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Portada del relato Humo sobre el Somme
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Fragmento:


Era otoño y la humedad se le metía hasta los huesos, pero lo último que pasaba por la cabeza del soldado Gessler era el clima. Se había vuelto un fondo constante, igual que el barro y el hedor, decorando una sinfonía de chillidos lejanos, de cañones que no cesaban ni siquiera por la noche.

Duración: 04:07

Humo sobre el Somme
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Era otoño y la humedad se le metía hasta los huesos, pero lo último que pasaba por la cabeza del soldado Gessler era el clima. Se había vuelto un fondo constante, igual que el barro y el hedor, decorando una sinfonía de chillidos lejanos, de cañones que no cesaban ni siquiera por la noche.

Ese amanecer lo sorprendió encajonado en la tierra, en ese mar marrón donde hombres y ratas se peleaban la comida con disimulo. Yacía con el fusil apretado, con los dedos duros de frío, y escuchaba cómo los oficiales murmuraban sobre la posibilidad de un avance. "Un movimiento a la izquierda", decían, aunque todos sabían que significaba exactamente lo mismo que antes: saldrían, correrían, y solo unos regresarían.

Un silbido lejano zumbó sobre sus cabezas, y una bomba cayó a escasos metros de donde reposaba el cuerpo de su amigo Louvain. No quedaba nada allí salvo una mancha roja en la lona de la trinchera. Nadie gritó. Nadie podía. El grito era interior, rugía en el corazón, despellejando las partes menos endurecidas de los que aún respiraban.

Las postas médicas estaban llenas de sombras, de hombres retorcidos con vendas amarillas empapadas. Caminaban como espectros, cruzando miradas que apenas recordaban el color del pasado. Gessler se sentía vacío por dentro, golpeado por la ausencia de sueños. Y sin embargo, cuando llegó la orden, se levantó igual que los demás, se arrastró con las botas de otro muerto—las suyas destruidas hacía dos semanas—y avanzó al filo de lo que podría llamarse cordura.

Por encima de su cabeza el cielo era una sábana sin nombre. No podía permitirse mirar arriba, y mucho menos rezar. Los rezos los había perdido cuando vio cómo un joven apenas afeitado disparó sobre un enemigo caído, y se quebró a llorar después, los ojos amplios como los de un niño que ve la noche por primera vez.

Hubo un instante—siempre hay un instante—en el que el mundo se detuvo para Gessler. Un gemido bajo su talón, un cuerpo incrustado en el barro, aún caliente, todavía su dueño. Sus dedos tropezaron con una cadena, una medalla esculpida con la Virgen. Pensó en su hermana. Pensó que tal vez alguien, en alguna otra parte, también levantaba los ojos implorando por su regreso.

El asalto fue confuso. Movimientos entre brumas verdosas, un viento helado del norte y la sensación de que el tiempo era solo una palabra hueca. Las balas no preguntaban nombres. A cada explosión, trozos de madera y cuerda saltaban en todas las direcciones. Gessler se deslizó entre cráteres, con el sonido de una respiración desgarrada siguiéndolo cerca del oído. No estaba solo. Nadie lo estaba, y sin embargo, cada uno era una isla.

Se encontró junto a otro soldado, el sargento de su escuadra, un hombre que había dejado de pedir silencio y ahora solo exigía moverse. Se lanzaron, uno tras otro, en una coreografía de supervivencia. Un enemigo emergió frente a ellos, la mirada vacía, los labios repitiendo algo incomprensible. Nadie disparó. El enemigo cayó. No supieron si fue el miedo o la bala de otro.

Cuando la noche volvió, el frente parecía dormido, pero nadie osaba cerrar los ojos. Los pensamientos de Gessler se amontonaron: la textura de la sopa fría, la ausencia de Louvain, el estremecimiento de haber guardado una medalla ajena en el bolsillo. Le pesaba la duda, el terror de descubrir en sí mismo un hombre distinto al que había sido antes de todo aquello.

La madrugada trajo la niebla, de nuevo el telón. Se escuchó un canto apagado, tal vez un enemigo rezando en su lengua natal, o tal vez un muchacho loco, arropado por el insomnio. Gessler se abrazó a la tierra expectante, consciente de que cada día era prestado, y que incluso en ese infierno, la posibilidad de compasión todavía resistía, aunque fuera en el roce momentáneo de una mano amiga, el rescate de un amuleto, una mirada que no huyera despavorida ante los recuerdos.

Eso era la guerra. No el estruendo de los disparos ni el brillo sanguinolento de la bayoneta, sino el secreto susurro que insistía, noche tras noche, en recordarle a los que sobrevivían, que seguir vivos era la más ardua de las batallas.

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