Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Hay algo malo en casa
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato La acera donde la sangre no seca
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Fragmento:


-Entraron dos sujetos… Parecían buscar a alguien. Cuando gritaron su nombre, la señora Oppel, la pianista, se levantó. Entonces uno sacó una navaja. La sangre, dios, la sangre…

Duración: 04:27

La acera donde la sangre no seca
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La sirena se arrastraba por la Avenida Lenox como el aullido de una loba enferma en el fondo de una pesadilla. Estaba oscura la noche; las farolas cojeaban, enfermas de parpadeo y grietas. Me llamo Gravedigger Jones y, como siempre, el sonido me despertó. Yo dormía poco desde la noche en que mataron a Clara. En Harlem no hace falta que te digan a quién han apuñalado; solo tienes que escuchar la rabia en la voz de los neumáticos contra el asfalto.

-¿Otra vez, Gravedigger? -La voz ronca de mi compañero, Coffin Ed, venía desde la cama de al lado. Compartíamos ese cuartucho barato porque a ninguno nos alcanzaba para otra cosa desde el último recorte.

-Lo mismo de siempre, Coffin – respondí, mascando el sabor rancio del insomnio.

Caminamos por el corredor mugriento, bajamos las escaleras que olían a pollo frito, curry y humo rancio. El timbre de la radio nos taladró los huesos:

-“Unidad 39, posible 10-31 en el bar Lady Belle’s. Acercarse con discreción.”

Eso no era posible. No existen crímenes discretos en el Lady Belle’s; todo lo que sucede ahí es un maldito carnaval.

La lluvia caía con el peso de la culpa sobre la acera. Gente apretujada bajo marquesinas, gimiendo por el dinero que no tienen y los sueños que no conocen. Manu, el portero, tenía las manos sobre la cabeza. Sangre fresca marcaba el suelo. Una silueta sumida en sombras junto a la puerta. Las luces interiores parpadeaban, revelando y ocultando la escena como una maldición.

-Manu, ¿qué pasó? -preguntó Coffin Ed, con la calma de quien ya sabe la respuesta.

-Entraron dos sujetos… Parecían buscar a alguien. Cuando gritaron su nombre, la señora Oppel, la pianista, se levantó. Entonces uno sacó una navaja. La sangre, dios, la sangre…

Mi estómago crujió como las tablas de ese infame escenario.

Nos asomamos. A un lado del piano de cola estaba la señora Oppel, su vestido escarlata estropeado para siempre, la mirada clavada en el techo, como buscando la última nota. Tenía un corte limpio en el abdomen, el trabajo de alguien rápido, pero no profesional: demasiado profundo, demasiada furia.

Contamos testigos. No quisieron hablar, pero sabían que las cuerdas del piano no podían callar a la muerte. Había una voz en el aire, un sollozo ahogado que no sabía si preguntaba por piedad o por justicia.

Encuentro el pañuelo ensangrentado en el bolsillo del sospechoso que empuñaba el arma. Era Bubber Strong, músico venido a menos, siempre listo para una mala jugada, nunca a tiempo para un buen alarde.

-Lo mató el dinero – dijo Coffin Ed, señalando los billetes manchados – o la falta de él.

-¿Por qué, Bubber? – pregunté, sabiendo que su respuesta sería una mentira – ¿Qué puede valer tanto como la vida de una pianista infeliz?

La sonrisa de Bubber era hueca.

-¿No lo sabes, Gravedigger? Aquí en Harlem, la vida vale menos que una entrada para ver morir a otro igual.

Registramos el bar: vasos rotos, cuentas sin pagar, un diente de oro en la caja registradora. Tomamos nota de todos los nombres. Nadie los recordará cuando el sol caliente la sangre de la acera.

Fuimos al callejón. Olía a miedo y aguardiente rancio. Una sombra se movía detrás de los cubos de basura. Sacamos las linternas. Un niño, con rastros de sangre en el pantalón.

-¿Qué viste, chico? – pregunté, suavizando la voz.

Vi el terror en sus ojos.

-La señora Oppel escondía algo. Decía que lo cuidaría hasta el último día. Era como un sobre grande… ellos entraron gritándole por eso. – Dijo el niño, temblando.

Bubber empezó a reír detrás de nosotros. – Nunca pensó que le haría el trabajo tan fácil.

Había codicia en todos esos rincones, codicia y desesperanza. Lo que buscaban estaba en algún lugar, pero la vida de la señora Oppel ya no servía para esconderlo.

En mi bolsillo, el sobre manchado de sangre me quemaba la mano. El contenido era la lista de pagos a un comisario corrupto. Eso, y nada menos, era el precio de la música, la vida y la muerte en Lady Belle’s.

Llamamos a la central. Nadie contestó. Harlem dormía o fingía hacerlo.

Allí, bajo la lluvia sucia, con el cadáver de una mujer inocente, Coffin Ed encendió un cigarrillo.

-Lo importante es quién tiene el sobre ahora – murmuró, entre el humo – y cuánto vale que uno de nosotros siga vivo.

En Harlem la sangre no se seca nunca. Y la próxima melodía siempre suena más amarga.

Alchemised: No queda nadie a quien salvar
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