Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dire Bound. Alma de lobo
Portada del relato El eco de los portales
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Fragmento:


Allí, en la penumbra azulada, yacía la mujer. Morena, unos cincuenta, abrigo caro, zapatos disparejos. Había caído torpemente sobre un montón de bolsas descartadas de algún restaurante. Todo olía a restos de pollo frito y flores marchitas. Las manos cruzadas sobre el estómago, apenas manchadas de sangre en los nudillos, sugerían cualquier cosa menos paz.

Duración: 04:35

El eco de los portales
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La mañana estaba demasiado silenciosa cuando la alborada se filtró tímida entre las persianas de la oficina. Una luz sucia caía sobre viejos expedientes amontonados; la humedad del clima dublinés pegaba las hojas unas contra otras. El detective Rory Morell se sirvió un café que sabía mucho a ceniza y poco a esperanza. En la calle, alguna campana anunciaba el inicio del día, pero dentro del despacho solo existía el tic-tac nervioso del reloj y el rumor lejano del tráfico.

Rory tenía la costumbre de llegar el primero. Últimamente, abría la puerta solo para sentir que aún podía controlar algo, lo que fuera, aunque apenas quedaran piezas enteras en su vida. El teléfono sonó, su timbre mordaz, antes siquiera de que sus compañeros pisaran la moqueta. Al otro lado, la voz de la inspectora O’Dea, su nuevo y renuente superior.

—Morell, hay un cuerpo detrás de los apartamentos en Rutledge Close. Quizá quieras verlo. No hay prisa. —El sarcasmo flotaba en la línea, sutil y cortante.

El detective colgó sin responder. Veinte minutos después, cruzaba el cordón policial bajo una nube amenazante, con gotas resbalando por la solapa de su abrigo. Las luces azules parpadeaban sobre el empedrado húmedo. El hedor de la basura y el río cercano le llenaba la nariz. Un paramédico de rostro apagado le indicó con la cabeza la dirección del cadáver.

Allí, en la penumbra azulada, yacía la mujer. Morena, unos cincuenta, abrigo caro, zapatos disparejos. Había caído torpemente sobre un montón de bolsas descartadas de algún restaurante. Todo olía a restos de pollo frito y flores marchitas. Las manos cruzadas sobre el estómago, apenas manchadas de sangre en los nudillos, sugerían cualquier cosa menos paz.

Rory se inclinó. No había ninguna bolsa o bolso a la vista. En la comisura de los labios, una mancha de carmín —tan roja, tan viva— quebraba la uniformidad del cuadro. Levantó el móvil para capturar imágenes; el parpadeo de la pantalla ensombreció aún más la expresión de la mujer.

O’Dea llegó jadeando, el paraguas chorreando agua, el uniforme desaliñado, pero con esa mirada que anticipaba tormentas.

—¿Qué sabemos? —preguntó sin saludar.

—Poco —respondió él—. No hay testigos, ni cámaras útiles. Alguien la conocía; no fue un robo rápido.

—Eso, o tenemos un asesino con modales —replicó O’Dea, agachándose cerca del cuerpo—. Quédate con la escena, yo buscaré en los apartamentos.

Los minutos se desgranaron mientras Rory observaba los detalles: las uñas sin pintar, rasgadas en la mano derecha; la ausencia de anillos; el cuello de la camisa descuidado; un papel arrugado junto al tacón perdido, escrito con tinta azul y mojado apenas por la llovizna. Lo recogió con cuidado: un recibo de restaurante indio, dos noches antes, una mesa para dos, y bajo el nombre, un número de teléfono apenas legible.

Rory entró a los apartamentos, dejó pasar a O’Dea mientras olía a detergente y miedo colectivo. Los vecinos habrían oído algo, sí, pero en esa ciudad el silencio era parte del pacto: hoy tú, mañana yo.

Llamó al número del recibo sin pensarlo mucho. Una voz contestó, ronca y ansiosa. "¿Sí?" Un hombre, edad indefinida, acento pesado en las sílabas.

—¿Conocía usted a Márgara Kelly? —preguntó Rory, inventando ahora el nombre, siguiendo la intuición que alguna vez lo había salvado de errores fatales.

Un largo silencio, el zumbido de una televisión en el fondo.

—No sé de qué me habla —respondió, pero Rory cazó en la duda, en la pausa exacta, algo parecido al miedo.

Colgó. Dio órdenes a un agente para rastrear el teléfono, y volvió a enfrentarse al cuerpo. Por encima, la lluvia amainaba. El equipo forense llegaba tarde, y la ciudad, con sus portales y secretos, apenas pestañeaba.

En su bolsillo, el detective guardó el papel, el recibo que olía a comino y tinta mojada. Había demasiadas mujeres solas en las calles de la madrugada. Demasiados hombres que llamaban por teléfono y que mentían. Demasiados silencios entre las preguntas.

Sabía que la comisaría rebosaría hoy de nombres y datos inconexos, de rutinas rotas, de ventanas tras las cuales nadie vio nada, de historias sospechosamente limpias. Pero Rory tenía por hábito comenzar con los detalles. Cortes de carmín en una comisura, un ticket arrugado. Y la certeza, ya conocida, de que detrás de cada muerte hay una doble vida con la que tarde o temprano uno choca de frente, como una puerta entreabierta en la noche, cuya cerradura está mojada por la lluvia y por el miedo.

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