Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La niñera
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato Niebla en la Avenida Decimotercera
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Fragmento:


Me tiró el sobre sobre la mesa. Peso específico de lo irrecuperable. Fotografías en blanco y negro, sellos oficiales desvaídos, el cuerpo de Angela Flores sobre la baldosa marmórea del Halland Hotel. El ángulo del cuello sugería el diálogo violento de un adiós premeditado. "¿Quién más lo ha visto?", susurré, intentando ignorar el temblor en mis dedos. El hombre negó con la cabeza. "El jefe quiere que lo limpies. No habrá recompensa esta vez, solo la palabra empeñada de que nunca sucedió".

Duración: 03:29

Niebla en la Avenida Decimotercera
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El siamés de la ventana pelaba el lomo contra el vidrio sucio con la misma insistencia con que la ciudad martilleaba mi cráneo cada madrugada. Afuera, la lluvia mezclaba sangre y humo en los charcos del asfalto vencido. La sirena lejana me hizo resbalar una vez más en el filo de la consciencia y encendí otro cigarrillo, aunque el informe clínico decía que no debería ni mirarlos. El timbre sonó y mi reflejo pareció vacilar en la penumbra: tal vez no estaba listo para abrir esa puerta, ni para lo que, inevitable, iba a entrar por ella.

El hombre que apareció bajo la luz ámbar del recibidor era de esos que acumulan horas sin dormir bajo los ojos, el rostro tallado por años de papeles mojados y mentiras mal hiladas. Llevaba un sobre manila bajo el sobaco y la voz rota de quien no teme más a los muertos que al calendario. "La encontré. Está como dijo: intacta. Pero eso no significa que no haya hablado antes", murmuró, cerrando la puerta sin mirar atrás. No pregunté por la identidad de "ella". Nunca preguntes lo que no puedes soportar escuchar.

Me tiró el sobre sobre la mesa. Peso específico de lo irrecuperable. Fotografías en blanco y negro, sellos oficiales desvaídos, el cuerpo de Angela Flores sobre la baldosa marmórea del Halland Hotel. El ángulo del cuello sugería el diálogo violento de un adiós premeditado. "¿Quién más lo ha visto?", susurré, intentando ignorar el temblor en mis dedos. El hombre negó con la cabeza. "El jefe quiere que lo limpies. No habrá recompensa esta vez, solo la palabra empeñada de que nunca sucedió".

Tomé el abrigo del respaldo de la silla y empujé el recuerdo del rostro de Angela al rincón de mi memoria donde van las cosas perdidas e irrecuperables. La noche masticaba luz bajo los faroles. Caminé las ocho cuadras hasta el Halland Hotel, pensando que el whisky haría menos frío el trayecto sobre adoquines resbaladizos. En el vestíbulo, el portero evitó mi mirada. Les enseñé la placa y el miedo cambió de dirección: "Segundo piso. Habitación 214. La señora todavía... todavía está ahí".

Subí despacio, paladeando el aire estancado de las penumbras. Los pasos amortiguados por la moqueta mugrienta. La cinta policial pendía floja de la manija de la puerta como una promesa no cumplida. Abrí. La mancha oscura en el mármol era más grande de cerca, el olor metálico mezclado con el perfume marchito de flores olvidadas. El reloj de la mesilla marcaba las tres y catorce. El agua de la ducha seguía goteando en el baño. Y la ventana estaba abierta.

Me agaché a examinar el cadáver. La línea de la yugular, la tensión de los dedos: Angela no murió suplicando, sino luchando. Saqué una foto del bolsillo del sobre y la comparé con su boca. El recorte que faltaba en la esquina del labio: un mensaje, tal vez, o la mano temblorosa del asesino. Había visto suficiente. Fui al baño, abrí la alcachofa, y metí la foto entre los azulejos tras el espejo. El caudal de agua caliente arrastraría la prueba lejos del alcance de los sabuesos.

Al salir del hotel, la lluvia pegó mi ropa al cuerpo, y sentí otro tipo de suciedad. Llamé al contacto desde una cabina en la Quinta. “Está hecho”, dije, “pero esta ciudad nunca olvida, incluso si tú lo haces”. Corté antes de escuchar la respuesta. La noche tenía filo, y yo, las manos aún mojadas. Pero había cumplido otra tarea para el jefe, aunque el fango quedara ahora bajo mis tacones, allí donde la lluvia no lo borraría jamás.

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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.

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