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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Sombras Perdurables
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Fragmento:


—Lo mismo que las otras veces —le susurró—. No ha querido defenderse.

Duración: 05:27

Sombras Perdurables
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La lluvia resbalaba, persistente, por los cristales de la oficina de Edna Lethridge, comisaria del Distrito Sur. Era martes, y eran las dos cosas que más odiaba: la humedad pegajosa de Juneport y los días que comenzaban con la muerte. El teléfono negro, uno de esos antiguos que conservaba como recuerdo de su padre —el detective antes que ella— vibró dos veces antes de que lo descolgara.

—Lethridge —respondió, y casi podía oír al sargento Daryl contener la respiración.

—Jefa, tiene que venir—dijo él, voz apagada—. Han encontrado otro. Barrio de los Astilleros. Igual que la última vez.

El protocolo se imponía: Edna anotó mentalmente la hora, puso su chaqueta raída y caminó hacia el parqueadero, la pistola cómodamente fría bajo la axila. El caso tenía ya cuatro carpetas, demasiados planos desplegados en la pared de corcho, ninguna pista que se pudiera tomar en serio. Y lo peor: los ojos de la ciudad, expectantes.

Llegó a la escena en veinte minutos, saltando baches y esquivando el tráfico pesado de camiones. Allí la esperaba una patrulla, la cinta amarilla ondeando entre los charcos como una mala broma.

El cuerpo era el de un hombre de mediana edad, boca arriba entre cajas de madera húmedas, los zapatos aún nuevos. Pero lo que cortaba el aire era la marca en la mejilla izquierda: un círculo, perfectamente quemado en la carne.

El forense, nuevo en el distrito, la saludó con un breve gesto.

—Lo mismo que las otras veces —le susurró—. No ha querido defenderse.

La jefa asintió. Las otras tres víctimas habían sido halladas igual: ninguna herida de pelea, ninguna señal de huida. Era como si hubieran decidido no resistirse antes de morir.

Daryl, con la gorra empapada en la mano, se acercó.

—El mismo símbolo —murmuró, tomando notas—. ¿Alguna teoría, jefa?

No tenía ninguna teoría. Solo intuiciones, que era lo que más temía.

—¿Identificación?

—A nombre de Coleman Wright. Vive a cinco cuadras, según la licencia. No hay denuncias recientes sobre él.

—Hablen con su familia. Yo iré a la comisaría. Y Daryl… —ella sostuvo su mirada—. Esta vez iremos a fondo.

En la oficina, Edna buscó el hilo invisible. El círculo. Cuatro muertes en cuatro semanas, siempre hombres solos, siempre en la periferia. ¿Qué tenían en común? Los expedientes apenas mencionaban pequeños delitos, deudas con el ayuntamiento. Gente que apenas era recordada por la ciudad.

Su teléfono zumbó: un mensaje de texto, formato antiguo, sin remitente.

«No mires lo que todos miran.»

En un segundo, la vieja paranoia de los días difíciles volvió a instalarse en su pecho. Miró las fotos: la disposición de los cuerpos, los objetos personales, los símbolos. Fue entonces cuando lo notó.

Las llaves.

En cada caso, las llaves estaban en la mano izquierda, completamente limpias, distintas del resto de los objetos salpicados de barro o sangre.

En la sala de pruebas, revisó la cadena de custodia. Todas las llaves eran nuevas copias, hechas el mismo mes.

Tomó su abrigo y salió de nuevo a la noche de Juneport.

En la ferretería del barrio oeste, un anciano la miró con desconfianza.

—¿Cuántas llaves con este corte imprimieron la semana pasada?

El hombre revisó el libro de registros, empapado de grasa.

—Tres. Pero no eran clientes habituales. Gente con prisa. Uno llevaba un impermeable azul —añadió, bajando el tono—.

Edna anotó los nombres: ninguno coincidía con Coleman Wright. Pero al comparar las direcciones, todos vivían a tres kilómetros del puerto. Demasiada cercanía, demasiada casualidad.

Cruzó la información con la base de datos del ayuntamiento. En los planos viejos había una pauta: una línea recta unía las casas de las víctimas, pasando por los viejos túneles de carga, sellados desde hacía veinte años.

La oficial Candice, joven y ambiciosa, la ayudaba a montar la operación.

—Vamos a registrar el túnel —dictó Edna—. Lo quiero todo: perros, planos, vigilancia.

La voz de Candice tembló un poco:

—Si es ahí donde se esconde el asesino…

—No es eso lo que busco. Busco lo que conecta estas muertes.

Entraron de noche, linternas y botas embarradas. El olor salitroso llenaba el aire.

En una de las paredes, cubierto de años de humedad, estaba el símbolo: el círculo.

Y debajo, grabada a mano por alguien desesperado, la frase:

«No mires lo que todos miran.»

La conclusión llegó cuando Edna, sentada sola en la oscuridad, retrocedió mentalmente por todos los detalles: las víctimas eran testigos, jamás acusados, de un proceso judicial de hace quince años. Un expediente antiguo, olvidado, donde se había encarcelado a un inocente basado en declaraciones de todos ellos.

El asesino no buscaba venganza común; buscaba justicia a su manera, señalando a los que, por mirar solo la superficie, condenaron al olvido a alguien inocente.

Edna levantó la vista, sintiendo el peso de aquellos errores ajenos.

A veces, la ciudad solo necesitaba que alguien abriera la puerta correcta y asumiera el riesgo de mirar donde nadie más quería mirar.

Y a veces —cerró su libreta con un suspiro— la justicia llegaba demasiado tarde para salvar a las víctimas. Pero nunca para decir la verdad.

El amanecer borraba las sombras, pero en el umbral de la comisaría, Edna sabía que algunas heridas no se cerraban con el alba.

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