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Portada del relato Tierras grises
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Fragmento:


Un silbato, lejano, se insinuó entre los gorriones. Todos lo oyeron antes de querer reconocerlo. Cambios sutiles: bayonetas calzadas, hombres abrochándose botones, miradas entonces nunca tan brillantes ni tan frágiles. El sargento François, la voz rota por el tabaco y las órdenes, repartió una broma a medias como si fuera pan ácimo: "Vosotros, hijos de la lluvia, vais a secar el campo hoy". Nadie rió, pero todos se agarraron a la consigna, como quien aferra el último clavo antes de hundirse.

Duración: 04:14

Tierras grises
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Amanecía sin esperanza, una lejanía del sol cautiva entre nubes esquirladas y la niebla lenta del Marne. El frío se infiltraba como un enemigo invisible; no había uniformes lo bastante gruesos ni promesas suficientes para mantener a raya ese aliento helado. La trinchera apestaba a humanidad vieja, a lana húmeda y sueños podridos, trae cada nueva jornada la impresión de que el mundo se termina a diario, que solo los relojes se empecinan en seguir marcando el tiempo. Erik Ludvigsen, con apenas veinte años y dos cicatrices frescas -una encima de la rodilla, otra que ya su madre jamás besaría-, se apoyó contra la pared fangosa, el fusil en sus botas, lo único que aún era suyo y no del Estado o del barro.

Alrededor suyo, murmullos y el golpeteo del agua rezumando en los tablones. Maurice, el chico de Lyon, recogía colillas de cigarrillos ajenos con dedos entumecidos, ahorrando tabaco, fumando recuerdos. Jakob, el más viejo de los suyos, ceñía los labios bajo un bigote tiznado, calculando en silencio cuántos seguirían allí dentro de una semana. Nadie preguntaba, todos tenían el mismo mapa de miedo pintado en la cara. Por enésima vez, Erik sacó la carta arrugada de su bolsillo: palabras de su hermana pequeña, la letra tambaleante por la emoción, contándole de los rosales que ahora cuidaría sola.

Un silbato, lejano, se insinuó entre los gorriones. Todos lo oyeron antes de querer reconocerlo. Cambios sutiles: bayonetas calzadas, hombres abrochándose botones, miradas entonces nunca tan brillantes ni tan frágiles. El sargento François, la voz rota por el tabaco y las órdenes, repartió una broma a medias como si fuera pan ácimo: "Vosotros, hijos de la lluvia, vais a secar el campo hoy". Nadie rió, pero todos se agarraron a la consigna, como quien aferra el último clavo antes de hundirse.

Al salir, la mañana tenía la hostilidad delicada de una amante despechada. El alambre de espino centelleaba como dientes afilados; la tierra, agujereada y crujiente, ya había devorado generaciones completas de botas y hombres. Avanzaron por el barrizal, encorvados, el peso del miedo cabalgando sobre sus espaldas. Cada paso era una duda; cada ruido, la posible y mortal señal. El horizonte era una promesa vacía, una línea entre la esperanza y la aniquilación.

La artillería enemiga despertó como un animal hambriento, masticando el lodo por delante y por detrás. Salpicados de luz y muerte, los hombres de Erik cayeron en cuerpo y susurros. Aquello no era avanzar, era desgarrar un velo entre dos mundos, un paso adelante y dos recuerdos menos tras la siguiente explosión. Maurice, que soñaba con los viñedos, no volvió a levantarse; Jakob, con su edad de padre, acabó recostado junto a un cráter, la mirada perdida y una oración que solo el cielo supo escuchar.

Erik corrió, instinto puro, olvido de sus propios pies. El silbido del gas arrastró otro miedo viscoso. La máscara, ¿dónde estaba? Tantos simulacros, y aun así, el pánico encendía el corazón más que el cloro. Ya no tuvo tiempo para la duda, ni para las palabras; se tiró al suelo, el barro hundiéndolo, tentándolo a sumarse al gran ejército de la tierra, siempre hambrienta. Cuando finalmente levantó la cabeza, ya no distinguía amigos ni enemigos; todos eran figuras deshechas entre ceniza y ráfagas.

Cayó la lluvia al final, silenciosa como una redención imposible. Erik la dejó correr sobre su cara, limpiando la sangre seca y las lágrimas que ni recordaba haber llorado. El frente quedó quieto un instante, solo interrupido por el crujido de botas y el débil llanto de algún herido perdido entre el lodo. Todo era un compás entre dos disparos, dos aniversarios inconclusos.

Esa noche, dentro de la trinchera—ahora aún más vacía—Erik buscó en su bolsillo la carta de su hermana. La lluvia se lo había llevado todo: la tinta, la foto, el papel. Solo quedaba el temblor de sus propios dedos y la certeza de que, al amanecer, la tierra pediría de nuevo su tributo. Cerró los ojos y, como cada noche, rogó que el olor de los rosales pudiera atravesar la ceniza de la distancia.

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