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Portada del relato Noches de lodo y pólvora
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Fragmento:


Aquella noche el lodo nos había ganado la batalla. Sombras famélicas se arrastraban por las trincheras, con los jerséis pegados al torso por el sudor y la lluvia. Pierre, mi compañero de litera, ronca como un animal herido, pero sigue vivo; desde que perdió la mitad de la mano izquierda sus cartas a casa son cada vez más largas, y menos ciertas. Yo no escribo. ¿Para qué? Mi madre ya no entendería lo que tengo que decirle, y los soldados no lloramos —al menos, no lo hacemos durante el día.

Duración: 03:55

Noches de lodo y pólvora
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No sé si fue el estruendo o el temblor. Lo cierto es que la muerte llegaba siempre envuelta en los mismos colores: un marrón imposible que el barro transformaba en tumba, y ese gris ceniza que sólo en Francia, en 1916, adquiría el tono de los huesos rotos. Me llamo Marcel Jeunet, tenía, entonces, veintitrés años —y la rica ilusión de que algo tenía sentido, quizá incluso el dolor.

Aquella noche el lodo nos había ganado la batalla. Sombras famélicas se arrastraban por las trincheras, con los jerséis pegados al torso por el sudor y la lluvia. Pierre, mi compañero de litera, ronca como un animal herido, pero sigue vivo; desde que perdió la mitad de la mano izquierda sus cartas a casa son cada vez más largas, y menos ciertas. Yo no escribo. ¿Para qué? Mi madre ya no entendería lo que tengo que decirle, y los soldados no lloramos —al menos, no lo hacemos durante el día.

Averigüé lo que era la guerra al ver cómo la tierra escupía hombres. No hay otra forma de decirlo. Los cuerpos, o lo que quedaba de ellos, se mezclaban con raíces y casquillos, y una vez vi una lombriz moverse dentro de un cráneo partido como si le resultara la cosa más natural del mundo. El cabo Lucas, un chico que hablaba de poesía antes de dormir, encontró, una mañana, una oreja y un anillo de bodas, juntos bajo una gotera de la tarima. Nadie preguntó a quién pertenecían.

La mañana del 2 de agosto recibimos la orden de avanzar. Irónico: avanzábamos igual que los cangrejos, con pasos laterales, torpes, como si el barro mismo intentara impedir ese absurdo. El sol, un disco pálido, solo servía para recordarnos la distancia entre unos y otros, separados por el deseo de volver a casa y el miedo a perder la cabeza —literalmente— por la esquirla de un proyectil. Me pareció escuchar, entre el aullido de la artillería, el llanto de alguien rezando, pero quizá era mi propia voz, multiplicada en el eco de mi casco.

Avanzar era un verbo sucio. Significaba saltar, cubrirse, arrastrarse. El oficial gritó, eché a correr. Sentí el filo del alambre en mis guantes; tierra, una ráfaga, el olor espeso de la carne rota. Pierre detrás de mí, luego nadie. Avanzar era sobrevivir. Avanzar era mirar por encima del parapeto y ver los ojos vacíos de los alemanes, igual que los nuestros, preguntándose por qué. No existía el odio, sólo el cansancio.

Aquella tarde, tras el ataque, recogimos lo que quedaba: las fotos, los botones, los fragmentos de cartas manchadas de sangre. Un reloj detenido a las 12:17. Devolvimos los restos del cuerpo de Lucas a la tierra. Alguien —creo que fue André— dejó una flor arrancada entre los dientes del cráter. No rezamos. El silencio era más digno que cualquier plegaria.

Al caer la noche, en la trinchera, el frío nos ganó. Nadie durmió. Pierre lloró, creyendo que nadie lo oiría, pero todos oímos. Yo pensé en la promesa de la vuelta, en la mentira del regreso. Caían estrellas, algunas incendiadas por los obuses, otras reales. Hubo un amago de risa, ahogada por el miedo a ser oídos por una patrulla alemana. La guerra reducía los sueños al instinto: hambre, frío, miedo, cansancio…

Al amanecer, los pájaros volvieron a cantar. No era posible, lo juro. Entre el hedor de la descomposición y el mugido lejano de una vaca extraviada, un gorrión saltó sobre una tabla, ajeno al drama. Pierre lo miró, y yo. No reconocimos nada de lo que fuimos antes de la guerra. Y sin embargo, la vida temblaba, aún, en lo improvisado. Quizá, pensé, aquel minúsculo temblor era lo único por lo que valía la pena seguir adelante. La guerra no acabaría pronto, ni para nosotros, ni para los que aún tuvieran el privilegio de leer estas palabras, mucho después de que el barro nos trague.

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