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Portada del relato La sombra que floreció
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Fragmento:


Adela caminaba cada noche por los corredores interminables de la antigua casa heredada, con los pies desnudos y el cabello untado de aceite de jazmín. La mansión comenzaba a hablar cuando caía la última luz; no era un rumor, tampoco un crujido, sino algo más parecido al murmullo de las tazas apiladas o el roce de cucharas que, a escondidas, conspiraban en los cajones. A veces, al pasar junto a la alacena, sentía una ráfaga fría y dulzona, que traía olor a café de otras épocas y azucarillos desvanecidos con los años.

Duración: 04:06

La sombra que floreció
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Adela caminaba cada noche por los corredores interminables de la antigua casa heredada, con los pies desnudos y el cabello untado de aceite de jazmín. La mansión comenzaba a hablar cuando caía la última luz; no era un rumor, tampoco un crujido, sino algo más parecido al murmullo de las tazas apiladas o el roce de cucharas que, a escondidas, conspiraban en los cajones. A veces, al pasar junto a la alacena, sentía una ráfaga fría y dulzona, que traía olor a café de otras épocas y azucarillos desvanecidos con los años.

El reloj de péndulo, en el vestíbulo, no marcaba ninguna hora posible: sus agujas habían decidido unirse en un solo compás, señalando un perpetuo crepúsculo. Adela escuchaba, desde la escalera, la voz de su abuela pronunciar palabras jamás aprendidas, como si las paredes —hinchadas de recuerdos y humedad— opinasen sobre la jornada y las visitas, sobre el tejado roto o el vestido nuevo que nunca llegó a estrenar.

Una noche, cuando el sonido de la lluvia acariciaba los cristales, Adela descubrió en el fondo de la taza de porcelana un remolino de figuras. Vio un pequeño jardín floreciendo; raíces que no estaban en ninguna maceta nacían del azúcar, de la espuma tibia. Tomaba sorbos cortos y sentía cómo cada trago la anclaba más a la casa, la colmaba de imágenes imposibles: un caracol durmiendo en la puerta del horno, una rosa abriendo pétalos debajo de la alfombra.

Supo entonces que la casa era una criatura mansa y peligrosa, un animal hecho de tiempo y de voces. Dormía de día, vivía de noche, pero nunca podía ser poseída. Adela, sin saber cómo, empezó a guardar cada noche una taza vacía bajo la almohada, y en la mañana encontraba dentro un papelito manuscrito, con frases en caligrafía antigua: «Cierra bien la ventana del cuarto azul», «No encierres la música al mediodía», «Hoy despertarás tu memoria». Las tomaba como instrucciones precisas de una autoridad discreta.

En el tercer invierno, fue la escalera la que empezó a cambiar: un peldaño nuevo cada tanto, y en las hendiduras, pequeñas semillas que germinaban si una lágrima —de nostalgia, de miedo o de ternura— caía sobre ellas. Los retoños, obedientes y mudos, entrelazaban sus tallos con los barrotes de la baranda, prometiendo flores únicamente si no se los miraba directamente.

Adela dejó de esperar visitas; se acostumbró al lenguaje secreto de los objetos. Aprendió que si movía el espejo del recibidor, podía cruzarse, en las últimas horas de la tarde, con la figura de un hombre inmóvil que le devolvía la mirada con una tristeza muy parecida a la suya. “No temas”, decían sus ojos, “la casa solo te transforma; nunca te devora”.

Los días, allí adentro, tenían la solemnidad de los domingos, y las noches, la extrañeza de los años bisiestos. Un perfume a tormentas pasadas se enredaba en los cortinajes; de vez en cuando la campanilla del servicio sonaba sola, pidiendo que alguien sirviera una comida invisible para un comensal que no llegaría jamás. Y en la lámpara del vestíbulo, Adela podía ver, al inclinarse con cierta reverencia, que una luciérnaga diminuta había hecho su nido luminoso.

Al llegar la primavera, las cucharas habían decidido abandonar su timidez. Bailaron apenas Adela giró la llave del armario: formaron círculos sobre la mesa, dibujando constelaciones que solo ella entendía. Esa madrugada, al fin, comprendió que los murmullos de la casa no eran advertencias, sino recuerdos suaves: trocitos de vida desparramados entre los muebles, en los vacíos de la madera, en la ternura de la loza rota.

Una mañana, Adela salió al jardín y sintió en la piel del cuello la caricia de una sombra caliente. El rosal había florecido en el aire, sin tierra ni raíz, sostenido solo por la promesa de los sueños y el perfume de las tazas vacías. Desde entonces, la casa nunca volvió a quedarse sola, porque su corazón —ese eco persistente de la porcelana y el jazmín— palpitaba en cada rincón, asegurando que, mientras alguien escuchara, el milagro seguiría repitiéndose noche tras noche, taza tras taza, susurro tras susurro.

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