Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Hay algo malo en casa
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Tras la puerta
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Bajo las Sombras de Onyx
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Fragmento:


Recostado contra el muro de concreto, el detective Artur Blando aguardaba. Afuera, la madrugada llovía sobre la ciudad y reventaba charcos donde sólo los taxis se atrevían a pasar. Artur pasaba el pulgar sobre el dorso de su carta de identificación policial como si intentase hacer aparecer el nombre de quien quisiera olvidar. Lo cierto es que en el 3-B del Hotel Onyx yacía el cadáver más elegante de la noche. Ella: soledad ensimismada, pelo rubio hecho trenza sobre la mejilla, perfume avainillado clavado en las cortinas. El procedimiento en sí era sencillo: cerrar la puerta, pasear la mirada sin parpadear, anotar las primeras impresiones mentalmente, y dejar que la intuición —esa criada desleal pero eficaz— comenzase el desfile de conjeturas.

Duración: 05:15

Bajo las Sombras de Onyx
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Recostado contra el muro de concreto, el detective Artur Blando aguardaba. Afuera, la madrugada llovía sobre la ciudad y reventaba charcos donde sólo los taxis se atrevían a pasar. Artur pasaba el pulgar sobre el dorso de su carta de identificación policial como si intentase hacer aparecer el nombre de quien quisiera olvidar. Lo cierto es que en el 3-B del Hotel Onyx yacía el cadáver más elegante de la noche. Ella: soledad ensimismada, pelo rubio hecho trenza sobre la mejilla, perfume avainillado clavado en las cortinas. El procedimiento en sí era sencillo: cerrar la puerta, pasear la mirada sin parpadear, anotar las primeras impresiones mentalmente, y dejar que la intuición —esa criada desleal pero eficaz— comenzase el desfile de conjeturas.

Había sangre, pero sólo en las sábanas, y no tan roja sino casi negra bajo la luz mortecina. Artur pensó en los jueves de invierno, cuando todo parece más verdadero de lo que es. Extrañamente, la ventana estaba abierta un centímetro, y más allá el pulso de la avenida. Entró el forense: Medina, con su maletín como de cómica mala fortuna. Le bastó mirar a la chica un par de segundos antes de encogerse de hombros, como si quisiese dejarle a Blando todo el peso del caso.

—Le pegaron antes de matarla, —murmuró Medina, mientras ajustaba los guantes—. Mínimo tres horas lleva así. Dejo esto en tus manos, Artur; prefiero los que ya no sangran.

Artur se quedó otro rato, sólo, escuchando el runrún de la calefacción. Sobre la mesilla, un vaso de whisky medio vacío, un cenicero sin cigarrillos y el rastro de un carmín rojo. Una mariposa nocturna intentaba escapar de la lámpara. En la cómoda, una agenda con la cubierta rota. Blando la hojeó y ahí estaba: nombres, teléfonos, encuentros, un código en clave que alguien que quisiera de verdad olvidarlo todo usaría. No, no era sólo un cuerpo. Era la promesa de una guerra fría disfrazada de pasión vencida. El hotel olía a humedad y algo más que sólo la muerte sugiere: a venganza.

Bajó a recepción, saludó con la barbilla a Dora, la recepcionista incansable. —¿Alguien subió al tercer piso entre las dos y las cuatro?— Ella negó automáticamente, pero el movimiento de su boca fue demasiado lento.

—Nadie, señor Blando. Sólo la señora del 5-A, pero ella... usted sabe, siempre sube sola.

—¿Cámaras?

—Apagadas por mantenimiento. Otra vez, sí.

Artur anotó en un cuaderno que nunca vería la luz del juzgado. Volvió a mirar a Dora, buscando esa grieta en la seguridad. No la encontró todavía, pero empezaba a olerse la posibilidad.

La noche siguió avanzando. Empezaron a llegar las patrullas y la prensa: hiena tras hiena. Blando logró mantenerlos fuera del piso a base de promesas huecas. Volvió al 3-B y dedicó media hora a los pequeños detalles: la marca del zapato en la alfombra cerca de la ventana, los restos de whisky en el vaso – poco para una sola garganta –, el leve olor a colonia masculina entre la vainilla quemada del perfume de la chica.

Había algo en todo aquello que sugería preparación, un ritual torpe con pasos ensayados frente al espejo. El asesino conocía la habitación. Quizás la ciudad. Pero dudaba sobre sí mismo. Artur se dejó llevar por la intuición: alguien había subido con la joven; habían discutido, tal vez suplicado, quizás terminado una historia que nunca fue del todo secreta. El golpe fue inesperado, la muerte un improvisado accidente o una salvación a medias. Él sabía que esa escena no era la obra maestra de un profesional. Si lo era, el profesional había decidido engañar sólo a los que quisieran que les mintieran.

Por la mañana, llegó el informe del forense. Un nombre surcó los labios de Medina como un trueno contenido: Sergio Lastra, socio en una firma de arquitectos, amigo “íntimo” de la víctima. Había estado allí, al menos eso decían las fibras recogidas en la sábana. Un coartada perfecta: Lastra estaba en una reunión con ocho testigos, todos de palabra fácil y bolsillos pesados.

Blando se sentó frente a Lastra en el despacho de este, donde los planos y las maquetas se alineaban como soldados perfectamente drogados por la promesa del orden.

—¿Anoche fue largo, maestro? — preguntó, voz de hielo y aliento a café frío.

Lastra lo miró sin miedo, pero el pulso le tembló al ajustar su corbata. Artur empezó a hacer de sus preguntas trampas, de sus silencios amenazas.

—Ella llegó al hotel antes que tú, pero sólo supiste que estaba muerta cuando yo llamé. —

—¿Por qué habría de saberlo antes, detective? — replicó Lastra; pero esa noche sus sueños lo delatarían frente a sí mismo.

Artur salió del despacho sabiendo que el caso tardaría en cerrarse. No había huellas, sólo sombras y nombres. Pero había una certeza: a veces el procedimiento es sólo una coreografía ciega. Los cadáveres sonríen en la neblina, los vivos mienten bajo juramento, y sólo el detective tropieza, noche tras noche, con un vaso de whisky medio vacío y una última puerta cerrada con llave.

Fuera, la ciudad esperando que la próxima lluvia lave los rastros, los crímenes, y los recuerdos que insisten, aún, en no morir.

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