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Portada del relato Los hombres de la zanja oscura
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Fragmento:


La rutina era un acto de supervivencia. Cortar la carne en tiras, mantener el fusil limpio aunque la oxidación ganara siempre la última batalla, hablar en susurros —no tanto por miedo a los francotiradores, sino porque la voz alta podría atraer la memoria, y en el frente, cualquier cosa que recordase a casa era una amenaza aún mayor que las ratas. El silencio era interrumpido por relinchos de artillería que iban labrando un vocabulario propio en los huesos de los hombres; algunos temblaban al oír ciertas cadencias, otros aprendían a distinguir cuándo era tiempo de agazaparse y cuándo correr a las profundidades de la línea para, quizás, sobrevivir unos minutos más.

Duración: 05:10

Los hombres de la zanja oscura
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Ninguno de los hombres recordaba ya la fecha exacta en la que el sol les pareció por última vez algo más que una afrenta pálida sobre el fango irregular. La trinchera cortaba la tierra franca como una cicatriz aún sangrante, pero ahí abajo, bajo el mundo de los que aún alzan los ojos al cielo en busca de horizonte, sólo quedaba ese mundo de barro, hedor agrio y costillas marcadas bajo uniformes requemados. Wasilewski apoyaba la espalda contra las tablas, mascando migas de pan mojadas en café frío. Había pasado el turno de centinela a Bertrand, que dormitaba con la gorra caída hasta la nariz y una carta sujeta entre los dedos, arrugada y manchada de sangre ya reseca, igual que todas las cosas que valía la pena conservar.

La rutina era un acto de supervivencia. Cortar la carne en tiras, mantener el fusil limpio aunque la oxidación ganara siempre la última batalla, hablar en susurros —no tanto por miedo a los francotiradores, sino porque la voz alta podría atraer la memoria, y en el frente, cualquier cosa que recordase a casa era una amenaza aún mayor que las ratas. El silencio era interrumpido por relinchos de artillería que iban labrando un vocabulario propio en los huesos de los hombres; algunos temblaban al oír ciertas cadencias, otros aprendían a distinguir cuándo era tiempo de agazaparse y cuándo correr a las profundidades de la línea para, quizás, sobrevivir unos minutos más.

En esos días imprecisos, llegó un nuevo recluta. Era un chico apenas mayor de edad, con el rostro enjuto y los ojos que se negaban a aceptar la palidez del barro. Se llamaba Tobias Felder. Le asignaron el rincón más apartado, cercano al parapeto, y nadie le dirigió la palabra durante las primeras jornadas. Bertrand, que todos consideraban el más cínico, se apiadó de él una noche en la que la lluvia cortaba el aire en tiras. Le ofreció un cigarro y el muchacho lo miró como si fuera un prodigio del otro mundo.

—Es más fácil si te acostumbras rápido al olor —le dijo Bertrand, encendiendo el cigarro con una astilla aún tibia de la hoguera clandestina.

—A qué olor —quiso saber Felder, ingenuo.

Bertrand se encogió de hombros.

—A todos. Hay ratas, barro, pólvora y miedo. Aquí hasta las palabras huelen.

Las noches pasaban con lentitud carbonizada. Hubo una en la que el cielo crujió tan cerca que varios hombres se tiraron en el fango, cubriéndose la cabeza, y otro enloqueció gritando nombres que nadie conocía. La metralla trajo consigo cuerpos cercenados, miembros caídos que se reconocían por las botas. Era costumbre buscar en los bolsillos de los muertos alguna pertenencia: una medalla religiosa, tarjetas postales, relojes parados siempre en la misma hora. Los nuevos aprendían a no mirar los rostros, a no dejar que el horror tuviera nombre porque ese era el pacto tácito de la supervivencia.

Wasilewski, cada vez menos hablador, empezó a escribir cartas sin destinatario. Por las noches leía fragmentos en voz alta, trozos de poesía robados del recuerdo o simples líneas en las que describía detalles minúsculos, como el sabor del agua en sus botas, el crujido de su rodilla maltrecha, las alondras que a veces se atrevían a cantar tras los bombardeos. Felder escuchaba fascinado, acaso sin comprender que esos retazos eran el único modo de no perderse en la niebla de la guerra.

Un amanecer, después de una de las catástrofes de acero que se abatía sobre la trinchera como la ira de dioses descompuestos, Bertrand no volvió con el grupo de reconocimiento. Lo encontraron tres días después, grotescamente doblado sobre sí mismo, los ojos abiertos y la boca llena de lodo. Nadie lloró. El rostro de Wasilewski se endureció una muesca más; Felder vomitó hasta que no le quedó nada.

El frente avanzó unos metros, luego retrocedió otros tantos. La tierra, batida una y otra vez, ya no distinguía entre cuerpos ni raíces. Los hombres se hicieron más pequeños, cuadrados y grises, mezquinos incluso en el cariño. Había noches en que Felder soñaba con el grito de su madre y otros en que se abandonaba a la pulsión ciega de sobrevivir, que era, a fin de cuentas, la última religión.

Cierta madrugada, mientras la niebla colgaba baja sobre el parapeto e incluso el silbido de la muerte parecía aletargado, Wasilewski, repentinamente, le tendió a Felder la última carta escrita.

—Léela cuando todo esto termine —dijo.

Felder asintió, sin intención de entender. Quiso preguntar cuándo sería ese “todo esto”, pero Wasilewski ya se alejaba, silueta deforme entre costillas de madera, hombre gastado cuyos ojos brillaban sólo cuando mentía.

Al alba siguiente, un rugido partió lo que quedaba de la línea. Tierra, metal, carne. Después, sólo el silencio, tan pesado que parecía formar parte de la corteza misma del barro. Los días, los meses y —¿quién puede saberlo?— tal vez los siglos, se desmoronaron sobre esa zanja. La carta, pérdida entre restos, flotó durante un instante, antes de hundirse bajo la lluvia.

Nunca hubo respuestas ni finales para los que aguardaban bajo la pólvora y las promesas rotas; apenas esos nombres, alguno susurrado como una plegaria, cuando la noche era tan tupida que ni siquiera el miedo podía encontrar su escondite.

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