El despertador sonó a las 5:17, un timbre afilado que desgarró el sueño, arrastrando a la detective Maite Arnáiz de vuelta a la realidad. Mientras se frotaba el rostro aún marcado por la almohada, sabía que aquela jornada no sería distinta a las anteriores. Llovía, porque en la ciudad siempre llueve cuando se anuncian desgracias, y ella, vestida con su largo abrigo de lana y aquellas botas impresentables que la hacían parecer más alta, empujó la puerta de casa sin desayunar.
El café apenas humeaba en el vaso de cartón cuando cruzó la cinta policial que marcaba el final de la calle de la Catedral. Interminables luces de neón, algún periodista husmeando, el mismo charco de sangre que ya había olido a distancia. “Otra vez”, murmuró el agente de guardia, un muchacho que aún no se acostumbraba al hedor de la muerte.
Bajo el paraguas, Maite descendió al pozo oscuro del callejón. La brisa traía notas de óxido, alcohol y barro, y el cuerpo de Laura Mendoza yacía a un lado, cubierto hasta la cintura por una sábana policial. El forense, un hombre enjuto de barba rala, la saludó con un asentimiento.
—La golpearon y la ataron. Pero no murió aquí —dijo él.
Maite asintió. La chica tenía marcas de eslingas en las muñecas, un tatuaje a medio cicatrizar en la nuca y los labios aún húmedos de carmín rojo. El bolso, un clutch caro, estaba abierto a un lado. Solo una tarjeta de visita: “Zafiro – Club Privado” y un número de teléfono.
—¿Testigos? —preguntó Maite.
—Nadie. Ni un gato.
Sabía cómo funcionaba la ciudad: ojos ciegos, oídos sordos, mentes mudas. Lo único que hablaba era el dinero, y la sangre corría por debajo de las baldosas como un río subterráneo.
Un paso detrás de ella resonó en los adoquines. Era el subinspector Iván Prieto, con su mirada dura y su aliento a menta.
—Todo apunta a que es el mismo de los otros dos casos —dijo, ofreciéndole un informe mojado de la impresión reciente—. Tiene patrón: chicas jóvenes, lugares discretos, siempre con ese tipo de bolsos.
—Y mensajes encriptados —añadió Maite, levantando la tarjeta—. Hay que ver quién responde este número.
De camino a la comisaría, el tráfico era un animal herido que embestía con bocinazos y sirenas. Maite pensó en Laura: veintiséis años, titulación en gestión de arte. Su padre había llamado la noche anterior, nervioso. “No ha regresado, nunca hace eso, la última vez que la llamé estaba en un restaurante del puerto”.
Como una pieza de dominó, cada dato caía y derribaba al siguiente. En la sala de interrogatorios, Maite marcó el número de la tarjeta. Dos tonos y una voz grave respondió, con la música de fondo de un local nocturno.
—Zafiro. ¿Le atiendo?
—Soy de la policía. Laura Mendoza, ¿la conoce?
Pausa. Una respiración entrecortada.
—¿Ha… ha pasado algo?
—Está muerta —dijo Maite, con la sequedad de quien ya no puede permitirse la conmoción.
La línea murió.
Repasaron la cámara de seguridad de la zona. A las 3:15, un coche negro –un Mercedes SLS de matrícula cubierta de barro– se acercó al callejón. Laura bajó del taxi, sonrió y saludó. Un segundo después, el auto negro paró a su lado. Una figura masculina, alta y de hombros anchos, la abordó.
—¿Reconoces ese coche? —preguntó Iván.
—De los narcos de la zona. O de abogados con doble vida —respondió Maite—. Pide rastreo de matrículas en talleres de chapa.
Mientras la lluvia aumentaba la presión sobre los cristales, Maite volvió a escuchar en bucle la conversación con el club Zafiro. La voz, la falsa sorpresa, la pausa que alguien hace cuando piensa qué responder para no delatarse. Anotó el número y ordenó pinchar la línea.
Al anochecer, tenía una lista de clientes VIP del club, gracias a una camarera con miedo y facturas por pagar. Entre ellos, el abogado Francisco Narejos, conocido por defender a tipos poco recomendables y coleccionar coches caros. También era asiduo al club y había presentado reclamaciones recientes por extorsión encubierta.
Maite revisó informes hasta que la oscuridad se le pegó a la piel y decidió visitarlo al día siguiente.
La casa de Narejos era una fortaleza. Ladrillo visto, alarma, perros de raza adiestrados. Cuando les abrió, no llevaba corbata y tenía manchas de barro en los bajos del pantalón. Fingió sorpresa al saber de la muerte de Laura.
—No la conocía bien, solo de vista. A veces compartíamos mesa en el club, por protocolos de networking —dijo con voz estudiada.
—Nos han dicho que la vieron anoche en su coche —declaró Maite.
—Eso es imposible. Yo estuve en casa desde las diez.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Mi esposa, pero duerme y no quiero importunarla.
Un ladrido cortó la conversación; un perro se sacudió mojando la moqueta.
Maite inspeccionó la casa: cartas desordenadas, una caja fuerte abierta, varios carnés falsos. En el garaje, el Mercedes. Con manchas de barro recientes.
—¿Puedo ver el garaje? —preguntó sin esperar respuesta, abriendo la puerta. El olor metálico era inconfundible: sangre vieja todavía oculta bajo una alfombra de goma.
—Eso… un animal atropellado…
Pero Iván ya recogía una bufanda roja, hecha jirones y con iniciales bordadas: “L.M.”
—¿Sabría decirnos qué hacía esto aquí?
Narejos se encogió de hombros. Por primera vez bajó la mirada.
—A veces compartíamos coche. Quizá la olvidó.
Un mensaje en el teléfono de Maite cortó su respuesta. El análisis de las cámaras del club mostraba a Laura, nerviosa, hablando con Narejos solo una hora antes de su muerte. Un gesto en sus labios: miedo, súplica, una amenaza sorda.
Al registrar la agenda telefónica de Narejos, descubrieron mensajes cifrados a un contacto llamado “Libra”. Amenazas, chantajes, pagos en efectivo.
El círculo se cerraba.
Horas después, en la sala de interrogatorios, Narejos lloró. Confesó sin mucha dignidad: Laura le chantajeaba con unas imágenes comprometedoras; él la citó para negociar, la golpeó sin querer y, en el arrebato, la mató. Alguien de dentro del club se había encargado de borrar pruebas… un ‘favor’ comprado con dinero sucio.
La ciudad siguió martilleando la noche con sus gotas interminables de lluvia. Maite, exhausta, buscó respuestas entre expedientes sin cerrar. Porque siempre hay un nuevo caso en la niebla, donde las sombras tienen voz y los secretos mueren a la luz de una linterna.
El alba llegaba despacio: gris, como el futuro de todos los que prefieren mirar hacia otro lado.
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