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Portada del relato El último vaso de vino
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Fragmento:


Pensó entonces en la carta de Sophie que llevaba en el bolsillo. La había leído tantas veces que las líneas comenzaban a borrarse, y sólo el perfume, un leve rastro floral, le recordaba el jardín donde, hace un año, le prometió esperarlo. Ahora el jardín debía de estar cubierto de hojas muertas, pensó, sólo ramas desnudas recortadas contra la niebla. En ese instante, la puerta se abrió y entró otro soldado; por las insignias, un suboficial alemán. Morbury se tensó, instintivamente buscó la pistola en su cinturón, pero se contuvo: aquel hombre alzó las manos en un gesto de cansancio universal y fue a sentarse al extremo opuesto, sin mirar a nadie.

Duración: 03:30

El último vaso de vino
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El teniente Charles Morbury no recordaba el nombre del pueblo en el que se había detenido aquella noche. Ni tampoco la razón precisa por la que eligió esa taberna, con su puerta de madera marcada por las huellas de otras botas y la tenue luz que se filtraba entre las grietas de la persiana. Tal vez fue el agotamiento, tal vez fue el anhelo de algo cálido que le entibiara la garganta antes de volver a los campos inundados de lodo, donde el silbido de los obuses y el olor a sangre formaban una cortina demasiado densa como para atravesarla pensando en nada más que sobrevivir.

El interior olía a carbón y vino barato, y un grupo de hombres en camisa conversaba a medias palabras en francés con el tabernero. Morbury se sentó solo, cerca del ventanuco cubierto por un trapo, y pidió vino rojo. Mientras su mano levantaba el vaso, notó cómo la uña del índice todavía estaba sucia, con esa tierra grisácea de la trinchera. Su uniforme, aunque limpio hacía apenas un día, ya exhibía manchas y desgastes: allí estaba su rango, condenado a perderse en la madeja de suciedad que, en ese momento, sentía como una segunda piel.

Pensó entonces en la carta de Sophie que llevaba en el bolsillo. La había leído tantas veces que las líneas comenzaban a borrarse, y sólo el perfume, un leve rastro floral, le recordaba el jardín donde, hace un año, le prometió esperarlo. Ahora el jardín debía de estar cubierto de hojas muertas, pensó, sólo ramas desnudas recortadas contra la niebla. En ese instante, la puerta se abrió y entró otro soldado; por las insignias, un suboficial alemán. Morbury se tensó, instintivamente buscó la pistola en su cinturón, pero se contuvo: aquel hombre alzó las manos en un gesto de cansancio universal y fue a sentarse al extremo opuesto, sin mirar a nadie.

Tal vez aquella aldea era de las que cambiaban de manos tres veces por semana, o quizá ninguno de los presentes tenía ya fuerzas para denunciar al otro. Era tarde, y la guerra parecía un asunto de otro mundo en ese cuarto iluminado a medias. El alemán pidió el mismo vino, y el tabernero miró primero a Morbury, luego al desconocido. El silencio pesaba más que los cañones.

Charles recordó entonces a Summers, su mejor amigo del colegio, que ahora yacía en algún campo al otro lado de Arras, y por primera vez en semanas dejó que el dolor le atravesara por completo. Un brindis, pensó, aunque sólo fuera en su memoria. Levantó el vaso en dirección al alemán, quien lo observó tras una sombra de sorpresa. El gesto era absurdo, pero ambos se entendieron. El otro alzó su propio vaso, y por unos segundos, la idea de brindar por los muertos, por los que quedaban aún en pie, los unió en el exilio de sus trincheras y sus lenguajes rotos.

De fondo, el crepitar del fuego, una risa apagada, el rumor del viento afuera. Morbury bebió despacio, sintiendo la aspereza del vino en la garganta. Por un instante fugaz, todo se redujo a ese calor artificial, la realidad desvaneciéndose en la penumbra, el peso del exilio compartido sin palabras. Era todo lo que podían permitirse, antes de disolverse otra vez en la guerra, uno hacia el norte, el otro hacia el este, hasta que otra aldea, otra taberna, otro gesto restableciese la tenue promesa de humanidad por encima del estruendo. Cuando terminó su vaso, Charles Morbury se levantó, dejó unas monedas en la mesa y salió al frío, sintiendo que había sobrevivido un día más, aunque una parte de sí mismo hubiese quedado para siempre en aquella noche y en aquel vino compartido con el enemigo.

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