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Portada del relato El último humo sobre Ypres
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Fragmento:


Adelanté apenas un paso y el mundo se rasgó. La artillería enemiga había anticipado nuestro asomo, y los obuses borraron los perfiles de mis compañeros; sus nombres, apenas gritados, se deshicieron como el propio suelo bajo mis pies. Tropecé, caí y el casco rodó lejos, dejando mi cráneo al aire frío. Mi única prioridad era adherirme al suelo, ser indistinguible de la tierra. Durante ese minuto eterno, los gritos de los demás eran los latidos de mi propio corazón. Cada impacto, una apuesta con la suerte.

Duración: 04:06

El último humo sobre Ypres
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El silbato sonó mucho antes de que la niebla levantara, tragando cada sombra, cada figura acurrucada en el barro. El cuero de mis botas se había fundido con el lodo de Flandes, igual que cualquier cosa sólida con el miedo. Recuerdo mirar a Legrand, su cara tan anodina que parecía imposible que la muerte lo quisiera para sí. Pero la muerte acechaba a todos, indiscriminada, vestida de metralla y gases jadeantes en torno a aquellas trincheras.

Cuando ascendimos por la escalerilla de vigas podridas que daba a tierra de nadie, todavía llevaba las cartas de mi hermana en el pecho. Eran la única amenaza cierta al acero que nos esperaba. ¿Por qué algo tan ligero podía pesar más que todo el equipo encima? Quizás porque contenía la promesa de lo irrecuperable: calidez, futuro, cenas bajo el jazmín.

Adelanté apenas un paso y el mundo se rasgó. La artillería enemiga había anticipado nuestro asomo, y los obuses borraron los perfiles de mis compañeros; sus nombres, apenas gritados, se deshicieron como el propio suelo bajo mis pies. Tropecé, caí y el casco rodó lejos, dejando mi cráneo al aire frío. Mi única prioridad era adherirme al suelo, ser indistinguible de la tierra. Durante ese minuto eterno, los gritos de los demás eran los latidos de mi propio corazón. Cada impacto, una apuesta con la suerte.

Vi a Legrand de nuevo, a pocos metros. Intentaba arrastrar a otro soldado herido, ignorando el desgarrón en su propio hombro. Nadie era un héroe en esa profundidad de horror; solo se trataba de ayudar a alguien que, hasta hacía unas horas, compartía cigarrillos y cuentos inventados sobre el futuro. Avancé hacia ellos, sintiendo mis manos convertidas en herramientas primitivas, ajenas a toda destreza. No fuimos rápidos. La metralla volvió a escribir sobre la tierra su mensaje impersonal. Cuando me encontré junto a Legrand, dejó de arrastrar y se limitó a apoyarle la cabeza al herido sobre la propia rodilla, murmurando en un francés infantil.

La lluvia empezó entonces. Al principio, lenta como un recordatorio, luego incesante. Todo el frente quedó oculto tras una cortina de agua plateada. Aprovechamos esa tregua para arrastrarnos a un cráter. Los minutos dentro del hueco parecían no pertenecer a ningún calendario. El herido, que me pareció llamarse Dupont, tenía una mancha oscura bajo las costillas. Legrand repitió su nombre durante un rato, como si el nombre solo pudiera conservar al hombre.

Un instante, el humo clareó y vi el horizonte mutilado. Donde antes había árboles, sólo quedaban muñones encendidos. Entre bombardeos, la humanidad florecía bruscamente: compartimos un poco de agua, un trozo de tela para tapar la herida, una plegaria muda. El suelo segregaba todos los olores de la muerte y la vida descompuesta. Mi mente saltaba entre terrores presentes y esperanzas futuras, como si la memoria necesitase ese vaivén para no desbordar el sentido.

La noche nos encontró asidos unos a otros, tres extraños temporalmente hermanos en el fuego cruzado. Legrand contaba chistes sin sentido e inventaba el menú de una fonda imaginaria en Lyon. Se aferraba a la voz, desafiante ante la muerte, como si cada palabra le indemnizara por lo perdido. Alrededor, solo el chillido de las ratas atrevía a ser tan constante.

Cuando la artillería cesó, la calma se sintió antinatural, como si hubiéramos atravesado el reverso de un cuadro. Emerger del cráter, con un cuerpo yacente que no supimos abandonar ni transportar, fue la obediencia última al absurdo. Pisé barro, sangre, metal, y cuando regresé a la trinchera amiga, ya no éramos los mismos. Me preguntaron cuántos habíamos vuelto, y Legrand solo levantó dos dedos. No aprendimos nunca a contar muertos; aprendimos, a duras penas, a conservar a los vivos.

Esa noche no dormimos. Lena escribió en mi carta siguiente si el viento era tan fuerte allí. No supe responderle. Quizás la guerra era eso: viento y lodo, y la obstinación imposible de los que, cercados, aún compartían media sonrisa o un suspiro, tan tenaz como el último humo sobre Ypres.

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