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Fragmento:


Examinar el papel era un acto de fe y precisión. Scarpetta lo retiró con unas pinzas. En él, en letras temblorosas, leídas mil veces antes de ser escondidas: "No digás mi nombre. Ya saben dónde buscar."

Duración: 06:39

No Digás mi Nombre
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La lluvia caía con la obstinación de una penitencia sobre los tejados de Boston, entorpeciendo el tráfico y sumiendo la ciudad en una penumbra acuosa y fría. Kay Scarpetta, enfundada en su gabardina azul, observaba cómo las goteras golpeaban el parabrisas, cada golpe un recordatorio de que el tiempo se agotaba. No quería estar allí, en un domingo sin gloria, pero la llamada del inspector Marino había sonado como una sirena inevitable: “Tenemos un cuerpo en Back Bay. Es uno de esos casos raros, Scarpetta. Si tienes algo mejor que hacer, te envidio”. Pero ella nunca tenía algo mejor que hacer. No desde hace años.

Las luces parpadeantes de los coches de patrulla dibujaban reflejos verdosos sobre los charcos de la acera. El edificio era uno de esos bloques viejos blanqueados por la indiferencia, donde las cortinas tenían el color mustio del escepticismo. Al ver a Marino esperando en el portal, con esa postura rígida de perro guardián, supo que, fuera lo que fuera, ya llevaba tiempo oliendo a muerte.

"No te va a gustar", le murmuró su amigo al tomarle el brazo. "¿Has desayunado?"

"Un café miserable y una tostada", respondió, cruzando el umbral.

El hall hedía a humedad y algo más, una nota ácida en el aire que reconoció de inmediato: sangre seca, orines, el tufo denso de la violencia contenida en una trampa hermética. El ascensor estaba fuera de servicio, así que subieron despacio, los pasos de ambos pesados y parcos sobre las escaleras estrechas. En el tercer piso, una cinta policial marcaba el campo de batalla.

“Ahí,” murmuró Marino, abriendo la puerta con cuidado. Y allí, en mitad del salón lleno de libros polvorientos, yacía el cuerpo de un hombre, a simple vista en sus cuarenta: desnudo por completo, tendido boca arriba, los brazos resguardando el rostro en un último y patético gesto de defensa. Pero lo que llamó la atención de Scarpetta no fueron las heridas —ni los golpes secos ni el reguero morado en el cuello— sino el papel arrugado bajo la mano izquierda.

“¿Quién lo encontró?” preguntó, poniéndose los guantes de látex.

“La vecina. Dice que oyó música fuerte en mitad de la noche. Luego silencio absoluto. No pensó nada hasta la mañana, cuando el servicio de limpieza llamó a la puerta y nadie respondió.”

Observó el cadáver. El rictus de terror en el rostro, la piel aún caliente pero perdiendo elasticidad. “Lleva muerto menos de ocho horas.”

“Eso dice el médico de urgencias.”

Examinar el papel era un acto de fe y precisión. Scarpetta lo retiró con unas pinzas. En él, en letras temblorosas, leídas mil veces antes de ser escondidas: "No digás mi nombre. Ya saben dónde buscar."

“Alguien tenía miedo”, murmuró Marino.

“Hacía música”, añadió Scarpetta, señalando el piano de pared, la partitura manchada de sangre. “¿Sabemos quién es?”

“Vincent Haag. Profesor de música en el conservatorio. Sin antecedentes, vida tranquila, según la primera investigación. Pero nadie es solo lo que parece, ¿verdad?”

A Scarpetta no le sorprendieron ni la ironía ni el cinismo. Era lo que quedaba tras años de ver cómo la peor versión del ser humano se esconde bajo fachadas perfectamente normales. Inspeccionó el apartamento. Nada forzado, ni signos de pelea más allá del lugar del crimen. Menos el piano.

Sobre las teclas, una sola nota había sido golpeada con tal violencia que la sangre salpicaba la madera. Una nota solitaria, mayor. La última nota de Vincent.

"¿Crees que fue alguien conocido?" preguntó Marino.

Scarpetta asintió, casi para sí. "Si dejo que el instinto hable, sí. Esto no es obra de un desconocido. Es metódico, casi ritual. El mensaje, la postura, la música… Todo indica una deuda antigua o una amenaza largamente temida."

Marino frunció el ceño. “¿Un ajuste de cuentas? ¿Pero por qué dejar ese mensaje?”

"Porque quien lo mató quiere asegurarse de que el miedo se propague. Otra persona lo leerá. Tal vez sea una advertencia."

Recolectaron muestras, estudiaron los rastros. Las huellas sobre el suelo, apenas visibles, sugerían pies descalzos —del muerto, probablemente— y una pisada diminuta cerca de la puerta. Femenina. El registro policial lo confirmó: bajo el nombre de la vecina, Vera Stohl, aparecían antecedentes lejanos, leves por agresión menor.

"¿Y la vecina? ¿Por qué haría esto?" reflexionó Scarpetta en voz baja.

"La casualidad en los crímenes es siempre una trampa", terció Marino. "Alguien quería que la encontráramos rápido."

Las horas siguientes se convirtieron en un desfile silencioso de laboratorio y fango mental. El forense confirmó: muerte por asfixia mecánica con posible participación de sedantes. En el estómago de Vincent, restos de benzodiacepinas. El asesino lo había dormido antes de matarlo.

Marino regresó con información fresca: “La vecina no miente. Tiene coartada. A esa hora estaba con su hijo en la casa de su hermana. Pero eso no impide que supiera cosas, que le ayudara a alguien. Dijo algo más: Vincent recibía unas visitas nocturnas, una mujer joven. En el conservatorio había roces entre los profesores mayores y una alumna prodigio.”

Scarpetta reconoció el nombre cuando se lo dijeron: Lila Bronte, 19 años, talento precoz, mirada marcada por la misma mezcla de genio y desesperación que muchas veces había visto en los ojos de los muertos.

La joven apareció dos días después, citada para declarar. Sus manos temblaban tanto como su voz; los ojos, fijos en un punto invisible, narraban una historia que las palabras apenas delineaban.

"Vincent era mi maestro", susurró, "pero... hubo algo más. No sexual. Era una obsesión. Decía que la música debía doler para ser verdadera, que la muerte era un compás inevitable."

Scarpetta comprendió, de repente, el tipo de muerte que arrastraba a algunos: la muerte de los sueños, de la inocencia, y el asesinato físico que a veces solo era el final de una larga cadena de autodestrucción.

Con la confesión vino la verdad parcial: Lila no había matado a Vincent. Pero lo había presenciado, atrapada por el miedo y la compasión. La asesina fue otra, una madre furiosa —la suya— convencida de que Vincent explotaba a su hija, que la empujaba al borde. Entró una noche bajo la tormenta, mientras la ciudad dormía. Cogió la almohada, las pastillas y la nota, y lo arrastró hasta el umbral de la eternidad al compás de la última nota.

Kay Scarpetta regresó a la morgue con la lluvia repiqueteando sobre el cristal, preguntándose, como siempre, cuándo dejaría de buscar a los muertos para empezar, por fin, a entender a los vivos.

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