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Fragmento:


El aire estaba impregnado de humedad y promesas rotas. Afuera, el ruido lejano del tráfico nocturno apenas llegaba, como si la ciudad entera contuviera el aliento. El inspector Marcos Deza caminaba despacio por el vestíbulo del edificio apenas iluminado, su respiración densa en medio del silencio tenso. Se detuvo ante la puerta del 3B, donde el olor del miedo aún flotaba en el pasillo, un aroma penetrante que le recordaba a la pérdida y a las noches en las que nadie dormía.

Duración: 03:32

El Susurro de los Nogales
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El aire estaba impregnado de humedad y promesas rotas. Afuera, el ruido lejano del tráfico nocturno apenas llegaba, como si la ciudad entera contuviera el aliento. El inspector Marcos Deza caminaba despacio por el vestíbulo del edificio apenas iluminado, su respiración densa en medio del silencio tenso. Se detuvo ante la puerta del 3B, donde el olor del miedo aún flotaba en el pasillo, un aroma penetrante que le recordaba a la pérdida y a las noches en las que nadie dormía.

Había llegado allí por una llamada anónima, una voz quebrada que apenas lograba decir el nombre. Aurora Jiménez. El eco del apellido lo perseguía desde hacía años, una historia casi enterrada, como tantas otras, en los archivos polvorientos de la comisaría. En el interior del apartamento, una lámpara volcada proyectaba sombras extrañas en las paredes. La sangre, oscura y densa, serpenteaba bajo la mesa de café y se desplazaba hacia la alfombra como si quisiera esconderse del mundo.

Aurora estaba sentada, inmóvil, la cabeza ladeada y el cabello cayéndole sobre los hombros. Había muerto sin hacer ruido, tanto como había vivido. Marcos la conocía: era la testigo que nunca declaraba, la mujer que sabía demasiado y prefería el silencio, la que siempre le evitaba la mirada en el supermercado. Al acercarse, escuchó el leve traqueteo de una ventana mal cerrada, y el aullido agudo de una ambulancia quedó suspendido afuera, como el preludio de una tragedia esperada.

Registró la escena con los ojos entrenados de quien busca patrones ocultos en el caos. La copa caída aún tenía un resto de vino tinto, y sobre la mesa, un sobre viejo con su nombre, Marcos Deza, escrito con letra débil y temblorosa. Lo abrió, conteniendo el temblor de sus manos, y encontró una fotografía antigua. Era de él, mucho más joven, de pie junto a un hombre al que creía haber olvidado. Mauro, su antiguo compañero, el policía que había desaparecido doce años atrás cuando el caso Jiménez estalló entre amenazas veladas y un expediente sellado.

El sobre sólo contenía una nota, escrita al reverso de la foto: “Encuéntrame en los nogales”. La frase resonó en su mente, llevándolo años atrás a una finca abandonada en las afueras, donde todo había comenzado. Aurora le hablaba desde el más allá, dejando pistas como un último acto de valentía. Había vuelto a implicarlo, a pedirle que terminara lo que nadie en su sano juicio había querido abrir.

Antes de irse del departamento, Marcos advirtió una figura deslizándose por la escalera de incendios. Corrió, sintiendo una vieja adrenalina bombeándole en las venas, pero sólo alcanzó a ver la silueta perdiéndose entre la niebla. Nadie en la ciudad duerme tranquilo cuando una historia pide su cierre.

El inspector condujo de madrugada hacia la finca; los nogales sobrevivían, siluetas retorcidas contra el cielo encapotado. El crujido de ramas bajo sus botas era el único sonido, y a cada paso una voz dentro de él pedía prudencia. Cerca del viejo cobertizo, una sombra rompió la oscuridad: Mauro, envejecido, con una barba gris y los ojos del hombre que no ha dejado de huir.

—Sabía que vendrías —dijo Mauro, tragando saliva—. Aurora no podía guardarlo más. Todo lo que te ocultamos aquella noche está aquí.

El peso del frío y las palabras se hicieron uno solo. Marcos titubeó, sintiendo el filo de lo irremediable. Había venido por la verdad, pero ahora comprendía el precio de saberla. De entre la niebla, los ecos del pasado pedían justicia, y debajo de los nogales, un secreto aguardaba su última revelación.

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