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Portada del relato El callejón de los gritos
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Fragmento:


El novato que me acompañaba temblaba mientras yo le pedía bolsas para evidencia y una linterna más fuerte. El único testigo era un gato tuerto que nos miraba desde una ventana sucia, y el portero, un tal Eddie, manoteaba desesperado un cigarrillo tras otro.

Duración: 06:07

El callejón de los gritos
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El sonido del relámpago no había terminado de retumbar sobre la avenida Séptima cuando el teléfono del sargento me sacó de una duermevela cargada de cops y de whisky barato. No reconocí la voz al otro lado, pero no hacía falta. Había algo en la respiración áspera y el temblor detrás de las palabras que decía mala noticia, de esas que hacen encender el cigarro antes de abrocharse las botas. A esas horas de la noche nadie llama a la comisaría para hablar del clima.

—Tenemos un cuerpo, Inspector —las palabras raspaban la línea—. Lenox y 143. Parking trasero. Le han dado duro.

Conocía el lugar. En Harlem no hay desconocidos, sólo gente que aún no te ha mentido. El parking trasero de Lenox y 143 era un refugio para todo lo que no quiere mirar el sol de frente: matones, camellos y damas que ocultan su vida entera en un bolso demasiado pequeño. Tiré el cigarrillo al suelo, me puse el abrigo y salí a enfrentar la noche.

La lluvia caía con la obstinación de quien sospecha que la ciudad tiene pecados que lavar. Llegar a la escena fue como entrar en la cueva de un animal herido. Luces rojas y azules salpicaban los charcos, y los curiosos se agolpaban detrás de la línea de tiza policial con ojos de hambre y sueño. Tenía el presentimiento de que esa noche iba a costarme más que una resaca.

El cadáver estaba boca abajo junto a un Chevy impaciente por oxidarse. Lo registré sin prisa, metódico. Cuerpo masculino, unos cuarenta años, traje caro recortado por una mancha oscura bajo el hombro izquierdo. Alguien lo había sorprendido; un solo disparo, limpio y eficiente. No parecía un trabajo pasional, de esos que dejan caos hasta en el asfalto. Esto era otra cosa. El reloj de oro aún brillaba en la muñeca, los zapatos italianos relucían bajo la lluvia. No fue un robo. Un mensaje, tal vez.

El novato que me acompañaba temblaba mientras yo le pedía bolsas para evidencia y una linterna más fuerte. El único testigo era un gato tuerto que nos miraba desde una ventana sucia, y el portero, un tal Eddie, manoteaba desesperado un cigarrillo tras otro.

—No era de aquí —dijo Eddie cuando le ofrecí un trago en la puerta del callejón—. Llegó en un taxi hace menos de una hora. Lo vi hablar con una mujer, menuda, pelo rubio. Luego sólo escuché el disparo.

Demasiado limpio, demasiado fácil. Lo que Harlem oculta detrás de las cortinas no se adivina desde la acera. Al registrar lo que el muerto llevaba encima encontré una cartera con doscientos dólares y una foto de una niña pequeña. Nada que explicara la bala, pero sí un motivo para seguir haciendo preguntas.

La chica rubia resultó ser Sylvia, trabajadora habitual de los bares sórdidos del vecindario. No le costó mucho hablar, sobre todo después de que le prometí que la policía no la llevaría por un par de noches a la celda. Dijo que el tipo, al que llamaban Joseph, hablaba de cuentas pendientes. Del pasado que siempre regresa, como los malos hábitos.

Pronto—quizá demasiado pronto—aparecieron dos testigos más. Uno vio a Joseph discutir con un sujeto de chaqueta de cuero; el otro, que pagó la cuenta del café aquel día, juraba que Joseph le había pedido la dirección de la lavandería del barrio. Ningún rastro de violencia, sólo palabras al borde del naufragio.

Crucé historias, junté las piezas con la determinación de quien sabe que hay algo debajo de la alfombra. La bala, que había atravesado el corazón del muerto, tenía la marca de un armero local que opera sólo para ciertas caras, las que cruzan a diario el límite entre el bien y el mal.

Esa noche volví a caminar las calles, preguntando por el tipo de chaqueta de cuero. Nadie lo conocía, pero todos habían oído de él. Las respuestas eran miradas furtivas, nada concreto. La ciudad daba vueltas sobre sí misma, entregando retazos de verdad, empapados de confusión y miedo.

Finalmente, en el sótano de un club, alguien me dio un nombre: Frankie Bates. Viejo enemigo de Joseph, ambos criados en la misma calle, la vida los había llevado por caminos paralelos pero opuestos. Luchas por territorio, clientes y, según los rumores, por una mujer con el cabello más dorado que todas las monedas de Harlem.

Encontré a Frankie en la trastienda de un tugurio apestando a humo y sudor. No lo negaba: odiaba a Joseph. Pero decía tener una coartada. Estaba con dos mujeres, ambas dispuestas a jurar que a la hora del crimen Frankie estaba demasiado ocupado para estar matando a nadie. Les creí menos de lo que creo a mi propio reflejo, y eso ya es decir poco.

Seguí tirando del hilo. Lo que comenzó como una muerte solitaria en un aparcamiento se enredaba con cada pregunta. Los secretos no duermen en Harlem, sólo se esconden debajo de la cama.

El informe balístico llegó pocos días después. La pistola no era de Frankie, ni de ningún matón conocido. Era de alguien más meticuloso. Para entonces, la lluvia había lavado la sangre del asfalto, pero en mi memoria el neón rojo seguía reflejándose en los charcos.

Fue Sylvia quien me dio la última pieza, la que cierra la puerta por dentro. Me llamó llorando, temblorosa. Dijo que Joseph había venido a entregarse. Quería salirse del juego, empezar de nuevo. Alguien se lo impidió. Alguien al que Joseph había robado años antes, alguien que conocía bien su rostro y mejor aún sus costumbres. La mujer que lo mató no era otra que la hermana de un tipo a quien Joseph había hecho desaparecer por una deuda.

La detuvimos una mañana gris, sin drama, sin tragedias de cartelera. Entró en la patrulla en silencio, una sombra más bajo la lluvia pertinaz de Harlem. Solo al despedirse me miró a los ojos. No había odio, ni siquiera miedo. Sólo cansancio y una tristeza vieja como las calles mismas.

El caso quedó cerrado en los archivos, pero esa noche no pude dejar de pensar en lo sencillo que es matar, en lo complicado que es vivir en paz, en cómo Harlem recoge a sus muertos y los acuna bajo la noche y la lluvia.

Volví a mi escritorio, me serví otro whisky y encendí un cigarrillo, mientras afuera, las sirenas y la ciudad seguían su curso, como si el crimen no fuese más que una sombra en la interminable madrugada amarga de Harlem.

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