Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Edición limitada de la novela Anatema.
Dire Bound. Alma de lobo
La niñera
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Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Portada del relato Caminos de barro
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Fragmento:


Paul Minet, que llevaba dos semanas sin dormir más de una hora seguida, lo observó con la indiferencia de quien ha decidido no esperar nada de nadie, ni de sí mismo. Bajo la lluvia constante, el mundo consistía solamente en el sonido de botas chapoteando, los ecos sordos de artillería y el zumbido atroz de miles de moscas. Paul le hizo un gesto para que se agachara junto a la ametralladora, justo cuando la primera ráfaga de la mañana hundió a tres ratas en la zanja.

Duración: 04:17

Caminos de barro
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Nadie recuerda el nombre exacto del hombre que llegó de refuerzo aquella madrugada de marzo, cuando la humedad se pegaba como una segunda piel y el mundo terminaba en el tronco podrido de un árbol muerto al borde de la trinchera. Cayó de rodillas en el fango y, con un suspiro ahogado, susurró algo con una voz de niño rezando. Podía haber sido Emile o Laurent, tal vez Louis, pero en la memoria de los que aún respiran su silueta es apenas un recorte tembloroso contra el resplandor de las bengalas. Sus botas, demasiado nuevas, se adherían al barro como si quisieran impedirle avanzar, y en su rostro sin barba flotaba un asombro animal.

Paul Minet, que llevaba dos semanas sin dormir más de una hora seguida, lo observó con la indiferencia de quien ha decidido no esperar nada de nadie, ni de sí mismo. Bajo la lluvia constante, el mundo consistía solamente en el sonido de botas chapoteando, los ecos sordos de artillería y el zumbido atroz de miles de moscas. Paul le hizo un gesto para que se agachara junto a la ametralladora, justo cuando la primera ráfaga de la mañana hundió a tres ratas en la zanja.

“¿Vienes de Marsella?”, preguntó Paul, desinteresadamente. El muchacho asintió. No tenía tabaco, ni agua limpia, ni cartas de casa. Era la quinta cara nueva que veían en lo que iba del mes, y los hombres de la escuadra ya no preguntaban nombres. El sargento André, calvo y con un tic nervioso en el ojo izquierdo, repartía órdenes escuetas y miraba siempre hacia el este, donde los árboles partidos albergaban la amenaza de otro ataque. Alguien comentó que los alemanes estaban mezclando gas con las tormentas; que los pantalones manchados se deshacían de la noche a la mañana; que los cuervos ahora volaban en círculos más grandes, como si esperaran algo caído del cielo.

El barro lo era todo. Lo tocaba, lo unía y lo despedazaba todo. Paul recordaba el cabello de su hermana, atrapado en un trapo blanco, cuando limpiaba la sangre de un gato atropellado en la calle de Arles. Recordaba el olor dulce y pegajoso, tan similar al aire de la trinchera tras una noche de lluvia y muerte. Los hombres compartían recuerdos en silencio, a través de miradas fugaces, casi como si se dieran calor en la palma de la mano, cubriendo cicatrices invisibles.

El nuevo —ese muchacho de ojos grandes y uñas destrozadas— fue puesto en la patrulla de reconocimiento. Tuvieron que arrastrarse entre remolinos de agua contaminada, cruzando el campo de alambre espinoso donde los cadáveres hinchados eran la única protección contra la luz. La misión era sencilla y absurda: medir la distancia hasta la siguiente línea alemana, recoger cualquier cartucho extranjero, volver antes del amanecer.

En medio del barro, uno de los muchachos resbaló y profirió un juramento. El novato contuvo la respiración y, por un momento, creyó que podía desaparecer enterrándose. Todos lo querían hacer. Paul, a su lado, escuchó su llanto apenas contenido y pensó en las gaviotas de su infancia, en la voz de su madre llamándolo a cenar, en un mundo anterior a la violencia sin sentido. Cuando el muchacho se levantó, tenía las manos cubiertas de excremento y sangre. Paul puso una mano sobre su hombro, un gesto de consuelo y sentencia.

La patrulla volvió con uno menos. Nadie supo con certeza en qué momento faltó un rostro, uno de los silenciosos, porque en la niebla todos parecían la misma sombra cansada. El sargento André apuntó el nombre en un papel manchado y lo guardó en la bolsa de pan. El barro engulló la historia, como engullía botas y promesas y cartas nunca enviadas.

Antes de que llegara el alba, el muchacho de Marsella le preguntó a Paul si creía que alguien los recordaría después. Paul no respondió. Miró hacia la línea donde la tierra se rompía en colinas de cráteres, donde la esperanza era un chicle sin sabor y la lluvia arrastraba todo hacia una balsa de olvido. El barro no quería respuestas. Solo pedía cuerpos, noche tras noche.

Y así terminó el día, y comenzó otro. Miles de pasos removiendo la misma agua sucia, miles de nombres que se perderían en la niebla. De vez en cuando, alguien recordaba un rostro o una voz, y en esos entreactos la guerra tenía la forma del miedo, de la memoria y del deseo de volver, aunque fuera al sueño de una infancia imposible. Nadie conocía el final verdadero. Todos seguían adelante, uno menos cada mañana.

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