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Fragmento:


Blomkvist lo guardó en una bolsa de pruebas y bajó la mirada al cadáver.

Duración: 05:39

Ecos de la lluvia
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El teléfono sonó a las cuatro de la madrugada. El comisario Lennart Blomkvist se incorporó en la cama, con una mueca irritable. Su esposa se movió levemente, casi sin dejarse arrastrar por el sobresalto. Blomkvist contestó en el segundo timbrazo, la voz aun cargada de sueño.

—Blomkvist —respondió, apretando el auricular contra la oreja.

—Tenemos un hallazgo, comisario. Un cuerpo en la ribera del Svartån —murmuró la voz de Andersen, el oficial de guardia—. Debería venir.

Blomkvist se vistió en silencio, cogió la chaqueta de tweed gastada y salió de la casa sin hacer ruido. La lluvia golpeaba intermitente el parabrisas cuando puso el motor en marcha; un repiqueteo que, al cabo de los minutos, se tornó en la única compañía antes de sumergirse en la penumbra de la ciudad adormecida.

El lugar estaba acordonado. Un coche patrulla y una ambulancia iluminaban la noche con destellos indecisos. El cuerpo yacía sobre la hierba anegada, boca arriba; tenía el rostro tranquilo, como si la muerte le hubiera llegado sin aviso ni violencia. Andersen se le acercó, ajustando el abrigo bajo la luz mortecina.

—La halló un paseante de perros, hace menos de una hora. Es un hombre joven, sin documentación.

Blomkvist observó los detalles: manos limpias, sin huellas de lucha; ropa informal y unas botas viejas salpicadas de barro.

—¿Nada en los bolsillos?

—Solo esto —respondió Andersen, mostrando una pequeña piedra negra pulida, con el grabado de un símbolo que el comisario tardó un segundo en reconocer—. Es el sello de los viejos constructores del norte.

Blomkvist lo guardó en una bolsa de pruebas y bajó la mirada al cadáver.

—¿Avisa a forenses y prepara un informe?

Andersen asintió.

Las horas desde el hallazgo hasta el amanecer fueron lentas y grises. Blomkvist volvió a la comisaría, pidió café y se sentó con el expediente aún vacío. Junto al cadáver hallaron, además de la piedra, una nota doblada varias veces. Solo una palabra: “Perdón”.

La forense, la doctora Ullman, llegó poco antes de las siete.

—Varón, entre veinticinco y treinta años. No hay signos de violencia externa, ni heridas evidentes. Exceso de humedad en la ropa. Muerte por ahogamiento o hipotermia, probablemente anoche. Pero tiene algo poco habitual.

Blomkvist aguardó. Ullman desdobló una radiografía: en el estómago del cadáver, dentro, algo brillante: una pequeña llave plateada.

—No envenenado. Ingerida a la fuerza, diría yo. Quizá después perdió la conciencia y la corriente lo arrastró hasta la ribera.

Blomkvist pensó en la piedra, la nota y la llave. También en la lluvia persistente, que en esas latitudes, era como una condena.

La investigación comenzó desde las preguntas más sencillas y, como tantas otras veces, no arrojó respuestas fáciles. Nadie en la ciudad denunció la desaparición de un joven en los últimos días. Las huellas dactilares no correspondían a ningún archivo nacional.

A media mañana, un mensaje anónimo llegó al correo de la comisaría. Solo ponía lo siguiente: “No es el primero. Busquen en el viejo aserradero.”

Blomkvist y su equipo se desplazaron al lugar, un galpón destartalado junto al río, rodeado de árboles helados. Allí, bajo el piso de madera podrida, había una trampilla. Detrás, una habitación oculta donde el eco de las pisadas llenaba el aire de un temor viscoso. Sobre una mesa, dos fotografías: una de un hombre mayor, la otra de una joven. Ambos desaparecidos en los años ochenta.

Un viejo diario con la cubierta de cuero fue hallado en un rincón. Sus páginas hablaban de reuniones secretas, amenazas veladas y pactos sellados con sangre y silencio. Era la historia largamente susurrada de una sociedad privada, herencia de los constructores del norte, dedicada a mantener el secreto de algo escondido cerca del río desde hacía generaciones.

La piedra hallada sobre el cadáver era una señal entre miembros: cuando la traición a la hermandad era inminente, uno de ellos debía arrojar la piedra al agua, como advertencia, y desaparecer. Si alguno era encontrado sin vida y con la piedra aún en su poder, significaba que no había cumplido con el pacto.

Blomkvist regresó a la orilla del río, bajo la lluvia sin tregua. Pensó en la clave y la llave. Ordenó dragar el fondo mientras interrogaban a los ancianos que alguna vez trabajaron en el aserradero. Entre ellos, sólo uno reconoció el símbolo de la piedra, pero no pronunció palabra.

El tercer día, dragaron un viejo arcón de hierro, sellado con una cerradura idéntica a la llave tragada por el joven. Dentro, encontraron cartas, fotografías, listas de nombres y—en el fondo—un frasco de vidrio con una carta escrita en 1917.

El último mensaje, firmado por alguien cuyo apellido aún era conocido en la región, confesaba el asesinato de una niña, hija de uno de los primeros constructores, y la consiguiente serie de muertes y desapariciones que habían silenciado durante tres generaciones.

—No fue un caso, sino la redención de una culpa ancestral —murmuró Blomkvist al cerrar el arcón.

En los meses que siguieron, varias personas mayores murieron en circunstancias extrañas. Otros desaparecieron sin dejar rastro. La reconstrucción de los hechos nunca sería completa, pero la ciudad había visto, al fin, la grieta en sus propios cimientos. Blomkvist dejó sobre la tumba del joven sin nombre la piedra negra, respetando así el ciclo que se repetía, misterioso, en el silencio necesario de la lluvia.

Y la investigación, como la lluvia, siguió cayendo sobre ellos, insomne y paciente.

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