Fragmento:
Avanzó por la acera, bota tras bota, bajo un toldo donde se refugiaban sombras anónimas. En la esquina, el ciego del saxofón dejó de tocar “Harlem Nocturne” lo justo para escupir al suelo. Mike le tendió un billete arrugado. “¿Esta noche?” preguntó, y el ciego asintió, tragando saliva. “Alguien busca limpiar cuentas viejas”, musitó, “esa sangre no se enjuaga ni con toda la lluvia de mierda de este mes”.
Duración: 04:56
El aguacero era una sábana negra lavando la ciudad, y la lluvia raspaba el asfalto como si buscara algo perdido y roto años antes. La capucha de Mike Cavanaugh chorreaba un ácido azul bajo el neón de la licorería, mientras él apretaba la empuñadura de su Smith & Wesson bajo la chaqueta barata. A lo lejos, un taxi jadeaba como un animal herido. La medianoche olía a whisky rancio, sudor y esperanza muerta. La ciudad estaba desnuda para él, mostrando cicatrices cosidas con cinta policial y promesas incumplidas.
Mike llevaba catorce años surfeando el filo de esa navaja que llamamos ley. Era bueno, demasiado bueno, así que la corrupción lo buscaba. Había aprendido a oler una mentira antes de que brotase de los labios, a distinguir el perfume del miedo de la colonia barata. Aquella noche no era diferente, salvo por el mensaje que había recibido media hora antes: un sobre amarillo, sin sello, depositado en el hueco de correo de su cochambroso apartamento de la 89 con Main. Dentro, una foto y una frase escrita con letras recortadas: “CUATRO NO SERÁN SUFICIENTES. PASARÉ AL QUINTO”.
La foto era del cadáver de un vagabundo, la cara contraída en un rictus de sorpresa, los ojos dos piedras de locura congelada. Había visto esos ojos antes. Uno, dos, tres, cuatro cadáveres en las mismas condiciones, todos sin nombre, todos en los márgenes de la ciudad, todos invisibles para cualquiera que no fuera Mike Cavanaugh. Pero esta vez la amenaza era para él, o eso quería creer. Los relámpagos dibujaban líneas de sombra en el muro de ladrillo mientras desenfundaba el arma, paladeando el sabor a metal y miedo junto a su lengua.
Avanzó por la acera, bota tras bota, bajo un toldo donde se refugiaban sombras anónimas. En la esquina, el ciego del saxofón dejó de tocar “Harlem Nocturne” lo justo para escupir al suelo. Mike le tendió un billete arrugado. “¿Esta noche?” preguntó, y el ciego asintió, tragando saliva. “Alguien busca limpiar cuentas viejas”, musitó, “esa sangre no se enjuaga ni con toda la lluvia de mierda de este mes”.
Las pistas eran huesos lanzados a un perro rabioso: una tarjeta de presentación rota en dos, con solo la dirección de un motel de paso; un botón negro, liso y pesado, de un uniforme de vigilante privado; el fragmento de una cinta VHS rota, empapada en algo que olía a sangre y amoníaco. Todo señalaba al Motel Eclipse, ese vertedero de historias rotas donde las sábanas guardan secretos más sucios que sus clientes.
Mientras subía las escaleras oxidadas, Mike repasó mentalmente los detalles: los cadáveres abandonados, la falta de huellas, ese símbolo tallado en el torso de cada víctima —dos líneas paralelas, como un doble uno romano, abiertas hacia abajo. Era un lenguaje y Mike estaba aprendiendo a leerlo.
En la habitación 14, tras la puerta astillada, encontró a la quinta víctima: aún caliente, la sangre empapando el colchón en una mancha que recordaba a una mariposa negra posada en la piel de la ciudad. El aire era tan denso que el silencio dolía. Un televisor parpadeaba, mostrando nieve y palabras entrecortadas de una telenovela vieja. La víctima era una mujer: cabello corto, las uñas pintadas de azul, las manos atadas con un cable coaxial, el mismo símbolo grabado en el pecho.
La habitación apestaba a perfume barato y a la electricidad tensa del peligro próximo. Sobre la mesita, otro sobre amarillo. Dentro, la foto de Mike, tomada desde la calle, bajo la lluvia, esa misma noche. “AHORA ERES TÚ”, rezaba la nota.
El pulso de Mike tamborileó en sus sienes. Miró a su alrededor. Alguien estaba jugando con él, y no era un aficionado. Pisadas frescas en la alfombra, el rastro de humo de cigarrillo mentolado… El asesino estaba cerca, quizás aún lo observaba.
Desenfundó, espalda a la pared. Salió al pasillo, alzó el arma. De una habitación contigua, un chasquido: tal vez un resorte, tal vez el cerrojo de un arma larga. El instinto lo empujó a rodar al suelo justo cuando una ráfaga le rozó la oreja y machacó el yeso de la pared tras él. Se levantó, disparando dos veces a donde creía sentir aire moviéndose. Un gemido, luego pasos apresurados. Perseguía una sombra.
Bajaron las escaleras a trompicones, disparos, lluvia de metralla y agua sucia. El asesino patinó, cayó de lado. Mike llegó a tiempo de verle el rostro: una cicatriz del mentón al pómulo, sonrisa de lobo, y el uniforme azul de una agencia de seguridad estatal. Era un conocido: Frankie Driscoll, viejo amigo, compañero en tiempos mejores.
“¿Por qué, Frankie?” gritó Mike, mientras el otro sangraba y reía, mascando dolor y rabia.
“Querían limpiar el pasado”, jadeó Frankie. “Nos usaron, igual que antes. Pero nadie puede matar a los fantasmas, Mike. Tú eres uno de ellos.”
El último disparo fue misericordioso. Frankie dejó de retorcerse. Afuera, la sirena de los patrulleros partía la noche en dos mitades irrecuperables. Mike encendió un cigarro, soltó el humo por la ventana abierta y contempló la ciudad debajo: siempre lavándose, siempre sucia. La lluvia seguía buscando lo que nadie encuentra —el alma perdida de una ciudad que se mata y se redime a balazos, noche tras noche.
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