cada río dormido, guarda sonidos de lo que alguna vez fuimos y olvidamos, antes de que los peces olvidaran soñar.
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