Fragmento:
Jakob se levantó torpemente, apretando los dientes por el frío y el recuerdo de su madre en Viena, ausente, transparente, tan irreal como el sueño de volver a pisar una calle sin ese olor rancio a cuerpos decomponiéndose. El Sargento venía gruñendo por el pasillo de tablas, botas chorreando fango, barba erizada de mugre y ojos cansados, pero feroces como cuchillos viejos. “Alerta en el sector norte”, gruñó, y los hombres se pusieron en marcha con resignación brutal. Cada uno cargando su fusil como quien arrastra una condena, pensaban en la carta sin enviar, la fotografía de la prometida, los bigotes sucios del médico que les había prometido una inyección si les daban fuerte en el pulmón.
Duración: 03:45
Había un hastío frío e hiriente en el aire de aquel amanecer de noviembre, una humedad espesa que se pegaba a los huesos y parecía meterse bajo la piel aún antes de salir del refugio. Daba igual si llovía, si caía granizo, si el viento venía del oeste o del infierno: ahí dentro, en la trinchera silenciosa, lo único cierto era el olor a barro, pólvora y muerte reciente. “Despierta, Jakob”, susurró el Húngaro, su voz ronca de tanto toser y de tan poco dormir, mientras el rojo plomizo del alba comenzaba a filtrarse por encima del laberinto de sacos de arena. Había pasado ya mucho tiempo desde que a tu lado te susurraban el nombre sólo para compartir cigarrillos o anécdotas. Ahora sólo buscaban confirmación de que seguías vivo, de que no eras un nuevo bulto putrefacto con los ojos abiertos al vacío.
Jakob se levantó torpemente, apretando los dientes por el frío y el recuerdo de su madre en Viena, ausente, transparente, tan irreal como el sueño de volver a pisar una calle sin ese olor rancio a cuerpos decomponiéndose. El Sargento venía gruñendo por el pasillo de tablas, botas chorreando fango, barba erizada de mugre y ojos cansados, pero feroces como cuchillos viejos. “Alerta en el sector norte”, gruñó, y los hombres se pusieron en marcha con resignación brutal. Cada uno cargando su fusil como quien arrastra una condena, pensaban en la carta sin enviar, la fotografía de la prometida, los bigotes sucios del médico que les había prometido una inyección si les daban fuerte en el pulmón.
Las ratas correteaban sobre los cadáveres medio enterrados en el suelo de la trinchera, no muy distintos a ellos, comiendo lo que podían, sobreviviendo a disparos de puro ocio por parte de los centinelas aburridos. Nada había tan aterrador como los bombardeos de la noche anterior, los que hacían temblar todo hasta que los pulmones parecían llenos de ceniza. Nada salvo ese goteo constante de hombres que se vaciaban por las balas enemigas, anónimas, venidas de la oscuridad más allá de la alambrada, de donde nunca llegaba ayuda, solo más muerte.
Al anochecer, entre la lluvia fría y la niebla, los hombres esperaban la señal. En la mano de Jakob, la bayoneta relucía pálida y la carta para Pauline se arrugaba en el fondo del bolsillo, sin sello, sin fecha, sin esperanza. El Sargento, que había visto morir a más de los que jamás recordaría, murmuró una oración con voz trémula, como si supiera que esa noche sería distinta. El asalto comenzó con un silbato roto, un aullido de órdenes mezclado con los gritos de los jóvenes. Jakob avanzó tras el humo, sentía el barro bajo las botas, los cuerpos caídos tropezando sobre el pecho y la sangre brotando alrededor como una lluvia gruesa y caliente.
Una vez en tierra de nadie, la guerra era todo olor y tacto: el hedor a pólvora, el calor de la sangre enemiga sobre los dedos temblorosos, la cercanía grotesca de los ojos opacos de alguien que apenas hacía unos minutos pensaba en su propio hogar lejano. El filo, la carne, la súplica y el silencio que seguían, sólo interrumpidos por el martilleo lejano de nuevas explosiones y por los gemidos de los heridos, que suplicaban agua, una madre, el final sin más dolor.
Cuando llegó el amanecer, Jakob seguía vivo. Temblaba bajo el abrigo ensangrentado, los músculos duros y el alma vacía. Solo pensó en Pauline y en cómo, esta vez, sí escribiría la carta, pero otra mano, más firme que la suya, se la arrebató: la muerte, paciente, seguía esperando. El frente, mutado pero indiferente a las plegarias y los nombres, seguía adelante, tragando hombres bajo una lluvia interminable de cenizas y barro. Allí, entre ratas y cenizas, la esperanza era sólo otra historia que contar junto al rumor de la artillería lejana.
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