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Portada del relato El eco de las velas
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Fragmento:


Sin embargo, fue el hedor a almendras lo primero que llamó la atención del inspector Abernathy, curtido en mil tragedias pero siempre perplejo ante la sobriedad de la muerte en ambientes nobles. El ama de llaves luchaba por contener el llanto, mientras Lady Ashcroft contemplaba a su esposo con una expresión más de desconcierto que de duelo. El reloj de pie marcaba las seis y treinta, pero el desconchado en el suelo a su lado parecía delatar que poco antes había dado una campanada más de las necesarias.

Duración: 05:41

El eco de las velas
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Apenas amanecía cuando la señora Ibbotson, ama de llaves en la imponente casa Ashcroft, irrumpió en la biblioteca lanzando un chillido tan desconsolado que logró despertar hasta al más sordo de los gatos. Lord Charles Ashcroft, patriarca de la familia y coleccionista de relojes antiguos, yacía desplomado en el sillón Windsor junto a la chimenea, colgando aún de su cuello el escapulario de oro que nunca se quitaba. La niebla londinense se colaba por entre las cortinas, llenando el ambiente de un aire espectral y despistando en su humedad cualquier aroma que pudiera sugerir la presencia de veneno, pólvora o sangre.

Sin embargo, fue el hedor a almendras lo primero que llamó la atención del inspector Abernathy, curtido en mil tragedias pero siempre perplejo ante la sobriedad de la muerte en ambientes nobles. El ama de llaves luchaba por contener el llanto, mientras Lady Ashcroft contemplaba a su esposo con una expresión más de desconcierto que de duelo. El reloj de pie marcaba las seis y treinta, pero el desconchado en el suelo a su lado parecía delatar que poco antes había dado una campanada más de las necesarias.

Reunidos en el salón, los habitantes de la casa parecían marionetas esperando su turno en el drama. Entre ellos se encontraba Rosalind Ashcroft, la joven e irritantemente perspicaz sobrina de Lord Charles, el reverendo Petherick, invitado por una discusión teológica la noche anterior, y el taciturno chófer Simmons, visto por última vez trasegando leña en el jardín bajo la cortina de niebla. Todos, incluidos los sirvientes apiñados tras la puerta, estaban bajo sospecha.

Abernathy arrancó la investigación con su habitual método. “¿Quién fue el último en ver a su señoría con vida?” preguntó, inclinando la cabeza hacia Lady Ashcroft, quien, visiblemente nerviosa, respondió: “Anoche, tras la cena. Charles… Lord Ashcroft quería revisar unos papeles. Dijo que necesitaba estar solo.” Abernathy se giró hacia la joven Rosalind. “Supongo que los papeles eran su testamento.”

Rosalind, con una media sonrisa, asintió.

“Él temía que alguien de la familia quisiera… apurarlo a la tumba?”

Simmons, el chófer, se removió incómodo en su asiento. Fue la señora Ibbotson quien intervino, recordando que escuchó pasos en la biblioteca a eso de medianoche. Pero, ¿esos pasos eran de un visitante no anunciado, o de algún miembro de la casa? Abernathy solicitó una revisión exhaustiva de la habitación: halló en la repisa de la chimenea una copa aún húmeda, con restos de marsala y un débil aroma a almendras amargas. Más tarde el forense confirmó que el veneno, nada menos que cianuro, fue la causa exacta de la muerte.

La indagación avanzó metódicamente. Los registros indicaban que la botella de marsala había sido abierta esa misma noche, pero sólo una copa había sido servida de ella. ¿Quién había tenido acceso? Lady Ashcroft insistió que ella misma había servido el vino, después de una discusión trivial sobre el nuevo reloj de sol del jardín. Sin embargo, Rosalind observó, con una intuición finamente calibrada, que la copa limpia sobre la bandeja no tenía el mismo labrado que la que contenía el veneno.

¿Cambio accidental o premeditado?

El reverendo Petherick, interrogado posteriormente, admitió haber considerado a Lord Ashcroft un escéptico irredimible y, en ocasiones, hasta peligroso para la moral de la parroquia. Pero, hombre de fe y de costumbres, repitió que jamás había preparado una copa de vino en la vida. El chófer Simmons fue algo más evasivo: se limitó a decir que jamás entraba en la casa después de las nueve, y que la puerta trasera estuvo cerrada toda la noche.

Abernathy ordenó buscar rastros de cianuro en la cocina, sospechando que alguien pudo haber disimulado el letal veneno entre los frascos de especias. Nada. El ama de llaves, cuya lealtad era legendaria, recordaba sin embargo una discusión acalorada dos días antes entre Lord Charles y su sobrina, Rosalind, sobre ciertos cuadros desaparecidos. Rosalind negó el altercado, aunque su rubor la traicionó. Cuando Abernathy le preguntó si había opinado sobre el testamento de su tío esa misma noche, ella replicó: “Me pidió consultar unos nombres. Eso fue todo.”

Los minutos se sucedían como plomo. En un descuido, descubrieron que Simmons tenía antecedentes: un robo menor en sus años mozos en Yorkshire. Lady Ashcroft exclamó que jamás habría empleado a un criminal confeso, pero Abernathy sabía que los secretos en esas casas eran tan viejos como el polvo de las cortinas. Mandó registrar los bolsillos de Simmons: encontraron una nota arrugada que decía, simplemente: “A la campanada de la medianoche”.

La pista llevó al reloj de pie. Lo abrieron y hallaron, disimulada entre el péndulo y la madera, otra copa idéntica a la del veneno, pero limpia. Abernathy montó las piezas: una copa fue ofrecida antes de la medianoche; la otra, después. ¿Quién manipuló el intercambio?

Fue la señora Ibbotson quien, presa de remordimiento, confesó haber encontrado la copa vacía junto al sillón, creyendo que como siempre, Lord Charles se había dormido con el vino en la mano. La limpió, temiendo el enojo del amo. Pero, por un error fatal, dejó la copa mortal en el lavavajillas, donde Lady Ashcroft después tomó otra para servir el desayuno.

Rosalind, con la mirada fría, concluyó: “El verdadero culpable es quien conoce los hábitos suficientes para hacer del descuido un crimen.”

Abernathy, satisfecho, asintió. Era un crimen doméstico, ejecutado en la grisura cotidiana de una casa acostumbrada a los secretos, donde el veneno viaja disfrazado de costumbre; y la muerte, como el eco de una campana, se insinúa cuando menos se la espera.

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