Fragmento:
El barro cubierta mi rostro como una máscara rota, sus huellas secas y húmedas soldadas a mi piel igual que el recuerdo de la primera muerte que vi, allá por la arboleda donde los aviones parecían aún cosas del futuro. Aquella madrugada, el viento bailaba sobre las trincheras, trayendo desde la línea enemiga el hedor acre de los cuerpos, y la vaga promesa de la primavera, aunque era enero y el suelo llevaba meses convertido en una ciénaga. Me llamo Anton Weiss y era sastre antes de empuñar un fusil. Aquí, abajo entre maderamen carcomido, el oficio de coser ya solo sirve para zurcir medias reventadas, uniformes hechos jirones o pieles desgarradas.
Duración: 03:30
El barro cubierta mi rostro como una máscara rota, sus huellas secas y húmedas soldadas a mi piel igual que el recuerdo de la primera muerte que vi, allá por la arboleda donde los aviones parecían aún cosas del futuro. Aquella madrugada, el viento bailaba sobre las trincheras, trayendo desde la línea enemiga el hedor acre de los cuerpos, y la vaga promesa de la primavera, aunque era enero y el suelo llevaba meses convertido en una ciénaga. Me llamo Anton Weiss y era sastre antes de empuñar un fusil. Aquí, abajo entre maderamen carcomido, el oficio de coser ya solo sirve para zurcir medias reventadas, uniformes hechos jirones o pieles desgarradas.
El teniente regresó con los hombros encorvados y el ceño partido en surcos. Sus botas chorreaban barro y olía a tabaco rancio. Dijo que el ataque sería justo antes de que el cielo se volviera ceniza. Nadie respondió. Hans, tembloroso, apretó el medallón que siempre transportaba bajo la chaqueta, como si aún quedaran en esta tierra promesas que no se rompían. Yo contaba mentalmente los cartuchos en mi bolsillo, y escuchaba, más allá de los ratones y el rumor de agua filtrada, el latido sordo de la artillería, el monstruo invisible que se había tragado media compañía en apenas un cuarto de hora la semana anterior.
De vez en cuando, algún atrevido asomaba la cabeza por encima del parapeto, espiando la tierra de nadie. Una inmensidad cosmética de alambre de púas, calaveras y cráteres. En la distancia, los árboles morían de pie, amputados en largas siluetas negras por los proyectiles. Era difícil comprender que bajo aquel firmamento herrumbroso, la vida seguía. Un ratón paseaba entre las botas del sargento, un alcatraz pasaba volando a ras de lodo, algún resto de cigarrillo humeaba. El silencio era raro porque el silencio absoluto significaba que en el otro bando también estaban preparando algo letal.
Y llegó la hora. Había quienes besaban estampitas, otros cruzaban palabras breves con el vecino, y algunos, como Hans y yo, solo nos quedábamos mirando el vientre negro del cielo, preguntándonos por qué no huíamos, por qué camuflábamos el miedo bajo la rutina. Al silbido del teniente, escalamos la escalera de madera, uno a uno, y rodamos a campo abierto. El aire era un muro de fuego y el suelo una trampa viva. Corrí junto a Hans, sentí la vibración del barro, vi sus ojos enormes buscando algo más allá del alambre. Todo era confusión: el silbido de las balas, los gritos desgarrados, los grumos de tierra brillante saltando a mi alrededor como si el propio mundo estallara una y otra vez en mis narices.
Era la guerra. Pero, sobre todo, era la espera, la repetición: unos metros ganados, otros perdidos al anochecer. Más tarde, cuando el bombardeo cesó y cuerpos amigos y enemigos quedaban tan mezclados que solo los medallones o las cartas en los bolsillos servían para distinguirlos, me recosté junto a Hans. En su pecho, una flor de sangre se abría temblorosa encima del medallón. Le tomé la mano por última vez, sentí los dedos fríos como el hierro viejo.
Al amanecer, nevaba otra vez, la nieve cubría el barro y el hedor. Los vivos salíamos a recoger cuerpos y petacas, a limpiar armas, a enterrar los recuerdos bajo capas y capas de tierra removida. Los muertos, envueltos en mantas, devolvían el silencio al campo. Yo, sastre vuelto soldado, recogía los hilos rotos de cada día, preguntándome si alguna vez, en alguna parte, tendría el coraje de volver a coser una vida distinta.
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